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Andrea Castillo C.
La última vez que recurrí a mi diario personal terminaba el colegio. Entre prepararme para el examen de admisión y el inicio de los estudios universitarios, un día advertí que había dejado de escribir para mí misma. ¿Te ha sucedido algo similar? No tendría por qué ser así, ¿verdad?, sobre todo cuando está demostrado que escribir nos ayuda a vivir mejor. La escritura nos permite expresar y procesar lo que sentimos, pensamos, tememos, ansiamos o añoramos.
Los investigadores la llaman escritura expresiva y uno de sus pioneros desde la década de los años 80 es el doctor James Pennebaker, profesor de psicología en la Universidad de Texas. Él considera la escritura expresiva una herramienta para corregir el curso de la vida, sobre todo en personas con experiencias traumáticas.
Estudios recientes con estudiantes universitarios en EE.UU. demuestran que al escribir y editar nuestras propias historias, podemos cambiar la percepción de nosotros mismos e identificar los obstáculos que se interponen en el camino, para conseguir lo que deseamos, como adaptarse a la universidad o superar conflictos matrimoniales.
Al escribir -nos explica el psicoanalista Carlos Jibaja- simbolizamos lo que sentimos y actuamos. En un diario ponemos palabras a sentimientos, afectos, conductas e interacciones interpersonales que precisamente ‘hablan’ de ellas. «El diario se convierte así en un objeto de gran significación emocional. Es como un amigo íntimo al que se le cuenta los detalles del día, puedes llorar con él, puedes contar tus anécdotas graciosas, y siempre está a la mano», comenta.
Cuando se trata de situaciones dolorosas o traumáticas, escribir implica exteriorizar, sacar esa experiencia ‘de adentro’ y ponerla afuera. «La experiencia dolorosa pasa a ocupar un sitio, un orden; la colocamos en un papel, así podemos tomar distancia de ella y sacar conclusiones.
Volver a leer lo que se pensó en un momento dado contribuye a construir, reconstruir o reflexionar a posteriori sobre nuestra propia historia. En suma, tomas conciencia de ti misma», nos explica el psiquiatra Pedro Morales.
Hay quienes escriben, como mi amiga María, sobre sus metas por cumplir o sobre aquello que esperan suceda en su vida. Y al final de cuentas, se esfuerzan por conseguir lo que desean. El resultado: sentirse satisfechos consigo mismos.
Para empezar a escribir no necesitamos conocer ninguna regla literaria o gramatical; pero sí hace falta sentir el deseo de hacerlo y tener la valentía de escribir aunque nos duela y sintamos deseos de llorar, nos dice la psicóloga Judith Sandoval. «Si eso sucede, confía en esas ganas y dale curso a la emoción y necesidad de exteriorizarla. Ahí es exactamente donde la terapia toma lugar. Estamos sacando desde lo más profundo algo que nos estaba interrumpiendo, y el cerebro seguirá asumiéndolo como pendiente hasta que se ponga en desarrollo, y una acción para hacerlo es plasmarlo».
Si de llevar un diario se trata, Judith -quien también tiene el suyo- confía más en la escritura con lápiz y papel. «La sensación es diferente, demanda un esfuerzo manual y no genera otros estímulos que lo alejen de la escritura, como puede suceder con la computadora, en la que podemos distraernos con Internet o los correos de trabajo». ¿Te animas a escribir tu propia historia? Si lo haces, nos cuentas.





