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Leo, luego escribo
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¿Por qué, como jóvenes, leemos? ¿Cuál es el motivo? Era domingo y estaba leyendo... pero ¿por qué?
Leer es salirte de tu vida un rato y luego volver. Y una bonita comparación que se me hace similar es cuando sales con esa persona que te enseñó hasta dónde puedes querer, tal vez un sábado por la noche. Llegas a tu casa, te duermes de un tirón y, de alguna forma, te vuelves a encontrar.
Podemos leer por hambre de saber. Queremos aprender, nos gusta tener algo nuevo en mente y que, de alguna manera, influya en cómo actuamos, pensamos o existimos. Tal vez como si fuéramos un personaje más. Claro que también, sobre todo en esta generación, hay quienes leen para llamar la atención y poder decir que, sí, efectivamente, “leyeron” “La metamorfosis”, de Kafka.
Leemos porque somos humanos, porque nos gusta leer a otros humanos y tener algo nuevo para pensar. No solo hablo de libros: nos interesa saber de la vida del otro, sea por interés, por amor... o por chismosos (Lima, Perú).
Espero que siempre lean.
Y ahora, al terminar de escribir esto, me pregunté: ¿por qué escribimos?
Creo que la respuesta es precisa, como las infinitas palabras de nuestro idioma. Hay palabras para todo: para lo que nos emociona, para lo que duele, para lo que no entendemos del todo pero queremos nombrar. El idioma me fascina por su variedad, por su forma de abrazar lo abstracto, lo cotidiano y lo íntimo. Es como armar un rompecabezas sin imagen guía.
Escribimos para dejar huella. Para sacar ideas de la cabeza y hacer visible lo invisible. Para entender lo que sentimos y ordenar el caos de lo que pensamos.
Escribimos para quedarnos un poco más en este mundo. Y sí, escribir es un acto de valentía.

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