Por Oscar García

A fines de los años ochenta y comienzos de los noventa, Samir Giha era una voz reconocible en la radio y la televisión peruana, ese territorio donde entonces se fabricaban las estrellas pop. Canciones pegajosas como “Sigue mi ritmo”, baladas melodramáticas como “Si hubiéramos hablado” y coreografías acrobáticas —muy serias en su intención, muy ochenteras en su ejecución— lo habían instala- do en el firmamento local. El país atravesaba una crisis profunda, con conciertos mal pagos y una industria musical que sobrevivía más por fe que por estructura. No era el mejor momento para tentar una carrera en el arte, pero como el mismo Samir dice, aquello “fue lo que le tocó”. .