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Los censos en nuestra historia
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Los censos en nuestra historia

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Los de población son uno de los instrumentos más importantes de los gobiernos. Permiten conocer las características claves de los habitantes, compararlas con las de fechas pasadas y sopesar mejor las políticas a aplicar. ¿Cuáles son esas características claves? Es algo que cada sociedad decide y cuyo tenor va cambiando con el tiempo. Algunas parecen universales, como el lugar de residencia, el sexo o la edad, mientras que otros son de tenor más cambiante, como el oficio o la raza, que hoy ha mutado en la autoidentificación étnica.

Los primeros censos de nuestra patria fueron realizados por las autoridades coloniales para controlar a quienes debían pagar tributos: los varones indígenas entre los 18 y 50 años. El primer censo con propósitos más amplios, que apuntasen a mejores planes de gobierno, fue el del virrey Francisco Gil de Taboada en 1791, que se realizó enviando a los subdelegados de los partidos (el equivalente de las provincias de hoy) un cuestionario que ellos debían responder con los datos de sus circunscripciones. Hubo autoridades cuidadosas que, con la ayuda de los registros parroquiales, enviaron datos bastante precisos, y otras que recurrieron solo a sus propias estimaciones y consultas apresuradas. El censo contó un total de 1’076.997 habitantes, de los que el 57% eran indios, el 23% mestizos y el 13 “españoles” (no se usaba todavía el término ‘blanco’). El 7% restante fueron los “pardos” (mulatos) y esclavos (tampoco se usaba “negro”). Este censo no consideró a la intendencia de Puno, que en ese momento pertenecía al virreinato del Río de la Plata. Regresó al Perú en 1796, en una fecha que también debería conmemorarse como se hace con el retorno de Tacna. Tampoco incluyó a la Amazonía, sobre la que las autoridades virreinales apenas tenían control.

No volvió a hacerse un censo igual o mejor, hasta 1876, durante el primer gobierno civil del país, bajo la conducción de Manuel Pardo. Este trajo al especialista francés Georges Marchand, quien trabajó junto al peruano Manuel Atanasio Fuentes. El censo no pudo completarse en varias localidades de Ayacucho y otros lugares de la sierra, donde los empadronadores fueron echados a pedradas por el temor de que tras el censo, viniese el impuesto o la conscripción militar. Se contó a 2’699.106 personas. Más del doble que lo registrado por Gil de Taboada 85 años atrás. La distribución racial de la población fue prácticamente la misma, pero en la distribución territorial el norte del país mostraba mayor vitalidad que el sur.

Hubo que esperar hasta 1940 para un nuevo censo, pero después ha habido mayor continuidad, realizándose los de 1961, 1972, 1981, 1993, 2007 y 2017. Todos estos fueron emprendidos bajo el método de la inmovilización de la población un día domingo de los meses de mayo a julio, en los que, por coincidir con la temporada de la cosecha en la sierra, la población solía reducirse a su lugar de residencia habitual. El empadronador visitaba cada hogar y recogía los datos directamente de cada habitante.

El censo actualmente en marcha ha eludido el método de la inmovilización, eligiendo el de la entrevista a un representante del hogar en fechas diversas durante un lapso de tres meses. El método tiene sus riesgos y puede terminar como el esfuerzo del 2005, cuyos resultados fueron cuestionados, por subnumeración. Podría surgir el problema de personas que no tienen un lugar fijo de residencia o que al cambiar este en el lapso de los tres meses sean contados dos veces, o ninguna. O que la persona que se halla en la casa en el momento en que llega el empadronador desconoce las edades u otros datos de los que viven ahí, o equivoca el dato de la autoidentificación étnica, que, como su propio nombre indica, es de índole personal.

Los últimos censos terminaron registrando menos personas de las que se estimaba. ¿Pasará igual con este?

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Carlos Contreras Carranza es Historiador y profesor de la PUCP

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