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REVISANDO EL ARCHIVO | El día de 1962 en que dos aviones de la FAP se pulverizaron sobre el cielo de Pisco
Un error de cálculo, el sudor en las cabinas, la incredulidad en tierra. Dos vidas jóvenes entregadas al deber de su oficio acabaron inmolándose en una maniobra que terminó grabada en la memoria nacional.
Lima, 19 de setiembre de 1962. Al día siguiente del accidente aéreo, con los restos de los aviadores de la FAP en cortejo fúnebre. La ciudad guardó un conmovedor silencio esa mañana. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
REVISANDO EL ARCHIVO | El día de 1962 en que dos aviones de la FAP se pulverizaron sobre el cielo de Pisco
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El sol del mediodía bañaba el cielo de Pisco aquel martes 18 de setiembre de 1962, mientras el aire vibraba con el estruendo de los motores T-37 de la FAP. Los vuelos acrobáticos celebraban, como cada año, el 23 de setiembre, el Día de la Aviación Nacional, en honor a la hazaña de Jorge Chávez. De esta forma, la Fuerza Aérea del Perú rendía tributo al coraje de sus pilotos frente a los ojos de oficiales, familiares y la prensa. Pero un error fatal acabó con la faena aérea de esa práctica. Nada extraño debió ocurrir. Pero ocurrió.
Los dos jóvenes aviadores: el capitán FAP Juan José Hernández Panduro y el teniente FAP Jorge Víctor Salazar Medina estaban marcados por un destino fatal. Ambos, curtidos y orgullosos, enfilaban sus máquinas para realizar una de las maniobras más arriesgadas y aplaudidas por sus pares. Desde tierra, el cronista Jorge Díaz de El Comercio escrutaba cada giro, sombra y reacción. El pulso de los testigos iba al ritmo de los reactores. La atmósfera era de celebración, pero también de tensión.
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Entonces la exhibición acrobática se encontraba en su punto culminante. Los dos Cessnas T-37 ganaron altura y se acercaron para realizar la maniobra de cruce lateral, despliegue de coraje y precisión. Desde abajo, los rostros se volvieron al cielo, el silencio cedió ante la expectativa.
El titular de El Comercio dio los nombres de las víctimas de Pisco. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
Duras imágenes de la tragedia de nuestro corresponsal en Ica (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
Los aviones se acercaron demasiado, un pestañeo y el error fatal: desde las alas, el estruendo de la colisión empalideció a cielo y tierra, provocando un temblor en los espectadores y deshaciendo al instante las aeronaves de la FAP.
La frase rotunda del corresponsal de El Comercio registraría el momento: “Sobre el cielo de Pisco se pulverizaron dos aviones a reacción de la FAP”. Los pájaros de metal se transformaron en una lluvia de fragmentos ardientes, en tanto los corazones en tierra latieron al borde del colapso. Nadie quedó inmune a la tristeza esa tarde en Pisco.
EL HORROR EN TIERRA PISQUEÑA
Los testigos no daban crédito a lo ocurrido. Algunos corrieron hacia los alrededores del aeródromo con la esperanza de encontrar sobrevivientes. El humo se alzó en la llana geografía de Pisco, señalando el punto del desastre.
Los restos de los jóvenes aviadores salieron del Instituto de Sanidad de Aeronáutica cargados en hombros por sus colegas. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
Las primeras informaciones se filtraron rápidamente: los pilotos, Hernández Panduro y Salazar Medina, habían caído con sus máquinas tras el choque de alas. La operación de rescate se desplegó entre la confusión y el asombro.
Entonces, los oficiales de la FAP se sumaron a las labores, mientras los periodistas relataban cada detalle con la cercanía al vértigo en que se envolvió todo desde que las alas metálicas se encontraron ferozmente.
Esa tarde del 18 de setiembre de 1962, la fuerza del deber que mueve a los hombres del aire se transformó en silencio y luto. Los restos de los aparatos fueron inspeccionados por técnicos y superiores, esos mismos que habían compartido instantes previos la emoción de la fiesta.
Los compañeros del capitán Hernández y del teniente Salazar los despiden desde la azotea del instituto sanitario de la FAP. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
La aviación nacional se sobrecogió ante la magnitud del accidente. Dos jóvenes pilotos, formados en la disciplina y arriesgados en el vuelo, dejaron sus nombres inscritos en la bitácora más amarga del Día de la Aviación Nacional (23 setiembre). La noticia llegó pronto a Lima, y el país entero sintió el peso de la pérdida.
Las maniobras acrobáticas se suspendieron por respeto a los caídos. En la base aérea de Pisco, la bandera peruana se izó a media asta, mientras sus compañeros, otros jóvenes aviadores, expresaban su duelo. Los ingenieros de la FAP analizaron el siniestro en busca de respuestas. No había que ser muy especializado en acrobacias aéreas para saber que el accidente surgió por un error humano. Todos lo vieron.
De esta forma, los sacrificios del capitán Hernández y del teniente Salazar marcaron para siempre a la aviación peruana, que desde entonces redobló los esfuerzos para evitar nuevos episodios de dolor.
El cortejo fúnebre avanzó lenta y silenciosamente por las calles de Lima. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
Un ambiente de penumbra y respeto cubrió Lima, el miércoles 19 de setiembre de 1962, cuando los restos de los aviadores fueron entregados a sus familias para el último adiós.Los dos pilotos apenas superaban la juventud, eso era lo que más dolía a los peruanos de esos años.
Desde muy temprano, sus compañeros de armas, familiares y autoridades se congregaron para despedir a Hernández y a Salazar. Las calles se cubrieron de un silencio reverencial, interrumpido sólo por el paso solemne del cortejo fúnebre. La bandera nacional y los honores militares acompañaron el cortejo como una ofrenda que cruzaba Lima.
El adiós fue emotivo y conmovedor, un acto colectivo marcado por el pesar, la gratitud y el recuerdo imborrable de su servicio. La escuadrilla de la que formaban parte los aviadores fallecidos aterrizó en Lima, en señal de duelo y homenaje final, realizando un vuelo bajo y una inclinación de ala, gesto que quedó grabado en la memoria de todos.
Los dos ataúdes llegaron al entonces nuevo cementerio El Ángel. donde hubo una misa de cuerpo presente. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
“Los dos aviadores desaparecidos no pasaban de los 32 años. Su juventud estaba vuelo arriba. El cielo —ese que vemos desde aquí, con los ojos de la tierra— no tenía misterio para ellos. Afinaban su pericia para demostrar en la fiesta, llenos de coraje, lo que es la aviación peruana. No podrá ser”, se escuchó en el funeral.
Hoy, el cielo de Pisco sigue guardando el eco del choque, el rugido de los motores y el silencio final de esos héroes del aire.