
Escucha la noticia
Recordar es resistir
Resumen generado por Inteligencia Artificial
Accede a esta función exclusiva
Resume las noticias y mantente informado sin interrupciones.
Noviembre es el mes de aprobación del presupuesto nacional, y lo es también, cómo no recordarlo, el de una sistemática estafa al contribuyente peruano quien, en medio de balaceras y extorsiones, paga puntualmente sus impuestos. Y es que, a estas alturas, no es posible afirmar que un deber ciudadano se traduzca en mejoras en los servicios básicos.
Nuestra cultura del despilfarro con el dinero ajeno exhibe un ritual macabro mediante el cual, año a año, se traslada el loable esfuerzo de millones de peruanos a los bolsillos de una burocracia de pacotilla o, en su defecto, a proyectos inconclusos que nadie supervisa, del cual el escándalo panamericano en la región Ayacucho es una raya más al tigre. De la inseguridad ciudadana, que sigue creciendo a niveles espeluznantes, qué más se puede decir. Solo hay que prestar atención al último homicidio –al lado de Larcomar, donde un individuo fue hallado con la cabeza perforada por once balazos–, en la misma semana en que diversos asesinatos, además de uno fallido en Cerro Azul, refrescaron las cifras de la estadística del olvido. En breve, cerramos el 2025 con miles de millones otorgados para cubrir los dispendios del siguiente, con sicarios en control de las calles del Perú, con decenas de ómnibus desbarrancándose en las pistas carentes de barandas para sortear los precipicios y, lo que es aún más indignante, con centenares –si no son miles– de enfermos de cáncer y otras enfermedades graves esperando por un tratamiento que nunca llegó. Duele mucho admitirlo, pero enfrentamos un 2026 imprevisible, en el que, si no se rectifica el rumbo de un Estado carente de un proyecto de país, su maquinaria, tarde o temprano, implosionará ante los ojos de quienes lo han venido conduciendo al desastre.
Como educadora e historiadora, lo que más me indigna de este presupuesto prebendario, donde cada congresista y autoridad nacional y subnacional se lleva su trozo de la descuartizada ‘res pública’, es la falta de respeto por nuestra memoria colectiva. Ya el ministro de Cultura nos comunicó que la construcción de un local para el Archivo General de la Nación no figura entre los planes del año entrante. Con sus miles de legajos y joyas bibliográficas, nuestro archivo está encajonado debido a la indolencia de las autoridades de turno. Estas no solo desprecian las justas aspiraciones de los 20.000 jóvenes cuyas becas les han sido vilmente arrebatadas, sino que maltratan la riquísima memoria del Perú. En el cortoplacismo ventral que hoy nos desborda, recordar el pasado es un aburrimiento, y pensar en el futuro, una pérdida de tiempo. Es así que, a un año más de la batalla de Ayacucho, que selló la independencia regional, y a 200 años del fallecimiento de quien, como Faustino Sánchez Carrión, organizó la logística de la guerra independentista, los valores que la sustentaron –libertad, justicia, balance de poderes, igualdad y felicidad– suenan a una broma de mal gusto.
A muchos nos queda claro que las repúblicas –empezando por la de los Estados Unidos de América– nacieron a sangre y fuego. Y, en ese sentido, lo que estos tiempos de desesperanza demandan con urgencia no es el recuerdo de la violencia que hoy amenaza con desaparecer nuestra identidad colectiva, sino el de los ideales y sueños que impulsaron a miles de compatriotas a luchar por un mundo mejor. Me refiero a ese estado mental y emocional que llevó a muchos a entregar incluso la propia vida –como el valeroso chorrillano José Olaya o la huamanguina María Parado de Bellido–, convencidos de que un cambio real era posible en el Perú. Ciertamente, el ideal libertario, por definición radical, exigía una “descolonización de las costumbres”, como reclamó en su momento Sánchez Carrión. De esa mirada profunda, hoy desafortunadamente reemplazada por un presentismo egoísta, nació el bellísimo “Somos libres”, un himno que los vampiros de turno entonan con la mano en el bolsillo negando con sus actos el fundamento moral de la república peruana. Convivimos con un desafío inmenso, nos recuerda el filósofo Javier Gomá, quien además subraya cómo la “dignidad de origen ha derivado en la indignidad de destino”, un hecho que nos asemeja a ángeles convertidos en polillas. Es en esa contradicción, entre el ideal y la realidad, de donde nace “el problema del sentido de la vida”, que solo una memoria militante y un compromiso –en aras de la supervivencia– con una república renovada podrán finalmente revertir.

:quality(75)/s3.amazonaws.com/arc-authors/elcomercio/9abd95ea-e08b-43fc-b6c9-ab65d6f7dc3a.png)









