Resumen

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César Acuña, el juego de la perspectiva [CRÓNICA]
César Acuña, el juego de la perspectiva [CRÓNICA]
Por Ricardo León

La agenda dice que a la 1 p.m. almorzará con líderes juveniles, pero son las 3 p.m. y no llega. “El ingeniero ya salió de su hotel, ya viene”, promete en el micrófono una de las coordinadoras de campaña. Pero casi nadie la escucha porque en una mesa cercana una señora con una ‘A’ azul en el pecho ha decidido romper la monotonía y lanza un chorro de agua de botella. El golpe de efecto funciona y durante varios minutos algunos la imitan: el carnaval tiene la culpa. Se acaba el agua de las botellas y todo vuelve a la misma calma, al mismo sopor. Cuando Acuña llegue, todos estarán un poco salpicados y un poco aburridos.     

El recorrido en Ica ha comenzado temprano. Acuña desayunó en un mercado de Nasca, luego visitó algunas zonas de Palpa. Cuando llega a Ica, ocurren varias cosas al mismo tiempo: él se sube a la tolva de una camioneta rodeado por un par de guardaespaldas; alrededor bailotea una comparsa. Delante va una camioneta que transporta a periodistas; detrás hay dos buses ocupados por seguidores del partido. A uno de los lados, en sentido contrario, varios automovilistas le toman fotos con sus celulares. Al otro lado, en la vereda, una anciana que empuja en una silla de ruedas a su nieto enfermo intenta acercarse lo más posible a la caravana, sin éxito alguno. Tres cuadras después, la anciana desiste. A esta hora en Ica hay un calor vertical; uno de los coordinadores de campaña de Acuña explicará más tarde que no fue buena idea recorrer la ciudad a la hora de la siesta.

Pero es un día –digamos– especial en la campaña de Alianza para el Progreso. La noche anterior, un reportaje televisivo reveló que, según Matilde Pinchi Pinchi, Acuña había visitado la famosa salita del Servicio Nacional de Inteligencia (SIN) y se había reunido con Vladimiro Montesinos. Incluso se rumoreaba que el viaje a Ica se postergaría. Pero el candidato decidió viajar rumbo al sur, donde pasará un par de días.  

Comandos azules
Acuña es la cara visible de esta visita al sur, pero el aparato logístico está a cargo de sus candidatos al Congreso. Si Alianza para el Progreso se caracteriza por su capacidad para acoger a políticos de otras tiendas, el caso de Ica es paradigmático.

El primer lugar de la lista lo ocupa Mónica Guillén, quien antes formó parte del Partido Popular Cristiano y del Apra. Luego integró el movimiento regional iqueño Obras por la Modernidad. El segundo lugar es de José Puchuri, quien hasta el año pasado era un nacionalista acérrimo y un escudero permanente de Ollanta Humala y Nadine Heredia. Figura también en la lista Sabina Cárdenas, quien en el 2011 fue vacada del cargo de regidora provincial de Chincha por haber recibido una sentencia por el delito contra el patrimonio en la modalidad de hurto agravado.

Pero el personaje más llamativo de esta lista parlamentaria es Gerardo Rejas Tataje. Militar de carrera (participó en la operación Chavín de Huántar), ocupó un puesto importante en el ala más dura del fujimorismo desde el 2009 hasta el 2014. Su nombre se hizo conocido cuando, durante el juicio a Alberto Fujimori, Tataje integró el grupo de ‘caras pintadas’ que se apostó afuera de la base de la Diroes. Después de la derrota electoral en el 2011, se distanció de Keiko y su entorno. “Ella pensó que porque yo era ‘cachaco’ debía ocuparme solo de la seguridad. ¡Pero yo le hice la campaña anterior!”, reniega ahora. Y luego apuesta: “Keiko no va a ganar”.

El politólogo Rodrigo Barrenechea escribió hace poco que “Acuña aprendió a prevalecer en un ambiente de lealtades efímeras, militancias inexistentes y políticos oportunistas desnudos de ideologías”. Tataje en poco tiempo dejó de ser un férreo comando fujimorista y ahora es uno de los más entusiastas soldados acuñistas.

Segunda visita
La última vez que Acuña había visitado la región Ica fue en diciembre del 2015, cuando participó en CADE Electoral, en Paracas. Lo que más se recuerda de su presentación es la cantidad de veces que trastabilló durante un discurso que leyó de la primera a la última palabra; unos días después, una encuesta de Ipsos le daba un 13% de intención de voto. Aún nadie había descubierto sus plagios (tampoco nadie había descubierto a Julio Guzmán, pero esa es otra historia).

Dos meses después, Acuña ha regresado a Ica. Ya no tiene 13% de intención de voto, sino la mitad. Ya no lee discursos, ahora solo se para y habla.

Como ha dicho Carlos Meléndez, “Acuña es el exponente más completo del animal político de una era de democracia sin partidos”. Un animal político que, apenas tiene la oportunidad, suelta sus propias riendas. Casi a las 4 p.m., el candidato de Alianza para el Progreso aparece en el local ubicado en el distrito de La Tinguiña, donde los jóvenes iqueños lo esperan. A pesar de haber llegado un par de horas tarde a la reunión –si alcanza la presidencia, hablaremos de la hora Ayaque–, antes de que sirvan el almuerzo Acuña decide romper cualquier protocolo, sube a una mesa, pide un micrófono y durante 45 minutos entrecruza todo tipo de defensas (“Yo no sé por qué tanta cizaña contra Acuña”), ofensas (“Son miserables”), promesas (“Cada año 5 mil jóvenes entrarán a trabajar al sector público”), afirmaciones en inexplicable tercera persona (“Qué tal currículo el de Acuña”) y una que otra pregunta capciosa (“¿Tengo o tengo derecho a rebelarme?”).

Cuando termina de hablar y por fin sirven el almuerzo, los pallares ya están fríos. Ya no habrá más discursos por hoy.

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