La indiferencia no hace la diferencia, por Sandra Belaunde
La indiferencia no hace la diferencia, por Sandra Belaunde
Sandra Belaunde

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Universidad de Columbia, máster en Administración Pública

Ser solidario y amable puede parecer temerario y secundario en una ciudad en la que en el último mes el asesinato por encargo (más allá del caso Oropeza) ha sido parte del día a día y donde, en general, las cifras de criminalidad son muy altas. Pero no debería serlo. 

De hecho, quizás por la inseguridad ciudadana y el caos, necesitamos ser solidarios entre nosotros. La indiferencia, por otro lado, puede hacer de la peligrosa Lima más bien un infierno.  

A casi la mitad de limeños (43%) la han asaltado durante el 2014, según la encuesta del observatorio Lima Cómo Vamos; en mi caso han sido dos veces en cuatro años. Ambos asaltos sucedieron cuando iba en un taxi, en ninguno estuvo involucrado el taxista. 

En uno de ellos estaba en la avenida México, en La Victoria, cerca de las 6 de la tarde. A pesar de tener el bolso en el suelo para no llamar la atención, tres jóvenes rompieron los vidrios y se lo llevaron junto a mi reloj. La semana pasada, en el jirón Lampa en el Centro de Lima, con solo un tercio de la ventana abierta, un hombre alcanzó a llevarse mi teléfono.

Ahora bien, la principal diferencia entre ambas ocasiones fue la reacción de la gente alrededor: indiferencia versus solidaridad y amabilidad. 

En la primera oportunidad, había mucha gente en la calle que fue testigo del asalto, pero nadie se acercó a ayudar. Además, el taxista se enojó y no quiso ni llevarme a mi destino final porque sabía que ya no tenía dinero para pagarle. Eso fue hasta más indignante que el asalto en sí mismo. 

En la otra, más reciente, a segundos del asalto, un hombre que iba en el carro de atrás (quien, coincidentemente, es una autoridad municipal) se bajó y trató de perseguir al ladrón; no lo alcanzó. Otras personas se acercaron a preguntarme cómo estaba. El taxista, muy apenado, me pidió disculpas una y otra vez por que me haya pasado eso cuando estaba en su auto; claramente no era su culpa. 

Por supuesto, los dos asaltos me ocasionaron un muy mal rato, pero el primero fue cien veces peor. Ser indiferente con los demás es lo opuesto a lo que significa vivir en sociedad. Con la disculpa de que por ayudar a alguien nos puede pasar algo malo, la indiferencia se ha vuelto socialmente aceptada en la capital. Tanto así que hoy en día esta actitud trasciende las situaciones potencialmente peligrosas.

De hecho, un estudio de Arellano Marketing muestra cómo los valores sociales son cada vez menos practicados en el país, y ahora se priorizan los valores individuales. 

“Somos amables, seámoslo siempre”. Ese es el slogan de la actual campaña de Wong. Esta muestra en videos cómo algunos ciudadanos de a pie responden con acciones solidarias a la pregunta ¿somos amables los peruanos?,  sin saber que están siendo grabados. 

¿La solidaridad ante robos callejeros, acoso o agresiones en general, es acaso un disuasor? Y, con ello, un arma ciudadana para combatir a los delincuentes y agresores, que ya no se enfrentan contra una persona, sino contra una colectividad.

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