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De tormentas de arena y tormentos políticos
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La impactante imagen de la tormenta de arena, llamada por los antiguos peruanos paraq o paraca, me llevó a reflexionar sobre una diversidad geográfica única, además de desafiante. El espectáculo, para algunos distópico, de una serie de remolinos de viento y arena, atravesando raudos sobre la ciudad de Ica, nos recuerda esa permanente presencia del desierto en el imaginario de civilizaciones que, en las condiciones más adversas, no solo entendieron su hábitat, sino que, en el proceso de lograrlo, nos dejaron expresiones artísticas extraordinarias. La costa peruana es un ámbar gigantesco que ha logrado capturar los múltiples vestigios que apuntan a la inmensa creatividad de los pobladores del antiguo Perú, y las famosas Líneas de Nasca son el caso más emblemático. Imaginados por nuestros antepasados cuando probablemente miraban a un cielo estrellado, los enormes jeroglíficos del mono, la araña o el hermoso colibrí nos remiten a comunidades agrícolas que veneraban a la ambivalente madre naturaleza. Y aunque todavía el misterio rodea a ese monumento a la belleza y al pragmatismo, cuidado durante décadas por la inolvidable María Reiche, lo que a mí particularmente me sigue conmoviendo es esa conversación con el tiempo, a través de aquel inmenso calendario cincelado en arena que sobrevivió a sus creadores.
Mientras leía sobre los paracas, eximios trepanadores de cráneos, y los nascas, notables textileros, ceramistas además de expertos en hidráulica como lo fueron sus coterráneos, me encontré con su dios Kon, una de cuyas manifestaciones era una implacable tormenta de arena. En la franja costera del Perú, Kon, quien en los huacos de esa zona aparece bajo la forma de un hombre ave que remontaba valles y cordilleras, fue considerado un dios creador. Su primera aparición ocurrió en el mar y su asombrosa capacidad de traslado estuvo asociada al descarnamiento, es decir, a la carencia de carne y huesos, a pesar de tener una forma humana. En la “Historia General de las Indias”, Francisco López de Gómara habla de un Kon “sin huesos que andaba muy ligero”, además de autoproclamarse hijo del Sol. Entre sus hazañas se recuerda el poblamiento de la tierra con hombres y mujeres “que crio y dióles mucha fruta y pan”. Sin embargo, Gómara subraya, asimismo, que, en algún momento, ocurrió una ruptura entre el creador y sus criaturas, una situación que al parecer estuvo relacionada con la desaparición de los rituales de agradecimiento y respeto por el dios ave. El castigo fue lo que hoy consideraríamos una catástrofe climática: el cese de las lluvias que obligó a los hombres a ingeniárselas para sobrevivir. Ello los llevó a explorar las técnicas de riego y el trabajo intenso que, por milenios, permitió que la vida se reprodujera en el desierto peruano. El ciclo se cerró con la derrota de Kon por Pachacámac, quien marcó el inicio de una nueva era en nuestra desértica costa.
En el Perú de la rapacidad, el sálvese quien pueda, la desfachatez y los viajes frívolos buscando afuera lo que tenemos al frente (una historia milenaria llena de lecciones de trabajo y creatividad), el asombro por el milagro de la vida no existe y mucho menos la compasión. Por ello el 28 de julio debimos soportar el tormento de escuchar a una presidenta leer 82 páginas de un país imaginado, sin mostrar un atisbo de empatía por los peruanos asesinados por la desidia del Estado que ella reparte a diestra y siniestra, en beneficio propio. La mandataria no fue capaz de dar la cara para explicarnos las medidas estatales contra un tsunami que, si nos golpeaba, destrozaría la vida de miles de peruanos, sin un dios Kon al cual recurrir porque la desesperanza va definiendo a un Perú extenuado pero que sigue imaginando, como paracas y nascas, maneras de remontar los desafíos no solo de la naturaleza sino de una política rastrera. Y mientras pensaba cómo nos salvamos una vez más de una posible tragedia, se me vino a la mente esta frase de Haruki Murakami que comparto para una reflexión personal y general: “Cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida… pero una cosa sí queda clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma… Y ahí estriba el significado de la tormenta de arena”.

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