Estamos de vuelta, luego de años en que se puso de moda el “prohibido prohibir”. Una visión que entendía los límites como una coacción y un atentado contra la libertad. La experiencia ha demostrado lo contrario: los límites forman la personalidad y el respeto y son esenciales para vivir en sociedad. Lo realmente perjudicial no son los límites, sino la impunidad ante su transgresión.
Para algunos, los nuevos “Lineamientos para la gestión de la disciplina escolar en la Educación Básica” son exagerados cuando prohíben a los escolares, entre otras cosas, asistir al colegio con piercings, tatuajes o el cabello pintado. Un colegio con cientos de alumnos de diversas edades y procedencias necesita fijar para todos horarios, presentación personal y vestimenta. Es parte de la educación para la vida. En la sociedad hay reglas que debemos cumplir y que, muchas veces, no hemos decidido nosotros. Es mejor prohibir el uso de piercings que decidir cuántos puede usar un alumno o dónde se los puede poner. Por último, si quiere ponérselos y su familia se los permite, que los use en su casa, pero no en el colegio.
Estos lineamientos me parecen acertados, no porque antes no existieran reglas, sino porque devuelven de manera explícita a maestros y directivos la autoridad para corregir. En la etapa formativa conviene poner límites en las cosas pequeñas para no tener que corregir las grandes. El concepto vigente de “convivencia democrática”, desarrollado en el DS 010-2012-ED, establece que las normas deben ser consensuadas con toda la comunidad educativa. Escuchar a alumnos y familias es valioso, pero este enfoque contribuyó a debilitar la autoridad en las aulas: hay tantos matices y opiniones sobre dónde poner los límites que el consenso total rara vez llega y, mientras tanto, nadie corrige.
Cumplir y hacer cumplir las normas de convivencia crea una cultura de paz. Lo que se hace, lo que se tolera y lo que se corrige van delineando los límites del respeto en la comunidad educativa.
Actuar o no ante una falta también educa y es labor directiva discernir cómo hacerlo en cada caso. En el aula hay detalles que educan: pedir la palabra antes de hablar, pedir permiso para ir al baño, guardar silencio cuando el profesor explica, ponerse de pie cuando el profesor entra a clase. Son pequeños gestos que denotan respeto a los demás.
La convivencia comienza en el hogar y estas normas también ayudan a las familias. Hoy muchos padres saben que deben poner límites cuando su hijo quiere ponerse un piercing, hacerse un tatuaje o pintarse el pelo, pero no siempre logran hacerlo y necesitan una indicación precisa del colegio.
Ahora el colegio cuenta, además, con el respaldo del MINEDU.
Los colegios particulares tienen la potestad clara y reconocida por la ley. Definen su línea axiológica y su normativa de convivencia, informan a las familias y estas deciden libremente si matriculan a sus hijos o no. Es en los colegios del Estado donde esta norma es más importante, porque son la mayoría y allí la autoridad del director y de los profesores necesita el mismo respaldo.
La disciplina escolar, sin ser el único factor, tiene un impacto relevante en el aprendizaje de los alumnos. Esta cobra mayor relevancia en colegios con alumnos de familias vulnerables. Un ejemplo notable es Michaela School, un colegio público situado en un barrio pobre en Wembley, donde sus alumnos proceden de familias de inmigrantes. Este colegio resalta por sus excelentes resultados académicos en Inglaterra. Su directora resalta que un aspecto esencial de su éxito es la importancia que le dan a la disciplina.
Los límites liberan porque solo se puede aprender en un aula donde hay respeto y los profesores corrigen sin temor a ser denunciados. Estos “Lineamientos para la gestión de la disciplina escolar en la Educación Básica” sentarán las bases para que las escuelas vuelvan a ser lugares seguros donde los alumnos puedan estudiar en paz.