Taytacha Qolloriti – Peregrinación parte 1
Por primera vez hice la peregrinación del Señor de Qolloriti, algo que siempre quise hacer y que por fin se dio. Este post será divido en dos porque me resultó imposible contarlo todo en menos palabras. Ha sido muy largo. Espero que se dejen llevar por el ritmo de estas palabras como yo me dejé llevar por el ritmo de la caminata.
“Señor de Qolloriti” es algo que subyace y unifica al Cusco. Cuando uno está dando vueltas por ahí, encuentra su nombre en los vidrios de las combis, en los carteles de las ferreterías, en los amuletos del mercado, en las razones sociales de las empresas. Es una de las muestras más emotivas de la espiritualidad andina y de la peculiar amalgama peruano-española.
Pero yo no sabía nada de eso aún. Recién a los dos años de permanencia en Cusco empecé a escuchar con fuerza del “Señor de Qolloriti”. Sabía hasta entonces que era una peregrinación de un par de días entre las montañas altas del Ausangate (sur de Cusco), que era multitudinaria y que si uno le pedía un deseo se cumplía. El año pasado quise ir: organicé planes, cancelé compromisos, pero el día de la salida me desanimé y me quedé en casa. Un amigo me dijo que cuando es tu momento “es tu momento”.
También me dijeron, cuando contaba que quería ir este año, que “el señor decidía” y que yo solo podía pedir ir y ver qué pasa. Así lo hice. Durante los últimos tres meses toda la información referida a Qolloriti (música, cuentos, historias, anécdotas) cayó en mí de forma mágica y yo me ilusioné, sabiendo que 2015 era mi momento. Una noche en Yucay, en casa de uno de mis amigos, escuchando un grupo cusqueño llamado “Expresión” sentí que el Señor de Qolloriti me llamaba y que yo iría. Si él quería que yo fuera, yo iría.
No sabría explicarles qué me llamaba. Creo que son muchas cosas. Una de ellas sin duda era la cuestión sonora, pues sabía que parte crucial de la caminata es la música, una en particular llamada “chakiri”, parecida a una marcha, que pude escuchar emulada en CD´s y bandas locales pero “nada como escucharlo ahí”, me decían. Yo solo cerraba mis ojos e imaginaba la reverberación de estos sonidos entre las paredes del Ausangate y podía sentirme en estados nuevos de conciencia.
Otra gran razón era el paisaje, el Ausangate, la nieve. La peregrinación se hace en luna llena, así que otra vez cerrando mis ojos veía la inmensidad, sentía la presencia divina, el frío que cortaba y cerraba heridas también. Veía las estrellas, la vía láctea, meteoritos, constelaciones. Además de todo esto, me interesaba mucho el paisaje humano, la multitud, la fe, el sonido de los pasos, las ropas, las danzas, ver a los “Ukukus”, escuchar sus voces. Pero la más grande razón es que tenía ganas de renacer, estaba un poco cansado de mi vieja piel.
La verdad es que no la estaba pasando tan bien en estos últimos meses. No me sentía contento y mi mente estaba turbada de pensamientos que no son míos, mis acciones eran llevadas por manos ajenas. Con el tiempo he aprendido algunas cosas de la llamada “espiritualidad” andina, que no es otra cosa que la visión del mundo que tenían, conectada con la naturaleza y el cosmos. Por tanto sabía que junio es el cierre del año por el solsticio de invierno, la noche más larga (21 de este mes). Así que era mejor ir empacando el año duro y alistándose con fe para el siguiente.
Empecé a averiguar más de Qolloriti y aprendí que en castellano significa “estrella de nieve” y que aparentemente la leyenda se inicia por la caída de un asteroide, o estrella o algo en el nevado. Sé que es muy antigua -aunque no sé cuánto- pero que a fines del siglo XIX se fusiona con la historia de un niño llamado Mariano Mayta que tiene un encuentro con Jesús en el poblado de Mawayani. Dicen que Mayta pastaba el ganado de su padre cuando se le apareció otro niño “muy blanco y resplandeciente” que lo ayudó en el trabajo y que gracias a su ayuda la producción se multiplicó. El párroco Pedro de Landa, intrigado mandó a buscar al niño milagroso para capturarlo pero este “huyó” hacia una gran roca donde quedó grabada para siempre la imagen de Jesucristo. Hoy esta piedra es el centro de ceremonial de la caminata y se encuentra en el Santuario del Señor de Qolloriti.
Esencialmente, la tradición de Qolloriti está ligada a la relación del hombre con la naturaleza, porque tanto como se adora a Jesús se adoran a las montañas, al sol, a la luna, a la nieve, a las estrellas, etc. Tiene que ver con acceder a espacios nuevos de pensamiento, o sentimiento, por medio de la estimulación de la caminata y así encontrar una visión. Sobre todo, tiene que ver con la purificación, porque los peregrinos entran en contacto con la nieve sagrada que los devuelve limpios a sus pueblos de origen.
Yo me moría por ir, pero por lo del año pasado no quería hacerme ilusiones. Sin embargo me sentía allí, andando antes de partir. Este año la peregrinación estuvo programada para el día dos de junio (luna llena). Como todos los años, la llegada era a Mawayani, de donde se partía por un camino de ocho kilómetros hasta el Santuario. Luego los que querían y podían seguirían la “caminata de las 24 horas” hacia el pequeño pueblito de Tayankani durante la madrugada. Según me dijeron, esta parte era hermosa y todos me recomendaban ir. Solo había que estar preparado para el frío bajo cero, llevar mucha hoja de coca para tener energía y rezar para no marearse a cinco mil metros de altura.
Me sentía absolutamente embarcado. El 30 de mayo conversé con el padre de una amiga, que es estudioso de la cosmovisión andina y en sus palabras “el Señor de Qolloriti era la mejor muestra de la espiritualidad andina”. Cuando le dije que iría y que haría una oración por él y su familia me dijo emocionado que en mí “viajaba el espíritu”.
Hice una mochila con una sola muda de ropa, sleeping bag, abrigo, carpa y frutas. Así salí de mi casa en Urubamba, el lunes primero de junio por la tarde.

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