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El escenario es la cocina de un restaurante oriental. ¿La ciudad? Cualquiera en el mundo occidental. Y la época, el pasado reciente o tal vez hoy. Allí, en medio del trajín del día a día, convergen las más inesperadas personalidades, atrapadas en la anarquía emocional del mundo moderno.
Este es el planteamiento de “El dragón de oro”, una de las obras más representativas de su autor, el alemán Roland Schimmelpfennig, uno de los dramaturgos más prolíficos de los últimos tiempos, cuyas preocupaciones temáticas incorporan elementos reales y fantásticos a la vez. Pero no en términos de lo real maravilloso, nada de eso. La suya es una propuesta propia.
Así, bajo el aparente naturalismo de su trabajo, encontramos elementos alucinados que bien podrían ser parte de una obra surrealista o tal vez de un planteamiento onírico.
Lo curioso es que ambos mundos conviven en perfecta armonía y ayudan a comprender hacia dónde va la obra. “El dragón de oro” habla de una humanidad incapaz de resolver sus diferencias. Atrapada en un falso concepto de libertad y que se encuentra, más bien, atada a un destino inexorable. Así, sin posibilidad de evadir su condición, el hombre comparte con el insecto los mismos temores y unas cuantas alegrías, un alivio al que se aferra para mantenerse en pie.
Resulta estimulante encontrar en nuestro medio nuevos escenarios y propuestas teatrales que salgan de lo convencional. “El dragón de oro” es una de esas alternativas que nos permiten conocer otro tipo de preocupaciones creativas. Se lo debemos a Jorge Villanueva, un director al que conocemos por su intenso trabajo en obras tan personales como “Las neurosis sexuales de nuestros padres” hasta clásicos como su bien estructurada “Casa de muñecas”. Ahora es el turno de explorar en un teatro menos tradicional y apostar por aspectos que van más allá de la dramaturgia.
El trabajo de Villanueva en esta oportunidad se extiende hacia un diseño de imágenes que componen el universo sobre el que se desarrolla la obra. Hay mucha creatividad en cada aspecto de la producción, creando un mundo con unos pocos elementos escenográficos y de vestuario. Al director le toca dar coherencia a este universo y en este caso su trabajo es un acierto.
ELENCO IRREGULAR
Menos logrado es el trabajo con el reparto, que es irregular. Hay una clara diferencia generacional que no juega a favor del trabajo conjunto y que se siente especialmente a la hora de asumir las diversas identidades. Claro, como los cocineros del chifa, el elenco aporta una variada fisonomía y de alguna manera allí funciona el espíritu de cuerpo. Pero cuando Claudio Calmet, por ejemplo, o incluso Marcello Rivera cambian el registro para dar vida a otros personajes, se dejan llevar por estereotipos que distraen al espectador.
Por otro lado, Grapa Paola y Carlos Victoria asumen sus múltiples personajes con tanto aplomo y seguridad que le confieren a la obra una naturalidad que se agradece. Conocen tan bien el escenario que a primera vista pareciera que no les cuesta asumir una y otra identidad. No necesitan fingir, mucho menos sobreactuar. Y ahí está la clave para que un hombre interprete a una mujer o una joven a una anciana: en dejar de lado los clichés y la impostación.
Si el elenco más joven se sentara por un momento a ver a los veteranos durante la función, encontrarían la clave para un trabajo más integrado y satisfactorio.
Finalmente, ¿es Laura Aramburú la mejor elección para un personaje con tanta responsabilidad sobre el escenario? Me temo que no. Y no por falta de entrega o entusiasmo, sino porque son justamente esos dos aspectos los que juegan en su contra. Luce como si no pudiera controlar sus emociones y su propio cuerpo. No hay un lenguaje corporal que nos permita ver a los personajes que interpreta, mucho menos a la hora del monólogo final. Y en ese momento el problema se agudiza porque, de un lado, no tiene la dicción adecuada para pronunciar un parlamento tan complejo y, del otro, tampoco acierta con la carga emotiva, perdiendo una gran oportunidad sobre el escenario.
“El dragón de oro” es una obra necesaria para nuestro medio. Porque nos acerca a niveles expresivos que parecían olvidados por un teatro en plena efervescencia pero que muchas veces teme apostar por cosas diferentes. Hace bien Jorge Villanueva en aventurarse por este camino. Y esperamos ver más.
“El dragón de oro”
Autor: Roland Schimmelpfennig.
Director: Jorge Villanueva Bustíos.
Producción: Ópalo.
Actores: Laura Aramburú, Claudio Calmet, Carlos Victoria, Marcello Rivera, Grapa Paola.
Teatro Ensamble (Bolognesi 397, Barranco).
Hasta el 26 de junio.





