Cuando muchos grupos musicales se sumaron a las protestas por la arremetida del crimen organizado, algunos intentaron desmarcarse de las marchas porque se habían “politizado”. La politización en el Perú contemporáneo es siempre sospechosa para el ciudadano que no participa frecuentemente del debate público. Pocas cosas causan tanto desprecio y desafección entre los ciudadanos como la que causa la actividad política. Es casi un insulto, una denigración.

Muchas cosas han contribuido a esta deformación del concepto de “lo político” en el Perú. Quizá se deba a que todos nuestros presidentes recientes han terminado en prisión, quizá porque nuestros parlamentarios dan muestras cotidianas de desprecio al ciudadano y nuestros partidos políticos se han convertido en combis informales que facilitan la penetración del crimen en la política pública. Como fuese, no hay mayor enemigo para la salud de una democracia menesterosa como la nuestra que una creciente concepción del fenómeno político como un enemigo protervo del interés público y del ciudadano.

Por eso, frente a la desacreditación de la actividad política hay que actuar de inmediato. Principalmente porque no conduce a ningún lugar más que a un callejón sin salida. No hay nada que conduzca con mayor velocidad a la destrucción de los vínculos de una comunidad que la acedia política. Con mucha paciencia y buen ánimo hay que catequizar sobre los terribles maleficios que comprende dejar la política solo en manos de los políticos. Entender que lo que poseemos como comunidad es tan valioso como dejarla en manos de quienes tienen intereses partidarios.

Es un acto suicida sustraerse de la actividad política y temer expresar ideas políticas. Desde miradas muy distantes, Michel Foucault y Aristóteles, Hannah Arendt y John Rawls compartieron la concepción de que cada rincón de nuestro proceso de socialización está marcado por la actividad política. Por eso, un artista tiene tanto derecho a hacer política como cualquier otro parlamentario y, es más, en tiempos recios, puede que sus sensibilidad y fineza sean más necesarias para combatir a los enemigos del interés general. No necesitamos entrar a las viejas polémicas sobre el compromiso del arte y la literatura con la actividad política, basta contemplar la situación ruinosa de nuestra convivencia precaria para entender que es el momento de disputarle el debate a los políticos profesionales.

Manifestarse “apolíticamente” es el camino de la acedia. Los únicos beneficiados de una sociedad que ha perdido contacto con su política son los que dominan en la decadencia. En un país donde el establishment político solo reacciona a las críticas con etiquetas como “persecución política” y “caviar”, conviene rescatar a la política de los políticos. Quien reclame que está fuera de la política pues está más alineado con quienes destruyen el interés general de lo que podría imaginar.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Gonzalo Banda es Analista político

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