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París, 1884
Un escándalo se desata en el más prestigioso escenario de las artes plásticas. Se trata del Salón de París, donde cada año los artistas más prestigiosos presentan sus nuevas creaciones. En esta ocasión el cuadro en cuestión es el retrato de una dama. Quienes lo han visto señalan que es innegablemente indecoroso. Su abierta sexualidad e impúdico exhibicionismo son intolerables. ¿Pero qué puede llevar a un público culto y conocedor a tachar de tal manera a esta pintura? ¿No han pasado por este salón infinitas recreaciones de pasajes mitológicos con desnudos y situaciones inequívocamente sensuales? Así es. Pero en este caso lo imperdonable es que se trata de una mujer de sociedad, cuya identidad muchos afirman conocer, que ha posado en abierta provocación.
El retrato lleva el sugerente título de “Madame X” y es obra de John Singer Sargent. No es la primera vez que el pintor estadounidense se ha presentado en el salón. Es más, ha sido celebrado anteriormente por su gran talento. Pero ahora todos lo miran con desconfianza. Ha ido demasiado lejos y ha arrastrado consigo a la señora Gautreau, la modelo del cuadro, una conocida anfitriona de alta sociedad.
Ralph Curtis, amigo del pintor, habría de relatar para la posteridad la situación: “Durante todo el día hubo un alboroto y poco después encontré a John, escabulléndose de los amigos que lo miraban con seriedad… Al acercarme al cuadro, un grupo de mujeres se burlaba dando voces: ¡Ahí está la ‘belle’!, ¡Oh, qué horror!, y cosas así. También había un pintor que no dejaba de repetir: ‘Soberbio en estilo, magnífico en su audacia, ¡qué diseño!’. Escuché todo tipo de comentarios exaltados. Y John, pobre muchacho, estaba afligido”.
El testigo habría de acompañar al artista a su estudio, donde aparecieron la señora Gautreau y su madre llorando. “Mi hija está perdida, todo París se burla de ella”, dijo la anciana señalando también que toda la culpa era del artista. Lo que no era cierto. El pintor y su modelo se habían esforzado por crear una obra juntos. Y aquel hermoso óleo sobre lienzo no era producto de la casualidad, sino de un esmerado trabajo. Para ambos estadounidenses era la culminación de un anhelo, pero como en la mejor de las novelas de Henry James, el resultado había sido diferente al deseado.
Realizar el retrato no ha sido fácil para el artista. A diferencia de otras suyas que fueron encargadas, esta había sido iniciativa propia. Una manera de celebrar la belleza y personalidad de la modelo, a quien ha seguido incluso a Bretaña para realizar sus primeros apuntes y bocetos. “Es lo mejor que he pintado”, afirman que dijo John Singer Sargent cuando terminó la obra.
Poco después, ya en el salón, la pintura que habría de celebrar la belleza de una mujer y el genio de un artista desata una polémica y condena a la hoguera social a sus protagonistas.
EL PINTOR Y LA MODELO
John Singer Sargent (1856-1925) había vivido casi toda su vida en Europa. Nació en Florencia, Italia, durante uno de los muchos viajes de sus padres. Y fue educado entre hoteles, museos y salones de intelectuales. Luego decidió estudiar pintura en París, donde de inmediato ocupó un lugar importante como retratista. Ya mayor viajó a conocer América, aumentando su fama y acrecentando la cantidad de clientes y comisiones. Nunca abandonó la nacionalidad estadounidense.
En cuanto a Madame Gautreau (1859-1915), nació con el nombre de Virginie Avegno en Nueva Orleans. Su madre la llevó a vivir a Europa tras la guerra de Secesión y muy pronto ambas ocuparon un destacado lugar en la sociedad parisina. Virginie se casó con el señor Pierre Gautreau, un rico negociante. A partir de entonces se convirtió en una anfitriona incansable, de aquellas que aparecían constantemente en la prensa social. Un artículo del “New York Herald” escrito a cuatro años del escándalo del retrato la describe de la siguiente manera: “Es una estatua de Canova que ha cobrado vida en carne, sangre, huesos y músculos, vestida por Félix y peinada por Emile”.
Como había sucedido frente a otras damas de sociedad, Sargent se sintió atraído por la señora Gautreau. Nunca sabremos si se trataba de un enamoramiento o simplemente de una atracción de otro tipo. Soltero hasta la muerte, el pintor siempre fue muy discreto en cuanto a su vida privada. Tras su muerte, sus biógrafos y estudiosos habrían de discutir ampliamente su sexualidad, sin llegar a una conclusión. Hoy nada podemos afirmar sobre este tema. Lo cierto es que se rindió a los encantos de la anfitriona, y a través de algunos conocidos logró que Virginie aceptara posar para el cuadro.
No fue fácil. La vida de una mujer en aquella posición era realmente ocupada. Y el pintor demoró casi un año en completar su obra. En los dibujos preliminares, así como en el primer retrato de Virginie titulado “Madame Gautreau drinking a toast” (1883), Sargent prefiguraba la pintura que tenía en mente. Allí convergían no solamente sus gustos, sino también todo lo aprendido del Renacimiento en Italia. La pose final habría de encontrarla en las pinturas de los maestros de manierismo, específicamente en el fresco “Betsabé yendo a reunirse con el rey David” (1552), de Salviati.
Cuando el impresionante retrato se presentó en el Salón de París, la recepción fue terrible. Hasta ese momento Virginie pensaba que se trataba de una obra maestra, señalan Elaine Kilmurray y Richard Ormond en “John Singer Sargent”, pero no pudo soportar la humillación de la que era objeto. De nada sirvió tratar de preservar su identidad en incógnito, todos sabían que se trataba de ella. Hubo súplicas para alterar la pintura y Sargent fue firme en no retocar el escote, principal motivo del escándalo. Solo aceptó cambiar uno de los tirantes del vestido y el resto permaneció intacto.
La señora Gautreau no fue la única que se sintió mal frente a la adversa campaña contra el cuadro. Sargent supo de inmediato que sus días estaban contados en París. Por un momento pensó en renunciar a su arte, pero prefirió mudarse a Londres. Un nuevo horizonte podría servir para cambiar sus ánimos. Y así sucedió. La sociedad británica lo recibió con los brazos abiertos. Comenzaba una nueva etapa en su exitosa carrera y dejaba atrás no sin amargura un final injusto en su amada París.
El pintor nunca renunció al retrato de “Madame X”. Lo conservó en su taller y lo mostraba con orgullo a quienes lo visitaban allí. Lo exhibió en varias ciudades europeas hasta que finalmente lo llevó a San Francisco en 1915. Poco después recibió una oferta de compra de Edward Robinson, el director del Museo Metropolitano de Nueva York. El artista lo pensó seriamente y finalmente escribió: “Creo que es lo mejor que puedo hacer”.
Nueva York, 2015
El pasado domingo 4 de octubre el Met clausuró la exposición “Sargent: portraits of artists & friends”. Se trataba de una muestra de retratos del gran Sargent que durante tres meses recibió a miles de visitantes. En la exhibición se acentuaba la maestría del pintor como retratista y también se exploraba en las diversas relaciones que sostuvo con artistas, músicos, actores, mecenas, socialités y colegas a lo largo de su vida.
El apasionante recorrido por la exposición nos llevó a observar no solamente los retratos de todos esos personajes del arte y la historia, sino que nos ofrecía la oportunidad de compartir con John Singer Sargent su punto de vista sobre cada uno de ellos: Rodin, Monet, Robert Louis Stevenson, Ellen Terry, La Carmencita, Yeats, Eleonora Duse, Fauré, Henry James y Edwin Booth, entre muchos más. Pero, como era de esperarse, en medio de todos ellos, la impresionante belleza de la señora Gautreau eclipsaba a todos los demás. Convertida en “Madame X” es ahora parte de la colección permanente del Met.





