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La voz de los vecinos
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He vivido gran parte de mi vida en . No lo digo por nostalgia, sino porque he sido testigo de sus transformaciones. He recorrido estas calles cuando la vida cotidiana tenía otro ritmo, cuando los espacios públicos eran eso: lugares de encuentro, de pausa, de pertenencia. Cuando no hacía falta disfrazar la ciudad para quererla.

Hoy, en nombre de un progreso mal entendido, el alcalde ha emprendido una serie de obras que parecen pensadas más para la foto que para el bienestar. El óvalo de Miraflores, corazón simbólico del distrito, amenaza con convertirse en un decorado de feria: pantallas, fuentes danzantes, luces, cemento. No solo se trastoca su estructura; se pone en riesgo un punto clave del tránsito vehicular. Congregará multitudes y será una distracción inevitable para los conductores. El peligro no es menor.

El estadio Bonilla, centro deportivo y comunitario, fue cerrado sin aviso y convertido en cochera. El teleférico, proyecto privado avalado inicialmente por la municipalidad y luego clausurado por la misma gestión, sigue paralizado entre sanciones y contradicciones. Y la construcción del puente peatonal que unirá Miraflores con Barranco, lejos de ser símbolo de integración, viene causando el cierre reiterado de la bajada de Armendáriz. El caos vehicular ha sido la norma en medio de atrasos que tienen una explicación clara: la obra fue adjudicada inicialmente a una empresa sin la solvencia técnica ni económica necesarias. Una decisión cuyas consecuencias pagamos todos.

La remodelación de la avenida Comandante Espinar merece un capítulo aparte. Lejos de mejorar la vida urbana, ha sembrado peligros. La ciclovía mal diseñada, las bancas instaladas al borde de la pista y los obstáculos innecesarios convierten esa vía en una amenaza constante. Para cualquier peatón es incómoda; para una persona con discapacidad visual, directamente hostil. Pareciera concebida por alguien que nunca caminó ni pedaleó por la ciudad.

Peor aún es la reacción frente a las críticas. Rafo León, vecino y periodista, fue multado por usar un megáfono en una protesta pacífica. Sin embargo, en otras manifestaciones, el mismo municipio dispuso la colocación de parlantes con música a todo volumen para tapar la voz ciudadana. Silenciar se ha vuelto una política.

Como si todo eso no bastara, una reciente investigación de El Comercio reveló que varias de las obras en Miraflores fueron adjudicadas a empresas recién creadas, sin trayectoria ni respaldo técnico. No acuso. Pregunto. ¿Quiénes están detrás? ¿Por qué se entregan una seguidilla de proyectos a manos inexpertas?

Miraflores no necesita más cemento ni luminarias. Necesita gestión seria, espacios públicos vivos, parques que se respeten, veredas transitables. Necesita gobernantes que escuchen, dialoguen. Que entiendan que una ciudad no se mide en metros cuadrados intervenidos, sino en calidad de vida compartida.

Pero si pedir eso nos vuelve incómodos, que así sea. Más vale la rebeldía de quien no se resigna que la docilidad de quien calla. No se trata de frenar el cambio, sino de exigir que tenga sentido. Y que comience, como todo lo importante, escuchando la voz de los vecinos.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Hugo Coya es Periodista

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