Grabado de época para “Veinte mil leguas de viaje submarino”. Verne imagina un submarino perfecto con enormes claraboyas que permiten a sus tripulantes contemplar la flora y la fauna del misterioso mundo marino.
Grabado de época para “Veinte mil leguas de viaje submarino”. Verne imagina un submarino perfecto con enormes claraboyas que permiten a sus tripulantes contemplar la flora y la fauna del misterioso mundo marino.
Por Enrique Planas

Uno de los grandes narradores de viajes, había viajado poco. A diferencia del capitán Hatteras que descubrió el Polo, a Michel Ardán que viajó disparado a la Luna, o al acaudalado Phileas Fogg que costeó su vuelta al mundo en 80 días, Julio Verne desdeñaba las aventuras propias. Incluso la pesca le parecía algo bárbaro y la cacería le inspiraba terror. No conocía más allá del litoral de Bretaña y Normandía, costas que recorrió en algunas excursiones en velero. Solo en 1877, tras comprar el “San Miguel”, un yate a vapor, alcanzó a visitar las costas de Inglaterra, Dinamarca, Holanda, España, Argelia e Italia. Pero nunca fue más lejos. En 1883, herido en una pierna por un compañero que dejó escapar un tiro de su revolver, decidió vender su embarcación y establecerse en Amiens. A pesar de que solo dos horas apenas separan esta ciudad de París, el escritor jamás sentió el deseo de montar en un tren para contemplar la cima de la torre Eiffel.

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