Qué verLas hojas mecanografiadas tienen ya un nostálgico tono sepia. Y en la primera página pueden leerse el fragmento de Roger Vailland como epígrafe y uno de los inicios más célebres de la literatura peruana: “Julius nació en un palacio de la avenida Salaverry, frente al hipódromo de San Felipe; un palacio con cocheras, jardines, piscina, pequeño huerto donde a los dos años se perdía y lo encontraban siempre parado de espaldas, mirando, por ejemplo, una flor…”. Han pasado 55 años desde que Alfredo Bryce Echenique puso punto final a su primera novela, quizás la más querida y entrañable de todas, y desde ese momento el manuscrito de Un mundo para Julius fue hilvanando también su misteriosa travesía.
Las hojas mecanografiadas tienen ya un nostálgico tono sepia. Y en la primera página pueden leerse el fragmento de Roger Vailland como epígrafe y uno de los inicios más célebres de la literatura peruana: “Julius nació en un palacio de la avenida Salaverry, frente al hipódromo de San Felipe; un palacio con cocheras, jardines, piscina, pequeño huerto donde a los dos años se perdía y lo encontraban siempre parado de espaldas, mirando, por ejemplo, una flor…”. Han pasado 55 años desde que Alfredo Bryce Echenique puso punto final a su primera novela, quizás la más querida y entrañable de todas, y desde ese momento el manuscrito de Un mundo para Julius fue hilvanando también su misteriosa travesía.
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En algún momento de los años 70 este legajo de alrededor de 450 páginas llegó a manos de Julio Ramón Ribeyro, el gran amigo y corrector de los primeros libros de Bryce, y permaneció oculto más de medio siglo entre los papeles del autor de La palabra del mudo hasta que en abril de este año el escritor y profesor de la Universidad de Granda, Ángel Esteban, lo halló de casualidad, mientras revisaba algunos documentos en la casa de Julio Ramón, en París.
El hallazgo fue toda una sorpresa, incluso para el propio Bryce. En pocos meses se hicieron las gestiones para que el documento “pudiera tener un destino más público” dice Esteban, y así surgió la posibilidad de donarlo al Instituto Cervantes. El momento más oportuno ha sido con ocasión de las jornadas internacionales “Alfredo Bryce Echenique: Las poéticas de la oralidad, la ironía y la memoria”, que se desarrollaron esta semana en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
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La soleada mañana del último jueves, la presencia de Bryce causó revuelo en la Facultad de Letras de San Marcos. El escritor volvía a la universidad en la que, en su juventud, se había graduado en Letras y Derecho. En el patio de la entrada una pantalla LED le daba la bienvenida y en una repisa se habían dispuesto ediciones de sus principales libros. A los 86 años, Bryce avanzaba sonriente en una silla de ruedas, rodeado de profesores, autoridades sanmarquinas, alumnos e invitados que no perdían la oportunidad de pedirle autógrafos o de tomarle fotos.
El director del Instituto Cervantes, el poeta Luis García Montero inauguró las jornadas con la ponencia “Un mundo para la literatura. Alfredo Bryce Echenique”. Horas más tarde recibía de manos de Ángel Esteban, en representación de los herederos de Ribeyro, el preciado manuscrito de Un mundo para Julius que desde ahora pasará a formar parte del legado de La Caja de las Letras del Instituto Cervantes, en Madrid.
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Después de esta ceremonia, Bryce y García Montero dialogaron en exclusiva para este suplemento. ¿Cómo llegó el manuscrito a manos de Julio Ramón Ribeyro?, fue la pregunta que abrió la conversación. “Bueno, pues yo se lo daría a leer”, dice sorprendido Bryce. Ambos se conocieron en París: “Se había corrido la voz -evoca Alfredo- de que en mi casa se reunían escritores, y Julio tuvo curiosidad y apareció un día para ver quién era yo, y así nació una relación de amistad muy grande”.
Unos minutos después, Bryce dirá: “Él me leía sus cuentos o diarios y yo le daba a leer mis manuscritos. A Huerto cerrado (su primera colección de cuentos), yo le había puesto ‘El camino es así’, pero Julio me dijo ‘este es un libro de cuentos sin salida, es un huerto cerrado’”.
Un mundo para Julius inicialmente iba a ser un cuento, pero fue creciendo en la medida que Bryce escribía. “Iba a ser el relato -dice- de un periodista que investigaba la razón de la muerte de un niño. Y, de repente, Julius nació y me olvidé de todo lo demás y seguí por ese derrotero… La escribí a máquina, con papel carbón para las copias”.
En ese momento interviene García Montero: “Yo al ver la versión original de la novela lo primero que recuerdo es una frase de García Márquez que Alfredo ha citado en varios textos. García Márquez decía: ‘Yo escribo para me quieran más mis amigos’ y a mí me recuerda la época de Alfredo en París, cuando estaba formándose como novelista, su relación con Ribeyro y con Vargas Llosa, cómo se intercambiaban experiencias y en esa relación el manuscrito debió acabar en las manos de Ribeyro. Y para nosotros recibirlo es tan emocionante, como haber recibido antes de la familia de Ribeyro la máquina de escribir con la que Julio escribía en París; o haber recibido un tintero y unos objetos de escritura de Mario Vargas Llosa de los años 60 o 70. Me gusta que en La Caja de las Letras haya esa complicidad”.
Luego, ambos recordarán la anécdota de las erratas de la primera edición de Un mundo para Julius, publicada por Carlos Barral. “Había setecientas erratas -refiere Alfredo, entre risas-. Los árboles no bordeaban la avenida sino ‘bombardeaban’ la avenida. Así era el tamaño de las erratas. Una cosa increíble”. Entonces, le escribió al editor y este le mandó un telegrama con este mensaje: “Desolado descubrimiento, quemo edición”. De inmediato se corrigió y se reimprimió la novela. Pero, años después Bryce descubriría que un editor nunca quema sus libros. “Pasé por una librería de Puerto Rico y ahí estaba esa edición con todas sus erratas”, evoca.
“Fíjate que yo también recuerdo -comenta García Montero- la importancia de Barral en el boom y que tuvo a Barcelona como capital de la industria editorial en español. Ahí de pronto empezaron a tener mucha difusión e importancia las novelas de García Márquez, de Vargas Llosa, de Jorge Edwards, hasta el punto que hubo un momento en que los escritores que vivían en París o en Londres se cambiaron de domicilio y se fueron a vivir a Barcelona”.
“Yo me acuerdo -cuenta Bryce- que, en una pensión de Barcelona, Vargas Llosa me presentó a García Márquez y me dijo ‘Gabo ha venido a morir en Barcelona’. Y Gabo le dijo ‘No, yo he venido a vivir el resto de mi vida en Barcelona’”.
En un momento, García Montero le pregunta a Bryce: “¿Te sientes realizado como escritor? “Sí, completamente”, responde Alfredo y enseguida recuerda: “Frente a lo que dejé aquí en el Perú al irme a Europa, sí. Yo partí con un diploma de abogado para darle gusto a mi padre, que era un hombre que yo quería y respetaba mucho. Él se opuso a que yo viajara, pero a través de mi madre logré una beca del gobierno francés para ir a París… Mi padre estaba en la puerta de la casa, nuestra despedida fue dolorosa. Un beso eterno que no olvidaré jamás. Me dijo ‘sigue tu camino, pero siempre hacia arriba’. Ya no lo vi más, pues cuando publico mi primer libro mi padre ya había muerto. La que ve todos mis manuscritos es mi madre. Fue la que siempre me impulsó a escribir, ella dedicaba mis libros. ‘La madre del autor’, ponía”.
Le pregunto a Bryce sobre la experiencia de volver a San Marcos. “Una emoción muy grande -dice-. Yo recuerdo este local, muy al final de mi carrera debo haber venido aquí, cuando ya estaba en construcción”. Salimos otra vez al patio de Letras. Nuevas fotos, abrazos y saludos. Bryce ha vuelto a casa, se ha reencontrado con sus recuerdos y con un manuscrito que no sabe por qué estaba en casa de Ribeyro, pero que ahora ya está para satisfacción de lectores e investigadores futuros en las cajas del Instituto Cervantes.
Las jornadas del 13 y 14 de noviembre organizadas por la Escuela y Departamento de Literatura de la UNMSM, convocaron a estudiosos de la obra de Alfredo Bryce como Ángel Esteban, César Ferreira, Jorge Eduardo Benavides, Carlos Arámbulo, Agustín Prado, Alonso Cueto, Juliana Carrasco, Sophy Zegarra, Jhonny Pacheco, entre otros.










