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“Cuídame el corazón”
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La primera vez que José Jerí ocupó un cargo de elección popular, quienes concurrieron a las urnas no votaron por él. De hecho, no salió elegido. Se trató de los comicios posteriores a la frustrada revocatoria a la entonces alcaldesa de Lima Susana Villarán, para reemplazar a los 22 integrantes que sí fueron vacados del concejo original. Fue una elección complementaria peculiar, de lista cerrada, donde importaba exclusivamente el símbolo partidario, pues no existe voto preferencial en el ámbito municipal. En aquella excepcional consulta, de noviembre del 2013, Somos Perú obtuvo el 26% de los votos válidos, y quedó segundo detrás del PPC. Con ese porcentaje, al partido del corazón le correspondían seis regidores. Un veinteañero Jerí, virgen en estas lides, ocupaba el puesto siete de la lista. “Casi”, se lamentó. Para su suerte, meses después, una regidora de sus filas renunció y él, como accesitario, se colgó el medallón característico de los concejales limeños. Paradojas del destino, pues terminaría ocupando un puesto liberado por la revocada Marisa Glave, por aquel entonces joven promesa de la izquierda caviar.
El debut político de Jerí, que ha pasado inadvertido por los sabuesos de la prensa, marca un camino recurrente. Accesitario de Martín Vizcarra, inhabilitado para ejercer como congresista a pesar de haber sido elegido en el 2021, y, hace unos días, reemplazante de Dina Boluarte en la máxima magistratura nacional. En un país de política personalizada, comprendió la potente rareza de un buen símbolo partidario como el corazón azul y rojo de Somos Perú. Esa bonhomía de Alberto Andrade convertida, por arte del márketing político intuitivo, en atajo comunicativo de municipalismo, moderación, cordialidad, y que ha permitido a quienes postulan bajo dicho emblema, sin mucha fanfarria, ocupar curules parlamentarios desde el 2001 casi ininterrumpidamente. De hecho, en las últimas elecciones subnacionales, ganó 7 gobernaciones, 28 alcaldías provinciales y 171 distritales, incluyendo San Juan de Lurigancho, la más poblada del país. El mejor desempeño de este partido y, de cualquier otro, en la era de la “democracia sin partidos”.
“No eres tú, es mi corazón”, le debe recordar Patricia Li a sus “guerreros somistas” cada vez que ganan una elección. La actual presidenta de Somos Perú ha construido una red de operadores políticos, de izquierda y de derecha, de Lima, Perú y balnearios, que desde gestiones edilicias y coordinaciones parlamentarias van afianzando lealtades y ascendiendo en las pantanosas arenas de la política nacional. Jerí, el sueño del primer presidente somista hecho realidad, es un caso paradigmático: ha tenido una sola militancia en un país de tránsfugas, pertenece a un partido que ha logrado mantener su inscripción en treinta años ahí donde estos son flor de un día, tiene sentido de pertenencia a una colectividad política en la sociedad del quítate-tú-para-ponerme-yo. Si el cinismo académico no fuese dominante, hoy los más sesudos politólogos estarían escribiendo capítulos enteros sobre este caso exitoso de party-building.
La socialización política de Jerí es clave para entender su capacidad de agencia. Aprendió las (buenas y malas) artes de la política en los despachos parlamentarios de plaza Bolívar. Fue uno más en esa jungla de ayayeros de un solo terno y secretarias con lonchera, que aspiran calladamente a tener, alguna vez, su nombre en la placa de la entrada. ¿Sabe usted que más de diez congresistas actuales han trabajado en oficinas legislativas? De izquierda a derecha, de Ruth Luque a Adriana Tudela, este es un patrón de carrera política inadvertido, sí –otra vez– por mis pontificadores colegas, y que permite entender cómo un ignoto político de inocuo partido puede colarse como presidente del Congreso en un año en el que las probabilidades de caída presidencial se mantenían vigentes. (Ese cuentazo de que nadie la vio venir es justificación de su inutilidad analítica; ver columnas anteriores aquí
Más que un “pacto mafioso”, en el Congreso subyacen estructuras de coaliciones enlazadas por afinidades menos políticas de las que suponemos. Una foto circulada días previos a la vacancia muestra a Jerí con otros tres congresistas sub 40 compartiendo proteínas y carbohidratos lejos de los formalismos de sus cargos y fuera de horarios de oficina. Estos vínculos multipartidarios informales, apuntalados por empatía generacional en este caso, son el behind the scenes que sostiene acuerdos de bancadas –algunos tácitos, otros explícitos– tanto en el trajín de las comisiones como en la rutina de los plenos. Muchas veces, incluso, se imponen a los deseos de los jefes y dueños partidarios y pueden llevar al poder a alguien como Jerí, quien ha aprendido hábilmente las reglas de este juego. (De hecho, mantiene a su “cápsula parlamentaria”, como llama a su círculo de confianza original, en su nueva responsabilidad). Quedarse en el diagnóstico superficial de una institución desprestigiada ante la ciudadanía nos nubla la visibilización de su cultura política.
Quienes hemos hecho etnografía en el Congreso conocemos también las serias limitaciones de la socialización política descrita. Jerí tiene recorrido en el hall de los pasos perdidos, pero no tiene mundo. Hizo una maestría en la posaprista Villarreal; no en LSE. Su horizonte es corto, modesto, de torneo local. En un intento de colocarse en el centro, bautizó a su gobierno como de “transición y reconciliación”. Le duró dos días y terminó montándose en uno de los extremos de la polarización que nos (des)gobierna. Es ligerito. Como hincha de la ‘U’, no puedo resistir la tentación de compararlo con Valera, si acaso consigue estabilizarse. El delantero crema proviene del fútbol playa y de la Copa Perú, y ante el fiasco de jales extranjeros, se ha consolidado como goleador del campeón. Pero tiene sus paltas, falla penales decisivos y no nos lleva al Mundial. Jerí es un animal político de la selva de los otorongos, y quizá termine cometiendo errores y faltas que nos cuesten muy caro como país. Pero hay algo de jugador distinto esta vez: sabe que lo más valioso que porta es el símbolo de Somos Perú, lo cual le hará calcular sus acciones más allá de julio del 2026 (si llega) y de sí mismo. “Cuídame el corazón”, le habría dicho Patricia Li persignando su suerte. Pero por más cuidados y chequeos, este corazón puede dejar de latir por un artero balazo.

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