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Samir y la fábrica de chocolates: el ex cantante peruano que cambió el micrófono por el cacao y conquistó al mundo
Fue ídolo pop, llenó auditorios y cantó sobre mesas de corte en Gamarra. Hoy, Samir Giha es un empresario chocolatero que acaba de ganar el oro mundial por sus productos. Esta es la historia de una dulce metamorfosis.
A fines de los años ochenta y comienzos de los noventa, Samir Giha era una voz reconocible en la radio y la televisión peruana, ese territorio donde entonces se fabricaban las estrellas pop. Canciones pegajosas como “Sigue mi ritmo”, baladas melodramáticas como “Si hubiéramos hablado” y coreografías acrobáticas —muy serias en su intención, muy ochenteras en su ejecución— lo habían instala- do en el firmamento local. El país atravesaba una crisis profunda, con conciertos mal pagos y una industria musical que sobrevivía más por fe que por estructura. No era el mejor momento para tentar una carrera en el arte, pero como el mismo Samir dice, aquello “fue lo que le tocó”. .
A fines de los años ochenta y comienzos de los noventa, Samir Giha era una voz reconocible en la radio y la televisión peruana, ese territorio donde entonces se fabricaban las estrellas pop. Canciones pegajosas como “Sigue mi ritmo”, baladas melodramáticas como “Si hubiéramos hablado” y coreografías acrobáticas —muy serias en su intención, muy ochenteras en su ejecución— lo habían instala- do en el firmamento local. El país atravesaba una crisis profunda, con conciertos mal pagos y una industria musical que sobrevivía más por fe que por estructura. No era el mejor momento para tentar una carrera en el arte, pero como el mismo Samir dice, aquello “fue lo que le tocó”. .
Lo que muchos no sabían es que Samir no quería ser una estrella. Era un chico como cualquiera. Le gustaban el deporte y las fiestas, y el canto era apenas un hobby. Cuenta que usaba la ducha como sala de ensayo; allí, entre el vapor y la acústica generosa de ese espacio privado, se le ocurrió el estribillo de “Sigue mi ritmo”. No soñaba con ser cantante porque lo suyo era hacer empresa. Antes de ser artista había estudiado Economía en Estados Unidos y, al volver, trabajó en el negocio textil de su familia, vendiendo telas por cortes y por rollos en Gamarra. A veces, en medio de la faena, le daban ganas de entretener a la gente.“De pronto, me paraba a cantar encima de las mesas de corte, entre las telas, fregando siempre, vacilando a los demás”, recuerda. Ese instinto de performer fue el que lo llevó a los estudios de grabación, y luego a los sets de televisión.
El Ganso 70%, con notas florales a jazmín y miel, fue reconocido como el mejor chocolate del mundo en los International Chocolate Awards 2025. (Foto: Giancarlo Shibayama)
/ Giancarlo Shibayama
Su salida de la música no fue abrupta, sino el resultado de un desgaste lento. Primero llegó la piratería y con ella el derrumbe de un negocio que ya era frágil. Samir pasó del escenario al otro lado del mostrador: se volvió empresario discográfico, montó un estudio y grabó a otros artistas. Durante un tiempo funcionó. Pero la copia ilegal terminó por vaciarlo todo. “Al final, la piratería mató todo”, dice. Cuando entendió que ya no había futuro allí, renunció sin nostalgia exagerada. Volvió a la empresa y fue entonces cuando apareció una idea: invertir en un producto peruano de calidad, algo que se pudiera hacer bien desde el origen.
Giha llevaba años pensando en hacer empresa con un producto peruano de valor. Pensaba invertir en algo peruano, como el algodón pima en textiles. En esos años empezó a oírse cada vez más del cacao, del cambio de cultivos en la Amazonía y del trabajo con pequeños agricultores. Samir vio eso de cerca. Compró tierras, viajó a San Martín, Junín y la selva alta, habló con productores. “Yo lo he vivido: he visto cómo la gente ha progresado sembrando cacao”, dice. Cuando decidió entrar al rubro, en- tendió que el verdadero desafío no estaba en la máquina. “Lo primero que hicimos fue invertir en conocimiento”, recuerda. Aprender genética, fermentación y secado. Cuidar el grano antes de que llegue a la fábrica. Así nació Cacaosuyo, su empresa, con una idea ambiciosa. Se dijo a sí mismo y a todos: “Vamos a hacer el mejor chocolate del Perú”. Lo creyeron un soñador o un optimista. Hoy ya tiene varios premios internacionales.
Cacaosuyo apuesta por su nuevos lanzamientos como Petychoqs, orientados a ampliar su mercado nacional e internacional. (Foto: Cacaosuyo)
El reconocimiento superó cualquier expectativa. La primera vez que compitieron, ganaron. Luego volvieron a ganar. En 2015, uno de sus chocolates obtuvo el oro mundial en la categoría de chocolate con leche; más tarde vendría el premio en chocolate oscuro. Y este 2025 llegó lo impensable: en los International Chocolate Awards, considerados los “Óscar del chocolate”, la barra El Ganso 70% —elaborada con cacao de Junín— se alzó con el Overall Winner, el campeón de campeones, el máximo galardón de la industria global. Amazonas, Cusco, Piura y ahora Junín: cuatro cacaos distintos del Perú coronados en la cima del mundo.
“Ese premio es el que te da derecho a decir que haces el mejor chocolate de todos”, dice Giha sin grandilocuencia. Y aclara: no se trata de ediciones especiales ni de barras diseñadas solo para complacer el paladar fino de los jurados exigentes. “Nosotros mandamos al concurso los mismos chocolates que vendemos. No hacemos uno distinto para concursar”. El lujo, insiste, está al alcance de cualquiera: “No todos pueden comprar el diamante más caro del mundo, pero sí el mejor chocolate del mundo”.
Samir no ha dejado del todo los escenarios. De vez en cuando ofrece conciertos privados en eventos, que para él son más un vacilón con amigos que un intento de retomar su carrera como solista. Foto: José Rojas
/ JOSE ROJAS
A Samir algunos amigos lo han comparado con Willy Wonka, el excéntrico que produce los mejores chocolates según la fantasía de Roald Dahl. Él agradece el adjetivo, pero no se cree merecedor. Con sus hijas ha visto todas las versiones de la película. Su favorita es la de Gene Wilder. Su fábrica en Ate, dice, está lejos de ese imaginario: es un espacio funcional, sin cascadas de cacao ni ríos de chocolate, pensado para producir bien antes que para deslumbrar. Ha fantaseado alguna vez con hacer algo más espectacular, una suerte de feria de atracciones de cacao para entretener a los niños visitantes, pero aterriza rápido la idea: “Para hacer esas cosas hay que tener capital”. Por ahora, la prioridad es hacer crecer la empresa, profesionalizarla y llevar el chocolate peruano a más lugares. La fantasía queda en pausa, como un antojo legítimo, esperando su momento. Ya llegará, señala. //