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Volcán de vitalidad, mis canas
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Volcán de vitalidad, mis canas

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He decidido, por salud mental y un poco por piedad hacia mis lectores, alejarme de los temas políticos. Ya no voy a discutir si el Congreso es un circo sin carpa, si Gustavo Adrianzén renunció antes que lo censuraran, si el Papa es más peruano que estadounidense o hincha de Alianza Lima. No. Hoy quiero hablar de algo más cercano, más personal y, sobre todo, más incómodo: cumplir 65 años en el .

Hace unas semanas pasé oficialmente a formar parte de ese selecto grupo que las estadísticas llaman “adultos mayores” y la sociedad, con más hipocresía que afecto, llama “personas de la tercera edad”. Me felicitaron, me abrazaron con ese entusiasmo tibio que se reserva para los cumpleaños, y entre los regalos apareció un clásico de estos tiempos: un libro de autoayuda.

No diré el título, porque son todos intercambiables. Bastan unas palabras clave: “despertar”, “plenitud”, “sabiduría”, “tercera juventud”. Una portada con tonos pastel, un atardecer difuso y una frase que te invita a descubrir la mejor versión de ti mismo justo cuando empiezas a sentir que el cuerpo ya no te obedece, el mercado laboral te ignora y el sistema de salud te recomienda paciencia y paracetamol.

Una de las recomendaciones, entre muchas otras joyas, sugería iniciar cada mañana frente al espejo con afirmaciones positivas. Por ejemplo: “Soy un volcán de vitalidad”. Lo intenté. Pronuncié la frase. Mi reflejo levantó una ceja y me respondió con una risa incrédula. La única lava que me corre es la del ácido úrico, y a estas alturas el único cráter que tengo es la cuenta de la AFP.

Lo cierto es que esta epidemia de libros de superación personal no busca ayudarte a envejecer con dignidad, sino hacerte responsable de todo lo que la sociedad ya no quiere darte: trabajo, espacio, respeto. Si no estás pleno a los 65, si no has montado una start-up con tus ahorros o no meditas 20 minutos al día, la culpa es tuya. No decretaste bien. No liberaste tu energía. No “te abriste a lo nuevo”.

Y mientras tanto, aquí estamos, lidiando con una realidad menos inspiradora y más brutal. En el Perú, llegar a los 65 años es casi un acto de invisibilidad. Dejas de contar. Dejas de valer. Te vuelves “tierno” si enamoras, “valiente” si trabajas y “sabio” si decides callarte. Lo que no se dice es que detrás de esa falsa veneración hay una violencia pasiva que margina, arrincona y cancela.

Te despiden “por reestructuración”, no por tu edad. Te rechazan del trabajo porque estás “sobrecalificado”. Te invitan a reinventarte, pero no te dan herramientas. Eso sí, te ofrecen talleres de resiliencia, meditaciones guiadas y conferencias sobre cómo mantenerte “positivo”. Como si bastara con una actitud alegre para sobrevivir en un país donde los mayores de 60 son atendidos por teléfono, si hay suerte, y donde el derecho a una pensión digna es más utópico que un ómnibus del metropolitano que no esté lleno durante las horas-punta.

No, gracias. No necesito reconectar con mi niño interior. Quiero que se reconozca al adulto que soy. No quiero escuchar que “la edad es solo un número” cuando ese número determina que ya no merezco oportunidades. No me interesa ser un símbolo de nada. Quiero ser escuchado sin que me interrumpan con un “ay, qué lindo cómo todavía opinas”.

Así que sí, cumplí 65. Y no soy un volcán de vitalidad. Soy un periodista con principio de artritis, memoria intacta y mucha más lucidez que varios gurús de Instagram o de TikTok. Y eso, en un país que castiga la experiencia y adora lo desechable, ya es casi un acto revolucionario.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Hugo Coya es Periodista

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