
Al viajar por las avenidas limeñas, uno es constantemente bombardeado por publicidad. Al recorrer las avenidas La Marina, Faucett, Javier Prado, la Vía Expresa y la carretera Panamericana, etc., se tiene la impresión de que uno estuviera atravesando un túnel de publicidad, como si estuviese encerrado dentro de un panfleto gigantesco. Hasta los cielos de las playas han sido invadidos por avionetas que pasan al frente con banners publicitarios, los cuales estropean nuestro día de escape y descanso.
Hasta hace poco, uno de los pocos espacios que quedaban libres era el suelo de nuestros espacios públicos. Pero ahora también estos han sido invadidos en la forma de stickers publicitarios. Estos anuncios son distintos a los de los carteles. Se podría hacer un símil con “La Divina Comedia”, donde la ciudad es el Purgatorio, con el Paraíso arriba y el Infierno abajo. Al mirar uno hacia arriba, los carteles venden productos y servicios de una vida virtuosa, como programas de maestrías, servicios de salud o la versión peruana del sueño americano, vendido a través de imágenes de una casa de playa, con la familia unida y abrazándose.
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Viendo hacia abajo, los stickers de publicidad muestran una vida impropia, según el paradigma de la sociedad limeña contemporánea. Por ejemplo, en la avenida Javier Prado, en La Molina, unos stickers promocionaban un sauna. En Miraflores se muestra un número telefónico y la palabra “masajes”. En el Centro Histórico, ofrecen préstamos.
Sobre los numerosos carteles en Las Vegas (Estados Unidos), Venturi y Scott-Brown dijeron que “están casi bien”. Estén bien o no los carteles de Lima, tal como los de Las Vegas, están levantados sobre terreno privado. En cambio, los anuncios en forma de stickers están pegados en las veredas: el espacio público más significativo de una ciudad.
Existen ejemplos donde el sector privado, formado por personas independientes o empresas, invierte en el espacio público para mejorar un barrio y, por lo general, a cambio se recibe un reconocimiento por medio de una placa que conmemora el acto caritativo.
Las empresas Telefónica y Lindley, por ejemplo, han invertido en la peatonalización de jirón Hualgayoc en el Rímac. En este caso, la municipalidad estaba directamente involucrada en el proyecto, que tuvo el reto importante de recuperar un sector que forma parte de la zona monumental del distrito.
El uso de los stickers es lo opuesto. Es este caso, los individuos o empresas se están beneficiando de publicidad al costo de la degradación del espacio público de la ciudad. Es un ejemplo donde una de las partes pone sus intereses delante de los de la comunidad.
Ahora sí, con estos stickers pegados en nuestras veredas, nos encontramos completamente rodeados de publicidad.

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