Escucha la noticia

00:0000:00
Quítenme esta soledad
Resumen de la noticia por IA
Quítenme esta soledad

Quítenme esta soledad

Resumen generado por Inteligencia Artificial
La IA puede cometer errores u omisiones. Recomendamos leer la información completa. ¿Encontraste un error? Repórtalo aquí
×
estrella

Accede a esta función exclusiva

El primer recuerdo de que tiene mi generación es el vídeo de «Querida». En la pantalla del televisor se distinguía una habitación iluminada por decenas de velas; de pronto, empezaba a sonar una melodía de violines típica de las novelas mexicanas y enseguida, desde un fondo oscuro, surgía él –suéter rojo, pantalón blanco– cantando esa letra cursi que no estaba dedicada a ninguna ex novia, como todos pensábamos en aquel entonces, sino a su madre.

Era 1984 y, a pesar de que llevaba cantando más de una década y tenía grabados más de una docena de álbumes, fue con ese vídeo que Juan Gabriel se volvió famoso en toda Latinoamérica. Poco después llegaron otros temas notables como «Déjame vivir» (cantado a dúo con Rocío Durcal), «Hasta que te conocí» o «Amor Eterno», y así empezó a consolidarse el sobrenombre con el que su leyenda lo sobrevivirá: ‘El Divo de Juárez’.

Newsletter exclusivo para suscriptores

Juan Carlos Fangacio

Hace un mes, Netflix estrenó una serie de cuatro episodios sobre la vida del cantautor que viene siendo muy comentada. Viéndola descubrí que Juan Gabriel en realidad se llamaba Alberto Aguilera Valadez; que tuvo cinco hijos (uno biológico, por medio de un tratamiento de fertilización in vitro, y cuatro adoptados); y que a los dieciocho años pasó un año y medio en la cárcel, acusado de un supuesto robo.

«Para entender la grandeza del artista había que voltear la cámara al personaje privado», ha declarado la directora de la serie, María José Cuevas, quien accedió al archivo de la familia del intérprete: más de treinta mil fotografías, más de dos mil vídeos y casi medio millón de archivos de audio. Juan Gabriel se filmaba todo el tiempo, como si intuyera –o más bien deseara– que algún día alguien hiciera una película con ese material. Las imágenes muestran al ídolo desde que era un chiquillo de veintiún años hasta su adultez: ahí lo vemos dando paseos, celebrando fiestas con los amigos más cercanos, viajando por trabajo o de vacaciones, asistiendo a cenas, ensayando en el estudio, y más tarde festejando los cumpleaños de sus hijos. También lo vemos registrando lo ordinario, haciendo muecas delante de su Súper 8, inmortalizando naderías. Ya en el 2016 salió al mercado una primera serie («Hasta que te conocí»), donde se dramatizan pasajes de su biografía, pero aquella entrega está muy lejos de alcanzar los niveles de intimidad y testimonio que ofrece la producción de Netflix.

Juan Gabriel cuidaba muchísimo su privacidad, pero al mismo tiempo era un provocador feroz. Le gustaba proyectar esa imagen ambigua que llevó a tanta gente a especular que era gay; la única vez que alguien le preguntó directamente por su orientación sexual (el periodista Fernando del Rincón en una entrevista para Univisión), el cantante devolvió una respuesta que se transformaría en un lema icónico de la cultura popular latinoamericana: «lo que se ve, no se pregunta».

Uno de los grandes méritos de Juan Gabriel radica en que, a pesar de esa ambigüedad –o quizá gracias a ella–, supo conquistar a la conservadora sociedad mexicana en una época –los setenta, ochenta y noventa– en que los roles machistas ni siquiera se discutían y cualquier atisbo de homosexualidad podía traerse abajo una carrera. Su secreto fue la autenticidad. Por más que al inicio intentaron convertirlo en galán o ajustarlo al estereotipo masculino, Juan Gabriel nunca se traicionó. Incluso cuando le sugirieron que se pusiera a cantar rancheras para conectar con un público más tradicional, lo hizo rompiendo esquemas: le añadió lentejuelas y tacones al viril traje de charro.

A inicios de los noventa, sus críticos lo tildaban de ser un artista menor, popular, el clásico invitado estelar del programa de Raúl Velasco, «Siempre en Domingo». Él –que era genuino, pero también orgulloso– no descansó hasta probar que también podía hablarle de tú a tú a la élite cultural mexicana y ponerse a cantar el «Noa-Noa» en la meca artística: el Palacio de Bellas Artes, rodeado nada menos que de la Orquesta Sinfónica Nacional. De hecho, el subtítulo de la serie de Netflix recoge la declaración periodística que dio cuando, en medio de la polémica por esa presentación, le preguntaron por qué se había encaprichado con cantar en Bellas Artes: «Porque debo, porque puedo y porque quiero».

Al muy bien documentado repaso de su triunfal trayectoria musical, se oponen las postales de una vida dañada. Juan Gabriel fue la respuesta artística que el individuo Alberto Aguilera se inventó para tratar de que pasaran desapercibidas las heridas provocadas, primero, por la temprana muerte de su padre, el distanciamiento con su madre, la migración a la capital siendo apenas un adolescente; y después, por los estragos del éxito, las deudas millonarias, y el asedio sufrido por aquellos que parecían obsesionados con verlo caer. Su fantasma mayor, no obstante, era otro: su incurable soledad. Esa soledad lo llevó a presentir su muerte y no pudo o no supo conjurarla ni con la fama, ni con la amistad de las celebridades que lo rodearon, ni con los millones de dólares que llegó a amasar en su cuenta de ahorros, ni con las cien propiedades adquiridas entre México y Estados Unidos.

Al final del último episodio, uno se queda con la sensación de haberse asomado sin permiso al mundo personal de un hombre talentoso y sensible que luchó toda su vida por desafiar sus propios límites. Un artista entregado cuya voz sonaba en la radio, en la tele, en la sala, en el taxi o la cocina mientras nosotros crecíamos, mientras nos hacíamos adultos, mientras nos pasaban cosas importantes. Nunca se nos ocurrió sentarnos a aprender sus canciones, pero las conocemos casi todas. Esa es la marca de Juan Gabriel. Se nos metió en la memoria sin que apenas nos diéramos cuenta.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Renato Cisneros es Escritor y periodista

Contenido Sugerido

Contenido GEC