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Elogio del mototaxi, por Carlos Meléndez

“Mientras el fujimorismo se aísla políticamente, el antifujimorismo se encapsula en su cúspide social”.

Carlos Meléndez Politólogo

Fuerza Popular

“No descarto que la denuncia fujimorista por el allanamiento de sus locales partidarios pueda sintonizar con las mayorías que perciben a la justicia peruana como un sistema de impunidad”.

El Comercio

Algunos analistas políticos (básicamente antifujimoristas) persisten en evocar –cada vez que pueden– el nombre del grupo de Telegram que empleaba la élite de Fuerza Popular. Por citar a un par, Mirko Lauer ha escrito al menos tres columnas (“Atropello mototaxista”, “Recaída mototaxi” e “Indecorosa mototaxi”) y Jorge Bruce –so pretexto de su especialidad– agota una “interpretación” psicoanalítica. El “mototaxi” como metáfora alude al fujimorismo contemporáneo, asimilándolo con perversiones de quienes conducen este medio de transporte: “propensos a la transgresión de las normas”, que circulan de “manera achorada y anómica”, “atrapados” en la informalidad y la violencia.

Estos críticos –quienes probablemente nunca han subido un arenal marginal en este tipo de vehículo– no encuentran asociación positiva alguna. Pero, ¿qué pensarán miles de mototaxistas cuando el fujimorismo los toma como referente? Mientras que, para las élites antifujimoristas, el “mototaxi” es sinónimo de caos y atropello, quizás para el fujimorismo sea una forma (no descarto inconsciente) de sintonizar con su electorado popular. Paradójicamente, la intelectualidad que reflexiona y medita sobre la “realidad peruana” es incapaz de ponerse en el lugar del “otro”. Ello se debe a que la polarización que enfrenta al fujimorismo con sus detractores excede la dimensión política.

No es una disputa exclusiva por el poder, sino por el enfrentamiento de visiones del país sustentadas en razones sociológicas irreconciliables. Por un lado, tenemos a quienes buscan la representación del mundo popular y justifican sus conductas (erradas o no) en esa legitimación social. Se consideran portadores del mandato de “los de abajo”, “únicos” conocedores de esa realidad subalterna. La aproximación del fujimorismo a los sectores populares los acerca a la sensibilidad del resentimiento social (en una sociedad desigual), de la discriminación soterrada (y estructural), de los valores conservadores (en derechos sociales como en seguridad pública). Por eso no descarto que la denuncia fujimorista sobre el “abuso” de la fiscalía por el allanamiento de sus locales partidarios pueda sintonizar con las mayorías que perciben a la justicia peruana como un sistema de impunidad.

Por el otro lado se ubican quienes identifican su lucha contra el fujimorismo como un “deber moral”. Se perciben como la personificación de los valores democráticos y los únicos capaces de dictar las normas de lo políticamente correcto. Se hacen llamar “republicanos”, pero su visión del país es excluyente. (Paternalista con “los de abajo”, en el mejor de los casos). Al satanizar al fujimorismo reproducen el desprecio sociológico a los seguidores naranjas y se alejan más del “pueblo”. Mientras el fujimorismo se aísla políticamente, el antifujimorismo se encapsula en su cúspide social.

Traigo al debate la dimensión sociológica de la polarización política para entender “por qué tanto odio”, de uno y otro lado. Porque no se trata solo del fujimorismo, sino de los “hondos y mortales desencuentros” (Degregori dixit) de una sociedad que “celebra” el encarcelamiento de empresarios blancos y de clase alta ordenado por “un Carhuancho” (sic) o que abarrota las salas de cine para ver “La paisana Jacinta”.

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