Por Marco Garro

Envejecer en uno de los más de mil asentamientos humanos en Lima no ha sido fácil para Paulina, Vicente, Justiniano y Lucila. Ellos sobreviven en Nueva Esperanza, un conjunto de casas de madera y calamina en los cerros de Villa María del Triunfo, al sur de Lima. Aquí no hay red de alcantarillado ni veredas, el agua llega en camiones cisterna y los hogares más pobres todavía se alumbran con la luz de las velas. Paulina, una partera de Huancavelica, se crio sin acceso a un establecimiento de salud en la sierra, y ahora confía en que el aislamiento y el poder de sus plantas medicinales la cuidarán del virus. Vicente tiene 75 años y trabaja desde los 7. En la pandemia ha seguido ganando algún sencillo, ante la falta de una pensión. Justiniano aún arrastra una deuda tras un accidente y ahora recibe una fracción de sus ingresos como chofer de un microbús, tras limitar sus rutas para evitar el contagio. Lucila se quedó coja tras sufrir polio a los 9 años y ahora vive sin una pensión para discapacitados.