Alto como un rascacielos, José Velásquez medía 10 centímetros más que el peruano promedio lo que de por sí le significaba ventaja, cuando no grandeza: desde su puesto en el campo, la zona central, podía ver lo que iba ocurriendo cuando Perú atacaba o defendía, acomodar su ubicación y así anticiparse, su sello más de diez años con Perú. Para eso se necesitaba, entre otras cosas, de físico y Velásquez lo tenía como de maratón. Todos sabían de qué jugaba -delante de Chumpi o al lado de Cueto- pero nadie intuía por dónde venía. Ni los uruguayos en el 81 ni los argentinos el 86. O más atrás los escoceses o los iraníes, a quienes les anotó el gol más rápido de Perú en Copas del Mundo.
Con esos ojos que eran faro, la selección completó los partidos más notables que se le recuerdan en un Mundial, que es donde se diferencian a los buenos de los eternos.
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Tenía como aretito un rubí y bisturí en la punta de los chimpunes. No se explica sino su elegancia para cortar una jugada y luego lucir para atropellar. Antes que lo llamaran Patrón, Velásquez aprendió a jugar al fútbol en el San Luis de Cañete, donde alternó su juego como defensa central y una alimentación a base de camote y aire puro del valle. Una vez en Lima, en Alianza Lima, luego de estudiar en la G.U.E. Melitón Carbajal, lo transformaron en volante 6, ese puesto que no parece ser tan atractivo en países que fabrican Cuetos, Uribes o Cubillas: hay que marcar por ellos, correr por ellos, sacrificarse por ellos.
El tema con Velásquez era que le sobraba personalidad -o soberbia-, además de pulmones. Podía hacer eso que le exigía la función y también echarse a jugar. Así por ejemplo, marcó 26 goles en los tres campeonatos que ganó con Alianza -seis en 1975, 12 en 1977 y ocho en 1978- y 12 en 82 juegos con la selección, desde 1974 hasta 1986. Es el centrocampista peruano más goleador de la historia, solo 6 menos que el Cholo Sotil o Cachito Ramírez, dos delanteros. Lo hizo aprovechando su condición atlética y la agresividad. Esa es otra de sus herencias: su influencia en ambas áreas, esa virtud por la que hoy Paul Pogba es multimillonario.
El domingo, en otras de esas transmisiones nostálgicas de canal 2, Perú jugó su último gran partido en Mundiales, el 4-1 contra Irán con el hat trick de Teófilo. Pero en esa bella normalidad, lo mejor fue comprobar que la selección peruana de entonces estaba construida por jugadores que lucen menos pero nunca se apagan. Cuya presencia influye hasta en la foto: en todos los onces legendarios de la Blanquirroja está José Velásquez, el Patrón. Esa función, aunque menos espectacular, es importantísima en la manera en que hoy se concibe el fútbol, donde el medio no es un mero cruce de tránsito sino un lugar a colonizar. En eso el mejor fue Velásquez, hace 40 años y Perú fue a dos Mundiales. Juanjo, su hijo, llegó a Videna pero la estatua del padre era gigantesca. No es casualidad que ahora que se volvió a entender, la selección clasificó a Rusia.
Luego del partido contra Uruguay en el 81, El Veco escribió esto sobre El Patrón para El Día de Montevideo: “Un fenómeno con todos los matices: marca, firmeza, la cuota de ilicitud imprescindible, la aspereza necesaria, y siempre con la cabeza levantada, y siempre también con la cuota de aire para recorrer toda la cancha, de extremo a extremo, como si estuviera en un living, en un espacio reducido. Un fenómeno que también ustedes ayer pudieron comprobar, y uno de los más notables volantes que pueda haber dado el fútbol en todos los tiempos”. Pudo decirle crack pero le hubiera queda corto.
Por eso, auténtico caso de unánime admiración nacional, es triste que justo el hombre que fue más solidario en el inolvidable equipo del 78 haya delatado a algunos de sus compañeros, acusándolos, con esa facilidad con que daba un pase o quitaba la pelota.