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Hay una delgada línea entre un ambiente escolar seguro y una institución que empieza a perder el control de la convivencia. El problema es que ese límite no siempre se cruza con un hecho evidente: muchas veces comienza a desdibujarse en pequeñas conductas que se normalizan, en conflictos que no se atienden o en señales que los propios adultos no llegan a conectar.
Hay una delgada línea entre un ambiente escolar seguro y una institución que empieza a perder el control de la convivencia. El problema es que ese límite no siempre se cruza con un hecho evidente: muchas veces comienza a desdibujarse en pequeñas conductas que se normalizan, en conflictos que no se atienden o en señales que los propios adultos no llegan a conectar.
Lo ocurrido el pasado 15 de setiembre en el Colegio Liceo Naval Almirante Guise, tras la denuncia de una presunta agresión sexual grupal contra un estudiante, volvió a poner la violencia escolar en el centro de la conversación pública. Pero más allá de la gravedad de este caso, queda una pregunta que interpela a cualquier familia: ¿cómo reconocer que algo está fallando en la convivencia de un colegio antes de que una situación escale?
Porque las señales no siempre aparecen en forma de una denuncia. También pueden estar en las burlas que se convierten en humillaciones, en un grupo que comienza a intimidar a otros, en un estudiante que deja de hablar, en espacios donde la supervisión es insuficiente o en una institución que, cuando recibe una alerta, no responde como debería.
“UNA COSA DE CHICOS” PUEDE SER UNA SEÑAL DE ALARMA
Hay frases que funcionan como un anestésico social en los colegios. El “son cosas de chicos”, “es solo un juego” o el clásico “entre muchachos se entienden” pueden terminar normalizando conductas que deberían llamar la atención.
Para Rocío Espinel, especialista en educación emocional y bienestar de la Facultad de Educación de la PUCP, la frontera se cruza cuando el conflicto deja de ser una excepción y se convierte en un patrón sistemático.
“Un colegio deja de estar frente a un episodio aislado y empieza a perder el control cuando una situación se repite con las mismas dinámicas, muchas veces con los mismos protagonistas y la comunidad educativa deja de sorprenderse ante él, apareciendo por tanto un “placer por la violencia”, explicó a Somos.
La convivencia saludable no equivale a la ausencia de conflictos —estos son inherentes a cualquier grupo humano—, sino a la capacidad de gestionarlos. La señal de alerta aparece cuando no existen mecanismos activos y conocidos por todos para hacerlo, cuando el silencio se instala frente al poder de determinados grupos o cuando los protocolos de convivencia quedan reducidos al papel y no se activan cuando ocurre una situación de violencia.
A esto se suma una dimensión formativa. Como advirtió la especialista en prevención y gestión de conflictos en la escuela, si una institución no dedica un trabajo sostenido al desarrollo de la autoconciencia, la autorregulación, la empatía y la asertividad, resulta más difícil construir una convivencia saludable y pueden terminar imponiéndose dinámicas de poder entre los estudiante.

Pero reconocer que existe un problema de convivencia no significa que toda pelea, broma o juego brusco sea bullying. Entonces, ¿dónde está el límite?
La respuesta no está únicamente en la forma que adopta la conducta, sino en la dinámica que está detrás. Según Espinel, hay cuatro elementos básicos para reconocer el acoso escolar: la intención de causar daño, la repetición sistemática en el tiempo, el desequilibrio de poder entre quien agrede y quien recibe la agresión, y la ausencia de reciprocidad o disfrute compartido.
“Un juego brusco entre pares que ambos disfrutan y pueden detener cuando quieren, no es lo mismo que un juego que uno de los dos ya no quiere seguir, pero no puede parar”, puntualizó.
Por eso, los padres y el personal del colegio deberían preguntarse: ¿la conducta se repite? ¿Existe una relación equilibrada de poder? Y, sobre todo, ¿el disfrute es realmente mutuo o solo uno de los dos se ríe?
Las señales pueden aparecer primero en tu hijo
Las primeras señales de alerta no siempre llegan en forma de una queja explícita. Pueden aparecer de manera más silenciosa en el cuerpo, el estado de ánimo o la rutina diaria de un estudiante.
Como señaló Dafne Zapata, directora del Instituto de Protección al Menor y Personas Vulnerables (IPMEP) de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM), entre ellas están el miedo o la negativa a asistir al colegio, las somatizaciones, un estado de ánimo más apagado y caídas repentinas en el rendimiento académico. También puede haber indicios físicos —como moretones, cortes o raspones que no se explican por sus actividades habituales—y objetos escolares que aparecen constantemente maltratados o perdidos.
Pero no todo cambio de comportamiento durante la adolescencia significa que algo grave esté ocurriendo. Es esperable que, en esta etapa, los hijos busquen mayor independencia, pasen más tiempo con sus amigos, se muestren más reservados con sus padres o tengan cambios de humor. Sin embargo, la verdadera alarma se enciende cuando esos cambios se vuelven persistentes o se alejan significativamente de su comportamiento habitual.
“Es importante prestar atención, por ejemplo, a un aislamiento permanente, una negativa a comunicarse o participar en reuniones y actividades sociales, así como también vergüenza respecto al propio cuerpo o alteraciones del sueño y la alimentación”, agregó Zapata.
Asimismo, hay indicadoras de un problema mayor que requieren atención con urgencia, como cortarse o hacerse marcas en brazos y piernas, arrancarse el cabello, presentar llanto frecuente o ideación suicida.
El radar de los padres también debe dirigirse al comportamiento digital. Para el psicólogo Juan Pablo Castro, de Mapfre, el problema no está en utilizar mucho o poco el celular, sino en detectar una ruptura con el patrón habitual del adolescente: empezar a ocultar la pantalla cuando alguien se acerca, mostrarse especialmente angustiado o molesto después de revisar los chats, evitar hablar sobre sus conversaciones o modificar repentinamente su uso de las redes.

También puede ocurrir lo contrario: cerrar cuentas, crear otras nuevas o alejarse de espacios digitales que antes disfrutaba.
Pero mirar al hijo únicamente como posible víctima también puede dejar fuera otra parte del problema: ¿qué ocurre si el propio estudiante está participando en dinámicas de hostigamiento?
Según Rocío Espinel, los padres deben encender las alarmas ante ciertos indicios: desde gastos o posesiones inexplicables y comentarios despectivos en chats grupales, hasta una postura de superioridad y la costumbre de minimizar el daño con frases como “fue una broma” o “él se lo buscó”. Si a esto se suman quejas constantes de la escuela y una absoluta falta de empatía o incapacidad para ver el daño causado, la señal es evidente.
NO TODOS LOS HIJOS CUENTAN LO QUE VEN: TAMBIÉN HAY SEÑALES EN LOS TESTIGOS
No todos los hijos cuentan lo que sufren, pero tampoco todos los que callan son víctimas o agresores. A menudo, el peso del secreto recae sobre los testigos, aquellos menores que presencian el horror en los pasillos, los baños u otros espacios del colegio.
La psicoterapeuta Liliana Tuñoque, de Clínica Internacional, advirtió que un niño o adolescente que observa situaciones de violencia también experimenta un profundo desgaste emocional.
“Podemos verlo más nervioso, preocupado, callado o incluso tener miedo de contar lo que sabe porque piensa que podría convertirse en el siguiente objetivo”. Este temor suele traducirse en frases de advertencia interna como “mejor no te metas” o “si dices algo va a ser peor”.
Para detectar esta carga invisible, las familias no deberían interpretar como señal de alarma el simple hecho de que sus hijos cambien de amistades — algo completamente normal —, sino observar cómo son esas relaciones.
De acuerdo con Tuñoque, se enciende un foco rojo cuando aparece “un grupo que constantemente decide quién puede participar y quién no, cuando se burlan de un compañero o cuando uno de los integrantes parece tener que obedecer para poder pertenecer”.
Cuando la dinámica se sostiene sobre humillaciones públicas o presión para hacer lo indebido, deja de ser un conflicto aislado y empieza a sostenerse en la presión del grupo, una situación que requiere atención tanto desde el hogar como desde el colegio.
NO SOLO MIRES A LOS ALUMNOS: OBSERVA CÓMO ACTÚAN LOS ADULTOS
Más allá de las paredes del aula y del comportamiento de los propios hijos, también hay señales que una familia puede observar en la manera en que los adultos del colegio gestionan la convivencia. La respuesta de los directivos ante una queja, la actuación de los profesores y tutores y la supervisión de determinados espacios pueden revelar mucho sobre el clima de una institución.
Para Rocío Espinel, una familia puede conocer parte de esa realidad sin necesidad de que ocurra un incidente grave. Basta con mirar qué sucede cuando se comunica un problema: si existe apertura, seguimiento y medidas concretas, o si predominan las evasivas y el silencio.

También si los protocolos de convivencia son conocidos y se activan cuando corresponde, y si la tutoría funciona realmente como un espacio de acompañamiento. Incluso el lenguaje cotidiano importa: cuando los apodos hirientes o las humillaciones se vuelven habituales y ningún adulto los cuestiona, existe una señal de alerta muy clara.
La supervisión es otro punto clave. Según la especialista en educación emocional y bienestar, un adulto que realmente supervisa conoce a los estudiantes, identifica las dinámicas que se forman entre ellos, se mueve por el espacio e interviene antes de que los conflictos escalen. Y es que no ocurre lo mismo con quien simplemente está presente, permanece distraído o responde con un “resuélvalo entre ustedes” cuando la situación requiere intervención.
“Por eso, también es vital que los padres sepan cómo se supervisan los momentos y lugares de menor visibilidad, como los recreos, cambios de clase, entradas y salidas, al igual que baños, vestidores, buses, excursiones, actividades deportivas o extracurriculares, ya que por lo general los profesores o encargados no cuentan con formación en convivencia”.
Así, una señal de alerta no está únicamente en lo que hacen los estudiantes, sino también en lo que los adultos responsables por la convivencia en el colegio ven, lo que dejan pasar y la manera en que reaccionan cuando algo ocurre.
CUANDO LA ALERTA YA EXISTE: ¿CÓMO DEBERÍA RESPONDER EL COLEGIO?
Una señal todavía más clara de cómo un colegio gestiona la convivencia aparece cuando una familia comunica una situación de violencia.
Para Dafne Zapata, el primer indicador de una respuesta adecuada es que se activen los protocolos establecidos para estos casos. Esto puede incluir dejar constancia de los hechos, recoger información de docentes o tutores, citar a las familias involucradas, realizar las derivaciones necesarias al servicio psicológico o de acompañamiento y adoptar medidas de protección para el estudiante afectado.
No obstante, el problema aparece cuando, después de reportar lo ocurrido nadie puede explicar qué se hizo ni qué medidas se están tomando para evitar que vuelva a suceder.
“Que una instancia superior desconozca el caso pese a que ya fue informado, que en una reunión de seguimiento no puedan precisar las acciones adoptadas o que el colegio no explique con claridad qué protocolo está aplicando son muestras claras de una mala gestión. La existencia de otros padres que refieran situaciones similares y reiteradas sin medidas preventivas también puede ser un indicio de una respuesta insuficiente.”, apuntó Zapata.
¿Y si la respuesta es simplemente “no pasa nada” o “son cosas de chicos”? Ante un muro así, el psicólogo Juan Pablo Castro recomendó no quedarse esperando: volver a comunicar la situación, dejar constancia de lo ocurrido y solicitar información sobre las medidas de protección y seguimiento. Además, es fundamental documentar minuciosamente fechas, llamadas y comunicaciones.
Si la violencia persiste o no recibe una atención adecuada, la familia puede recurrir a los canales establecidos por el Ministerio de Educación, como SíseVe, para reportar la situación y buscar que el caso tenga seguimiento y el estudiante quede protegido.
Al final, la pregunta que uno se debería hacer como padre no es si en un colegio pueden ocurrir conflictos. Van a ocurrir. La pregunta es qué sucede después: si los adultos los detectan, los toman en serio, intervienen y hacen seguimiento antes de que una conducta normalizada termine convirtiéndose en una situación de violencia.
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