El lingüista Julio Calvo volvió a Lima hace unos días para ser parte de la presentación de “Historia y Cultura en el mundo andino: Homenaje a Henrique Urbano”, libro promovido por la facultad de Ciencias de la Comunicación, Turismo y Psicología de la Universidad de San Martín de Porres y del cual fue uno de sus editores junto a Johan Leuridan Huys, Alexandra Arellano y Milagrito Alegría de Benavides.

La publicación contiene ocho ensayos relacionados a los diversos campos de estudio que tuvo a bien seguir el sociólogo portugués, miembro fundador de Centro Bartolomé de las Casas y de la Revista Andina, Henrique Urbano. Este personaje  dedicó una importante parte de su vida a investigar la cultura propia de los andes.

Antes del inicio de cada artículo hay una especie de agradecimiento o recuerdo de su autor al investigador nacido en el año 1938 y fallecido en 2014. A su manera, cada uno recuerda con nostalgia y aprecio su legado científico.

Conversamos con Julio Calvo sobre este homenaje a Hnrique Urbano y también sobre su experiencia personal como lingüista, estudioso del quechua y miembro correspondiente de la Academia Peruana de la Lengua.

-Cuéntenos, ¿quién fue Henrique Urbano?

Henrique Urbano fue un sociólogo portugués, profesor en Canadá, que estaba tan ilusionado con estudiar el inicio de las órdenes religiosas en el virreinato del Perú que comenzó a estudiarlas y se dejó guiar por la sociedad del siglo XVI y XVII e hizo importantes aportes a este tema durante bastantes años.

-¿Y cómo fue el contacto inicial que este investigador tuvo con el Perú?

Su contacto fue esencialmente a través de Johan Leuridan Huys, quien hoy es el decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación, Turismo y Psicología de la Universidad San Martín de Porres. A partir de esa relación es que Urbano se instala primero provisionalmente y luego de forma definitiva en el Perú para hacer sus investigaciones sociológicas.

-¿Por qué ha sido importante para usted ser parte de este libro tipo homenaje a Henrique Urbano?

Para mí ha sido muy importante publicar este homenaje a Henrique porque él fue uno de los grandes amigos que tuve y yo valoro mucho la amistad. Él supo que yo investigaba lengua quechua antes de que yo publicara algo y un buen día recibí una carta suya. Yo lo desconocía. Me invitó a venir al Perú en 1993 y desde entonces he venido una o dos veces al año hasta hoy.

-En la introducción de su ensayo deja a Henrique Urbano como un personaje esencialmente ‘motivador’. ¿Con esa imagen lo definiría?

Claro que sí. Le cuento una anécdota. Yo venía trabajando en lexicografía quechua y me interesó una cuestión del léxico de la cocina en esta lengua andina. Y le presenté un trabajo para publicar en la revista de Turismo y Patrimonio. Eran no más de 15 páginas y él me respondió “usted esto tiene que hacerlo un libro”. Cuatro meses después ya estaba el libro escrito. Eso es una manera de ser animador.

-Usted es un autodidacta. Teniendo en cuenta la situación del mundo hoy en día, ¿es viable ser autodidacta en la actualidad?

Ser autodidacta en la época en que yo nací era muy difícil. Vivía en el campo, no tenía luz eléctrica ni libros ni periódicos donde yo pueda aprender. Mi padre me enseñó a escribir en la arena. Ponía lisa la arena, me enseñaba las letras, borraba todo y volvíamos a escribir. Entonces era muy difícil ser autodidacta. Hoy el mundo es más complejo pero quizás no tanto. Escuché comentar hace unos días que el autodidactismo se está desarrollando mucho en las redes sociales, porque cuando uno ya sabe lo principal tiene ahí las redes para casi aprender por sí mismo. Porque existen medios, fotografías, gráficos en los que uno encuentra a su profesor preferido.

-Pero en la Internet también hay muchos datos falsos…

¡Qué duda cabe! Una cosa es que Internet pueda ser buena y otra es que sea totalmente útil. Yo soy lingüista y a veces veo datos muy falsos, muy fragmentarios. Entonces uno necesita un bagaje importante de conocimientos en lo suyo para poder aprovechar lo mucho que le dará Internet,  porque o sino puede andar perdido.

-Habiendo tantas lenguas en todo el mundo, ¿por qué usted se fijó en el quechua?

Si le digo anecdóticamente fue porque justo acababa de leer “Los ríos profundos” de José María Arguedas.  Me tocó tan adentro la novela que pensé “Esta lengua me gustaría aprenderla”. Pero la verdad es que esto está asociado a que en el quinto centenario del descubrimiento de América, yo siendo lingüista, quise comparar el español con una lengua distinta, alejada, que no sea de la familia como el francés, el catalán o el italiano, no sé, que son hermanos o primos hermanos. Quise buscar una lengua muy ajena. Y qué mejor que una lengua de América. Así lo decidí y fue para siempre.

-He leído muchas declaraciones suyas relacionadas a su vocación como maestro. En Perú como en varios otros países, ciertas veces no hay vocación para enseñar sino más bien una necesidad por un trabajo seguro y un sueldo. ¿Esta falta de vocación afecta mucho a la calidad de la enseñanza?

No sé en porcentajes cuánto afectará pero sí creo que resulta difícil ejercer la vocación del magisterio si uno no tiene vocación. Es como ser médico sin tener vocación. Claro, cuando me hice maestro lo hice sin tener ninguna otra opción. Mi padre traía piedras para fabricar yeso. Podía estudiar como alumno libre y ser maestro pero no me disgustaba. Pero luego la vocación fue aumentando con el tiempo y estuve contento mientras ejercí dicha profesión. Y por cierto, ejercí la enseñanza en los tres niveles: como maestro, como profesor de enseñanza media y como catedrático universitario.

-¿Cuán viable es una enseñanza bilingüe Español-Quechua en el Perú?

Pues debería ser viable. Mire usted, en España en el año 1978, con la nueva Constitución se pretendió revalorizar las lenguas propias: el español, el gallego, el catalán y el euskera. Y ahora se enseñan las dos lenguas en las zonas donde se hablan y el español en toda España. Es viable y enriquecedor pero para eso uno debe amar su lengua y a veces uno encuentra que a los indígenas no se les deja amar adecuadamente su lengua porque no  se les abre ninguna perspectiva en ella. Es muy difícil.

-Usted publicó un diccionario Español-Quechua de más de 2500 páginas. ¿Cuál fue la principal dificultad para trabajar en el mismo?

Estuve trabajando quince años en él. Al principio recorría Cusco y las zonas peri cusqueñas, visitaba pequeñas poblaciones, hasta Quillabamba y también Puno. Recorría el léxico de allá. Cuando empecé a sentirme seguro les pedía a personas que hablaban quechua que me enseñen para ir incrementando el diccionario. Tuve hasta 50 personas distintas como colaboradores y además dos jefes de equipo. Aquello que encontraba con uno lo ponía en práctica con otro equipo para comprobar hasta qué punto era cierto. Y no porque me quisieran mentir sino porque a veces la visión que tenemos de la lengua es diferente.

-¿Tuvo la oportunidad de leer la traducción del Quijote de la Mancha al quechua? ¿Qué impresión le causó?

Sí, tuve la oportunidad de leer unos trozos. No me pareció tan bueno como cree su autor.

-¿Por qué?

Pasa una cosa. Para ser traductor no basta conocer dos lenguas. Hay que conocer también la teoría y la práctica de la traducción. Igual que para hacer un diccionario. Si todo el que es bilingüe pudiera hacer un diccionario no tendríamos problemas. Y créame, hay algunos diccionarios hechos por personas bilingües que son muy malos. Entonces, la traducción (del Quijote al quechua) está hecha con cariño pero le falta mucha precisión. Y quizás también le falta un diccionario amplio como el que yo publiqué en la San Martín en 2009, donde es mucho más fácil encontrar las equivalencias necesarias para poder afrontar con garantías una buena traducción.

-Finalmente, ¿cómo ha tomado usted esta recepción que la Academia Peruana de la Lengua le ha dado siendo usted extranjero?

Con una enorme sorpresa y satisfacción. Por cierto, el 6 de mayo presentamos el DIPERÚ, Diccionario de Peruanismos del cual yo fui director técnico.

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