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Una sociedad sin contención
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Quizá no solo es impreciso sino incorrecto sostener que el principal problema del país es que los políticos peruanos están coordinando acuerdos para implantar coaliciones autocráticas que controlen todas las instituciones. Lo que uno ve más bien es un país sin capacidad de contención, ni siquiera de sus políticos, ni de sus élites empresariales ni de su dirigencia social de base. La avanzada del crimen organizado solo ha aprovechado la destrucción de esa contención social y de la coordinación colectiva.
Lo que está a la deriva, más que los políticos, es la sociedad peruana, que en los últimos años se ha ido enfureciendo no solo con el sistema, incapaz de resolver sus problemas. Y si el sistema no puede resolverlos, es comprensible el respaldo por soluciones autoritarias que prometan acabar con el orden reinante que no es otra cosa que el reino lumpen.
Es cierto que nuestros políticos tienen cierta coordinación de intereses, pero nada extraordinario en políticos sin ambiciones futuras, son seres con crecientes intereses patrimonialistas que no han dudado en dejar la cancha abierta a los actores delincuenciales. Pero no lo han hecho porque son autoritarios, sino porque esos intereses pagan muy bien. Los congresistas ni siquiera han conseguido deshacerse políticamente de enemigos como Salvador del Solar o Francisco Sagasti.
En cambio, la sociedad peruana ha ido perdiendo, sin ruborizarse, cualquier empatía con la defensa del sistema. Cuando uno examina las primeras encuestas de medición de la temperatura política de cara al 2026 en el país; más que los porcentajes que, a más de un año de la elección no dicen realmente casi nada, el respaldo por candidatos que desafiarían al sistema no ha disminuido, aunque esté desperdigado. La persistente apuesta por candidatos como Pedro Castillo y Antauro Humala es una muestra patente de que esos bolsones electorales van a estar muy presentes en el 2026, y aunque sus candidatos desaparezcan de la cédula de votación, encontrarán el sendero por donde canalizarse con facilidad. Desaparecer a los individuos no hace desaparecer las ideas.
Cuando eso suceda, congresistas y senadores, elevados por una sociedad cada vez menos democrática, llegarán al poder. La experiencia nos dice que el próximo presidente, aunque sea un radical empedernido, tendrá pocas cuotas de poder. Sin embargo, llevará consigo a muchos congresistas y senadores que sí se han constituido como actores relevantes en representar intereses de una sociedad no solo informal, sino que cada vez depende más de las economías ilegales para su supervivencia.
Los congresistas y senadores serán los portavoces de una sociedad agrietada, descreída en el sistema y que defiende su nuevo modo de supervivencia. Quizá lo que hay que aceptar es que más que un problema de representación política, es decir que los congresistas no nos representan, es que el Parlamento puede estar representando la transformación de la sociedad peruana de manera más diáfana. Una sociedad donde el interés general se ha extraviado y donde el lumpen se ha instalado con complicidad de los políticos.

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