Por Guillermo Niño de Guzmán

En 1991 vivía en París, gracias a una beca del Gobierno Francés. Como no conocía Londres, viajé allí por unos pocos días, estancia que me permitió reencontrarme con Mario Vargas Llosa, quien había vuelto a residir en esa ciudad un año atrás. Entre otras cosas, le comenté que había una notable exposición en el Centro Pompidou dedicada a André Breton y el surrealismo. Mario era un gran entusiasta del movimiento y estaba dispuesto a realizar un viaje especial para ver la muestra. Me pidió mis señas y me dijo que se pondría en contacto conmigo al llegar a París, adonde hacía algún tiempo que no iba.