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La noche del martes, una noticia inquietante ganó titulares en todo el mundo: un terremoto de magnitud 8,8 estremeció la península de Kamchatka, en el extremo oriental de Rusia, generando una alarma de tsunami que se extendió hasta lugares muy distantes en la cuenca del Océano Pacífico.

En un principio, se pensó que no afectaría a nuestro país, pero luego la Dirección de Hidrografía y Navegación de la Marina de Guerra corrigió esa información y declaró una alerta de tsunami en el litoral peruano. Un terremoto ocurrido también en Kamchatka en 1952 causó un tsunami cuyas olas alcanzaron hasta nueve metros de altura al golpear las remotas playas de Hawái, por lo que resulta claro que no estábamos ante una circunstancia que debía tomarse a la ligera.

Felizmente, esta vez en nuestro país no hubo tragedias que lamentar. Tomar precauciones es un imperativo que no podía ser ignorado. Y la verdad es que las autoridades –Gobierno Central y municipalidades– mostraron ayer los reflejos necesarios para una situación así. Se cerraron los puertos y las vías de comunicación cercanas a la costa, y se advirtió a las personas que pudieran estar en una zona aledaña a los puntos considerados de riesgo que se desplazaran a lugares elevados para ponerse a buen recaudo.

Sin embargo, queda la incógnita de si estamos realmente listos para enfrentar un tsunami cercano o de características más severas, que dejaría un tiempo de reacción significativamente menor. Uno, por ejemplo, que fuera consecuencia de un terremoto cuyo epicentro se ubicase en las proximidades de Lima o de cualquier otra ciudad de la costa. Tenemos el caso reciente del terremoto de Pisco en el 2007, ocasión en la que viviendas localizadas relativamente lejos de la playa acabaron sufriendo una inundación de hasta un metro y medio.

Más allá de los sistemas de alerta y las medidas institucionales, es importante saber si los ciudadanos están preparados para actuar de manera adecuada. Lamentablemente, ayer hemos visto a personas que se acercaron a la playa para observar el fenómeno, como si se tratara de un espectáculo, evidenciando una inquietante falta de conciencia sobre los riesgos que un tsunami representa.

¿Pueden los reflejos observados ayer ser mejorados anticipando un trance mayor? Esa es la angustiosa interrogante que nuestras autoridades deben absolver.

Editorial de El Comercio

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