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El Estado profundo, por Elda Cantú

“Si bien la red de poder tiene un lado oscuro, su alcance más bien se extiende más allá –y a menudo en contra– de la voluntad de quienes eligen al gobierno oficial”.

Elda Cantú Internacionalista y periodista

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“En países donde la democracia es débil conocemos de sobra los riesgos y peligros de que exista oculto un poder que trabaja activa y coordinadamente en contra de la ciudadanía”. (Ilustración: Giovanni Tazza).

Para los fanáticos de los thrillers de espionaje, “Deep State” es una teleserie británica acerca de un ex agente de inteligencia que vuelve al mundo de la intriga profesional para resolver una misión a punto de fracasar en el Medio Oriente. Una historia de acción y misterio.
Para uno de los personajes en la novela “Una verdad delicada” de John le Carré, el Estado profundo es “un círculo de insiders no gubernamentales de la banca, la industria y el comercio que tenían acceso a información altamente clasificada que se le negaba a grandes áreas” del Gobierno Británico. Una maquinación al servicio de intereses privados.

Para el buscador de Amazon, “Deep State” es el libro de Mike Lofgren, un ex asesor del Congreso estadounidense que propone que debajo –o detrás o por encima– de las instituciones públicas de ese país hay una “entidad híbrida de instituciones públicas y privadas que gobiernan el país”. Según Lofgren, que trabajó 28 años para los legisladores republicanos, el Estado profundo del que habla no es ni un establishment en el sentido usual del término ni una secta conspiradora omnisciente ni invencible ni invisible. Si bien la red de poder tiene un lado oscuro, su alcance más bien se extiende más allá –y a menudo en contra– de la voluntad de quienes eligen al gobierno oficial.

Para el presidente de Estados Unidos, el ‘deep state’ es un grupo de funcionarios en el Departamento de Justicia que conspira para obstaculizar el funcionamiento de su gobierno mediante tácticas criminales o, por lo menos, obstruccionistas. Una traición bien organizada.

Para Mehtap Söyler, profesora de la Universidad Izmir Katip Celebi en Turquía, el ‘deep state’ es objeto de una teoría académica. Según la experta, en las democracias tutelares el Estado profundo sucede cuando el Ejército tiene demasiada autonomía, mientras que en las democracias delegativas este resulta de los privilegios excesivos del Ejecutivo. En ambas situaciones, se trata de un área gris en donde operan instituciones formales e informales. Söyler escribe que en Turquía este ‘deep state’ ha emergido en períodos críticos en que “decisiones específicas tienen un alto impacto político de consecuencias a largo plazo y allanan el camino para la formación de instituciones capaces de reproducirse a sí mismas”. Un estudio fascinante –y perturbador– de un modelo de dominación profesional y paralelo que actúa al margen de la ley.

En la serie británica “Deep State” mencionada líneas arriba, el protagonista abandona un mueble a medio restaurar, durante su jubilación en la campiña francesa, para ir a arrancarle las uñas a un villano en el Medio Oriente. Es el precio que debe pagar para salvar los intereses de Inglaterra y su familia. En países donde la democracia necesita adjetivos como joven, débil o tambaleante y convive con redes de intereses privados y un sistema deficiente de justicia, conocemos de sobra los riesgos y peligros de que exista oculto un poder que trabaja activa y coordinadamente en contra de la ciudadanía y el bien común.

En Estados Unidos esta semana el “New York Times” publicó un explosivo editorial anónimo que sugiere la existencia de un gobierno paralelo organizado que se opone y se resiste al gobierno electo por el pueblo. Esta perturbadora revelación nos obliga a repensar el aprecio y el valor que damos a la soberana voluntad de las mayorías cuando estas son contrarias a la iluminada idea que tenemos del gobierno, la libertad, la justicia o el bien común. ¿No deberían bastar para ellos las instituciones, el Estado de derecho y el sistema de pesos y contrapesos? Fuera de Hollywood y las teorías de conspiración, ese Estado profundo resulta mucho más aterrador.

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