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Polarización política y transformación tecnológica
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La universidad contemporánea afronta un mandato profundo y multifacético: formar profesionales e investigadores competentes, buenas personas, así como ciudadanos activos, además de consolidarse como creadora de conocimiento, arte y cultura, aceleradora de la innovación y espacio de articulación con el sector empresarial, el Estado y la sociedad. Su propósito no se limita al aula, sino que debe responder proactivamente a los desafíos que impone un país tan complejo como el nuestro.
Históricamente, la universidad ha buscado la excelencia académica, la creación de conocimiento, la formación ética y el compromiso social de su comunidad. Desde sus orígenes, en la Pontificia Universidad Católica del Perú hemos impulsado una sólida formación humanista, integral y científica, convencidos de que la educación transforma vidas y es también una apuesta por defender la dignidad de la persona y el desarrollo de la sociedad. Pero este rol se hace más desafiante en un contexto de polarización política, cuestionamientos a la ciencia y la academia, y la irrupción vertiginosa de la inteligencia artificial.
Frente a este escenario complejo, surge una pregunta inevitable: ¿cuál debe ser el rol de la universidad en tiempos de polarización política y transformación tecnológica?
Debemos recuperar la confianza. Vivimos en un contexto de desconfianza de los ciudadanos hacia los órganos de gobierno y las instituciones que sostienen la democracia. Esto ha llevado a que no se respeten los derechos de la ciudadanía. Vivimos también en un contexto de desconfianza ante la información y el saber. Vivimos en un contexto donde, al parecer, todo vale. En este marco, el avance de la inteligencia artificial representa un reto adicional. Sus aplicaciones ofrecen grandes posibilidades para distintos ámbitos de la vida, pero también nos plantea enormes desafíos cuando se emplea para alterar la verdad, para desinformar, y servir a intereses mezquinos.
Frente a ello, la influencia de la universidad no debe limitarse en estos tiempos al ámbito académico. La academia tiene la responsabilidad de alzar una voz clara, serena y reflexiva. Las universidades no pueden ser neutrales ante amenazas como el autoritarismo, la erosión de derechos, la inseguridad en diversos aspectos básicos de la vida humana y la creciente desinformación. Deben posicionarse activamente en defensa de la dignidad humana, la libertad, la diversidad y la verdad como base de la vida democrática. Están llamadas así a ocupar un lugar central en la vida del país como un espacio de confianza y encuentro, donde el pensamiento riguroso se pone al servicio del bien común.
Defender la libertad académica, promover el pensamiento crítico, cultivar las artes y la sensibilidad, fomentar el diálogo plural y sostener la verdad fundada en evidencia no son tareas accesorias, son parte de su responsabilidad histórica. Allí donde las instituciones políticas han perdido legitimidad, la universidad debe recuperar y reafirmar su papel como espacio democrático, inspirando confianza, abriendo espacios de diálogo, formando ciudadanía y ejerciendo un claro liderazgo ético.
En estos tiempos de incertidumbre y desconfianza, la universidad debe recordar que su mayor fuerza reside en producir conocimiento para formar mejores personas con visión y compromiso con el desarrollo del país, inspirar formas ciudadanas de acción y defender sin titubeos la democracia. No puede permanecer neutral cuando la dignidad humana, la libertad y la verdad están en juego. Su voz ética y su compromiso con el bien común son hoy más necesarios que nunca. Que sea la universidad la que nos recuerde que la democracia no se hereda ni se decreta: se construye, se defiende y se renueva día a día, con pensamiento crítico, diálogo desde la diversidad, valentía ante toda forma de prepotencia y, sobre todo, con esperanza. Este país necesita renovar la ilusión de un futuro mejor y la universidad debe colaborar activa y comprometidamente con ello.

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