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Patriotismo en sepia
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El orgullo por el país habita, en gran parte de nosotros, en un rincón de nuestra memoria reservado para los recuerdos que nos provocan nostalgia. Muchos sentimos orgullo por nuestros símbolos patrios, nuestras tradiciones, la riqueza cultural y culinaria, nuestra geografía, paisajes y biodiversidad. También creemos en el potencial del para posicionarse estratégicamente en la transición energética por la abundancia de recursos naturales con la que contamos.

Sin embargo, es importante entender que todo ello no equivale necesariamente a sentir orgullo por el proyecto republicano, es decir, por ese contrato social que sustenta la sana convivencia en sociedad. Nuestro trayecto institucional a lo largo del tiempo se asemeja a una montaña rusa. En la infancia, o para quienes disfrutan del riesgo, estas experiencias pueden resultar emocionantes, siempre y cuando tengan un inicio y un final. Con el tiempo descubrimos que la montaña rusa no se detiene: el metal de los rieles está oxidado y el mecanismo de control está en manos de novatos o criminales; un viaje perpetuamente aterrador.

El discurso presidencial tiene como función proyectar la dirección por la cual la presidencia imagina que el país avanzará. El Ejecutivo busca mostrar competencia gubernamental, resaltando los aciertos del último año y los objetivos para el siguiente. Sin embargo, el discurso presidencial de Dina Boluarte se asemeja a sus cirugías: intenta maquillar lo que sabemos con certeza que será una gestión profundamente incompetente, plagada de altibajos tan peligrosos como predecibles.

Un apunte sobre las apariencias: según la psicología política, uno de los factores que influyen en la percepción de la competencia intelectual de un político es su atractivo físico. Cuanto más atractivo se perciba a un político, mayor suele ser la impresión de capacidad intelectual, lo que puede traducirse en una mayor aprobación o respaldo electoral. A este fenómeno se le conoce como el ‘halo effect’. En el caso de Dina Boluarte, la falta de credibilidad y la percepción generalizada de su incompetencia no han podido ser maquilladas (CPI, julio 2025). Ni mil cirugías plásticas ni discursos de más de 80 páginas lograrán generar un verdadero “efecto halo” sobre su imagen.

Los discursos políticos inspiradores de las Fiestas Patrias parecen cosa del pasado, un recuerdo en sepia que no sabemos si alguna vez volverá. El despliegue de lo mejor de nuestra cultura en estas fechas se siente forzado, fuera de contexto. El peruanismo, hoy, parece existir en una órbita distinta a nuestra política, un agujero negro que absorbe cualquier atisbo de esperanza.

Necesitamos transportarnos a otra constelación para recuperar el ánimo por la vida republicana y revivir al paciente: nuestra democracia agonizante. No basta con una cirugía institucional. Necesitamos una renovación espiritual, desprendernos del ‘samsara’ –el ciclo perpetuo del sufrimiento según las tradiciones orientales– y repensar el país desde sus cimientos.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Daniela Ibáñez de la Puente es analista política en Centro Wiñaq

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