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Consumir mil millones de horas de YouTube cada día tiene que tener alguna consecuencia. A todo nivel, empezando por la corteza cerebral. Apenas publicas un tuit, un río caudaloso de endorfinas se desplaza por el tallo cerebral hasta que, sin proponértelo, apareces flotando en el centro de un encrespado océano de emociones: competitividad, exitismo, angustia. Al poner un ‘like’ estás compartiendo una sensación. Y si todos estamos pendientes de las notificaciones y padecemos de cierta ansiedad cuando no llegan, ¿podemos imaginar la cantidad de procesos emocionales que sufren esos dos mil millones de usuarios encantados de vivir en los parques recreativos Facebook, TikTok, Instagram, Twitter, Gmail, Tinder, Pinterest, Fotos y Chrome?
PARA SUSCRIPTORES: Un país de oidores, por Alonso Cueto
Todo un rigor conductual determinado por 35 sujetos –todos blancos, tienen entre 20 y 35 años— que en un lugar llamado Silicon Valley están fabricando los anzuelos que ‘picarán’ esos miles de millones voluntariamente lanzados a chapotear en aguas procelosas. La información que tienen sobre ellos resulta tan monstruosa como las maneras que encuentran para manipularlos. Es cuando aparece el joven neoyorkino Jeff Orlowski (36) para contarnos cómo lo hacen y cuál es el negocio. El resultado es una hora y media inclasificable —-¿serie?, ¿documental?, ¿horror contemporáneo?— que aborda el negocio de las redes sociales y el omnipotente poder que ejercen sobre esos navegantes, empezando por la inyección de drogas naturales hasta que su adicción sea virtualmente irreversible.
Carne de pixel
“El dilema de las redes sociales”, documental que el Festival de Sundance estrenó en enero y que ahora se hace visible en streaming, es el inquietante trazado cerebral que ejercen especialmente Facebook o YouTube sobre las estrategias de seducción. Empezando por la confesión de Tristan Harris, ex diseñador ético de Gmail, que acepta haber creado un correo electrónico bonito y adictivo antes que útil: “Hemos perdido el rumbo”, dice. Hablan también Tim Kendall, director de monetización de Facebook, y Guillaume Chaslot, creador de la infraestructura de videos recomendados para YouTube. Todos nos cuentan cómo se dedicaron a armar su Frankenstein y cómo es que se les escapó del laboratorio y ahora ya no saben qué hacer porque no se les perdió sino que está en todos lados.
Está en eso que ellos llaman eufemísticamente ‘bienestar digital’ y que no es otra cosa que la cantidad de tiempo que nosotros, los adictos irreversibles, perdemos mirando nuestras pantallas haciendo tantas interacciones on-line hasta que al final del día despertamos en medio de una inconmensurable soledad. En el camino, una trayectoria asfaltada de desinformación, manipulación y viralidades varias. Somos esa materia prima que se la pasa desviando su atención sobre lo sustancial, gastando sus datos inútilmente y entregando su vida a un modelo de negocio que se nutre de esas debilidades porque sabe perfectamente quiénes somos y qué nos gusta. De paso, diseminamos ‘fake news’ para desestabilizar la endeble democracia global.
Inmersos en semejante realidad, terminamos como patéticos muñecos vudú de nosotros mismos. Poniendo voluntariamente nuestras vidas en manos de la inteligencia artificial. Viviendo en un Truman Show de carne y hueso. Así, en la película aparece alguien diciendo que tiene muchas ganas de tirar su teléfono por la ventana. En compensación, disidentes como Soshana Zuboff y Jaron Lanier señalarán algunas vías de escape en medio de tanta desolación. Educar a los niños y a las personas más vulnerables, obviamente. Pero todo se hará bajo el tamiz de un mecanismo de interacción que ya ha reprogramado nuestra civilización con turbias e invasivas estrategias de persuasión. En los rostros aterrorizados de dos actores conocidos —Skyler Gisondo y Vincent Kartheiser— terminará de corporeizarse el monstruo.

Excitación distópica
Es verdad que pensadores como Noam Chomsky, Umberto Eco, Zygmunt Bauman o Anthony Giddens ya nos estuvieron advirtiendo hace mucho tiempo acerca del temor de estar solos, la equívoca sensación de pertenencia, la irrupción de la autonomía y la inoculación de memorias falsas que genera la interacción digital. Mucho antes de que “Black Mirror” o “Years & Years” nos mostraran la cruda realidad desde el ecran. Pero ante ganchos como el video de un suicidio en TikTok, cómo detectar cuentas falsas de IG o los beneficios de la lejía contra la pandemia, siempre habrá alguien que pique el anzuelo. Y estará allí para rebotarlo adoptando la pose de un iluminado. Y allí también estarán sus seguidores para tocar intermitentemente el botoncito del ‘like’. Y entonces aparece Justin Rosenstein, el creador de ese botoncito, completamente descomputado: “No podíamos saber que el pulgar hacia arriba, pensado como algo positivo, podía llegar a crear una compulsión tan adictiva”.
Ojo también a uno de los cintillos del film: “Las únicas dos industrias donde el consumidor es llamado ‘usuario’ son las drogas ilegales y el software”. Lo cual resulta perfectamente lógico: si hace años venimos contándoles a Google y Facebook quiénes somos, cómo pensamos y qué nos gusta, es lógico que su neutralidad sea igual a cero: ellos saben qué vendernos. Y entonces sembrarán nuestros teléfonos con cepos, trampas y carnadas. Cosa que ya debía haber quedado suficientemente claro cuando Mark Zuckerberg tuvo que ir al Congreso de los EE.UU. a causa del escándalo de Cambridge Analytica. En fin. Lo único paradójico de “The Social Dilemma” es que nos dé la alerta precisamente desde el corazón del monstruo: Netflix. Cosa digna de análisis como este otro toque de alerta: cuando algo es gratis es porque tú eres el producto.
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EL PROYECTO CONFIANZA
Desde el 16 de setiembre de este año, El Comercio se ha integrado al selecto grupo de medios que forma parte de The Trust Project, una iniciativa global que busca fomentar la transparencia de clara a los usuarios de medios de comunicación cada vez más ávidos por encontrar noticias confiables. Bajo esta premisa, El Comercio hará explícitos una serie de indicadores en su edición digital que permitirán al usuario tener mayor información acerca del procedimiento de producción de la noticia y, al mismo tiempo, permitirá reconocer cuál es la experiencia de los periodistas que elaboran nuestras piezas informativas. Puedes conocer más detalles en: https://elcomercio.pe/buenas-practicas/
LA DEFENSA DE FACEBOOK
Por medio de un comunicado, Facebook compartió 7 puntos con los que busca contrarrestar afirmaciones difundidas en el documental:
- Adicción: Facebook construye sus productos para crear valor, no para ser adictivos.
- No eres el producto: Facebook está solventado por la publicidad, de modo que se mantiene libre para la gente.
- Algoritmos: El algoritmo de Facebook no está ‘loco’. Mantiene la plataforma relevante y útil.
- Datos: Facebook ha hecho mejoras a lo largo de la compañía para proteger la privacidad de las personas.
- Polarización: Tomamos pasos para reducir contenido que podría conducir a la polarización.
- Elecciones: Facebook ha hecho inversiones para proteger la integridad de las elecciones.
- Datos: Facebook ha hecho mejoras a lo de la compañía para proteger la privacidad de las personas.a red global de socios de fact-cheking (corroboración de hechos).
El comunicado al detalle en el siguiente enlace (inglés): https://about.fb.com/wp-content/uploads/2020/10/What-The-Social-Dilemma-Gets-Wrong.pdf
LA FICHA
Título original: The Social Dilemma
País: Estados Unidos
Año: 2020
Dirección: Jeff Orlowski
Duración: 93 minutos
Emisión: Netflix
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