Madurando en Estados Unidos

Mi historia comienza la noche del 21 de febrero en la calle Tarata en el glorioso Barrios Altos. Nunca antes había visto tan diferente aquel barrio que tanto me acogió en los últimos años que pasé viviendo allí. Las cosas eran diferentes mientras conversaba con mi abuela (ella hablaba de que tendría otra vida en tierras estadounidenses, pero que nunca debía olvidar de donde salí). Era la primera ves que la oía hablar así, quizás vio la nostalgia reflejada en mi rostro por dejarlo todo e ir en busca de un porvenir mejor en las tierras del norte. La noche pasó tan rápido que cuando abrí mis ojos, mis tíos ya estaban colocando las maletas en la camioneta. Después de media hora y de los abrazos y los deseos de buena suerte de parte de algunos vecinos que se acercaron a despedirse, partí con rumbo hacia el aeropuerto Jorge Chávez. Todo era tristeza, el clima era tenso, y yo no dejaba de ver a mis abuelos, primos, tíos, conocidos, y desconocidos. Pasó el tiempo y era hora de decir adiós. El último recuerdo de aquellos personajes con los que crecí por 17 años fue el de sus manos alzadas gritando adiós y el de mi abuela Yolanda llorando desconsoladamente en brazos de mi abuelo Emilio. Mi llanto, hasta ese momento aguantado con un prejuicio machista, simplemente explotó. 
Los primeros meses fueron momentos de tranquilidad porque volví a ver a mi padre después de muchos años. También conocí la parte de la familia que emigró 20 o 30 años atrás. Descubrí nuevos primos, nuevos tíos, nuevos amigos, nuevas reglas, nuevas comidas y otra forma de vivir. Cuando las cosas empezaron a ser comunes, se inició el camino cuesta abajo. No hacía más que lamentar mi situación. No era mi tierra y me sentía ajeno. Los días eran tan largos y aburridos que la desesperación alimentaba mis ansias de volver (claro que nunca lo demostré frente a los otros porque mi papá hizo tanto esfuerzo por traer a toda su familia que decirle que me quería regresar hubiera sido injusto). Internet me lo disputaba con mi hermana Fiorella, una hora ella, una hora yo y así sucesivamente, el MSN era mi único refugio para hablar con los amigos a los que no había visto en meses. Extrañaba Lima, extrañaba Cerro Azul en Cañete, extrañaba las combis, el humo, los rateros, los chistes de los amigos, salir a jugar pelota en las calles, extrañaba todo por completo, incluyendo el aire contaminado del centro de Lima.
Luego llegaron los deberes porque entré a estudiar inglés en el college que había frente a mi casa e hice nuevos amigos, la mayoría salvadoreños. La calma de tener algo que hacer me daba una tregua. Luego vino la experiencia de mi primer trabajo pagado, que fue en un restaurante coreano donde empecé como personal de limpieza y terminé preparando comida de lo más exquisita y extraña. Fui ahí donde aprendí que los gritos que mi papá daba cuando me regañaba eran solo cantos de cuna comparados a los gritos que mis jefes, Joanna y Kenneth, le propinaban a su hijo Bryan incluso en mi presencia. Fue una experiencia bien chévere acercarme a la cultura coreana. Aunque me hubiese gustado tremendamente quedarme, tuve que decir adiós para seguir mis sueños y renuncié para poder concentrarme de lleno en mis estudios. Me di cuenta de que en la vida tenemos que sacrificar muchas cosas, y en esos sacrificios, las despedidas siempre estarán presentes.
Luego entré al college de lleno, con más clases de diferentes materias y empezó una nueva historia. Hice muchos amigos de todas las nacionalidades y tuve buenos profesores que alimentaron mucho más el deseo de dedicarme a la docencia. Ahí, debido a mi pelo negro y a la cinta negra que usaba en la cabeza, me pusieron mi primer sobrenombre en Estados Unidos y el segundo en toda mi vida: “Rambo peruano”. En las clases empecé a dejar el nombre del Perú bien en alto gracias a mis buenas calificaciones. Conocí nuevos amigos y me comencé a sentir mejor, sin embargo, en ocasiones derramaba algunas lágrimas al sentir la nostalgia por mi querido país. Ahora estoy por terminar el college y me estoy preparando para cuando me gradúe y tenga que pasar a la universidad, con todo el cambio que ello implica.
Todo lo que he vivido aquí ha hecho que me acerque más al Perú, y me hace confirmar que algunos aprenden a amar a su patria estando lejos de ella. Eso pasó conmigo, ahora estoy atento a las noticias, miro canales del Perú por cable, leo muchos blogs, veo los videos de “A la vuelta de la esquina” en YouTube (a veces pienso que si hubiera visto esos videos, hubiera entrado a San Marcos), apoyo a la selección aunque la goleen, no pierdo el estilo de hablar del peruano, ya me sé la mayoría de los valses criollos, me siento más peruano en Estados Unidos que cuando estaba en el Perú. Ahora que cierro esta historia solo me queda compartir los sueños que vendrán: trabajaré como profesor de español aquí, ahorraré dinero, levantaré una escuela en el Perú, me iré a trabajar en ella, y pasaré mis últimos días en aquella Lima que añoro, en aquella Lima con el cielo panza de burro, en aquella Lima que me espera cambiada y a la que desde aquí le grito que la extraño.
Gary Lara, Estados Unidos
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