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Si vas para Chile, la columna de Fernando Tuesta

El voto voluntario no necesariamente conduce a tener mejores representantes. Un cambio como el de Chile produciría efectos sobre la tasa de participación, particularmente en zonas rurales

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Según cifras oficiales, en las elecciones del 2016 en nuestro país dejaron de votar poco más de tres millones setecientos mil electores, que representan el 17% del padrón. (Foto: El Comercio)

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En las elecciones presidenciales y parlamentarias de Chile, realizadas el domingo último, ha dejado de votar el 56% de los ciudadanos. La cifra es similar a la de hace cuatros años, cuando ganó Michelle Bachelet. Según un estudio de IDEA Internacional, con ese porcentaje Chile se colocó como el país en el que menos ciudadanos ejercen su derecho a votar entre las naciones con democracias estables. Le siguen Mali, Serbia, Portugal, Lesoto, Lituania, Colombia, Bulgaria y Suiza, todos con un ausentismo por encima del 50%. Chile llega a esos niveles luego de implantar el voto voluntario. En el otro extremo aparece el Perú con el décimo puesto con participación electoral, pero aquí el voto es obligatorio.

Según cifras oficiales, en las elecciones del 2016 en nuestro país dejaron de votar poco más de tres millones setecientos mil electores, que representan el 17% del padrón. Pero esta cifra es inadecuadamente interpretada cuando se la asume como un rechazo a las elecciones, candidaturas o programas. En un país con voto obligatorio, donde las sanciones son efectivas, tanto económicas como la llamada muerte civil, difícilmente el elector, motivado por un acto político, se dispara al bolsillo, pues tiene la alternativa de votar en blanco la cédula o viciar su voto.

Las razones del ausentismo son varias y de otra naturaleza. Estas hay que encontrarlas en la desactualización del padrón electoral, que ciertamente en nuestro país no es mucha. Sí suman al ausentismo de manera importante razones que tienen que ver con cambios domiciliarios no reportados al Reniec y que alejan la residencia del local de votación; lejanía y costo del desplazamiento a los locales de votación, particularmente en zonas rurales y de selva; lejanía y alto costo del desplazamiento del lugar de residencia de los peruanos residentes en el extranjero; problemas ocasionados por desastres naturales; intimidación de diversos tipos de grupos armados; mal estado de salud u hospitalización; viajes intempestivos; falta de mesas de votación en los centros penitenciarios; falta de facilidades para la votación de los ciudadanos con discapacidad y de los adultos mayores; y día laborable que coincide con el día de la jornada electoral, así sea domingo. A esto se agrega que para los mayores de 70 el voto es facultativo. Y para los peruanos en el extranjero ya no se aplica la multa económica.

El voto voluntario no necesariamente conduce a tener mejores representantes. Pero en nuestro país un cambio como el de Chile produciría efectos, tal como ocurre en los países previamente mencionados, sobre la tasa de participación, particularmente en zonas rurales. Peor aun si es extendida la discutible idea de que una alta votación y una alta participación conlleva a una mayor legitimidad, como se ha manifestado en el análisis de varias elecciones. Si eso es así, con seguridad tendremos representantes cuestionados particularmente por los perdedores, erosionando la necesaria legitimidad que tan solo la deben dar elecciones limpias y transparentes. Si nada de esto importa, pues adelante.

Pero ahora, combatir el ausentismo pasa por mejorar la calidad del padrón electoral, facilitar a los electores un adecuado acceso a sus centros de votación y políticas especiales para aquellos grupos poblacionales vulnerables, como son las personas con discapacidad, analfabetos, adultos mayores. Es decir, acercar el voto al ciudadano.

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