La vacada ciega

“Boluarte estaba en el país de las maravillas, pero los maquilladores fracasaron cuando quisieron malquistarla con personajes de su entorno personal”.

    Ricardo Uceda
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    Ilustración: Composición GEC
    Ilustración: Composición GEC

    Había que ver la convicción con que la presidenta Dina Boluarte leía su discurso de despedida para reconfirmar la idea de que vivía en otra realidad. Cuando el mensaje empezó a transmitirse, el Congreso la estaba destituyendo. Era una vacada satisfecha de su labor, una sensación que no la abandonó durante los 1.038 días que duró su mandato. Buena parte de los pertinentes reproches que se le hicieron chocó con esta inconsciencia. Tenía una personalidad renuente a las críticas, y por eso estuvo rodeada de ministros que no la contradecían, algunos visiblemente aduladores. También fue caracterizada de otra manera: como asesina y corrupta, para mencionar lo más fuerte, cuestiones que finalmente serán determinadas por la justicia. Quien ya la condenó –y son muchos– asumirá que su último discurso fue un ejercicio de cinismo y nada más.

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