"Amor sin escalas": enamorándose de los detalles
¿Qué es exactamente “Amor sin escalas”? ¿Una comedia melancólica? ¿Un drama divertido? La verdad es que es todo esto y más, pero eso ya lo veremos más adelante. Por ahora importa que esta cinta es, para mi gusto, el mejor estreno en lo poco que va de este 2010.

Esta afirmación puede sonar un poco rimbombante, pero lo que hace el director Jason Reitman no es nada fácil: consigue una muy lograda fusión entre comedia y drama a partir de la historia de Ryan Bingham, un individuo cuya chamba es despedir a gente de otras empresas y al que le encanta vivir desapegado de las personas. Un desapego que la película transmite a partir de su puesta en escena: hay una mirada, entre distanciada y relajada, que nos va mostrando las situaciones en las cuales se mueven los protagonistas.
Situaciones que tienen que ver con temas terribles: el desempleo, la fragilidad laboral, los corazones rotos. “Amor sin escalas” es una película sobre personajes solitarios que se mueven en ambientes más bien grises y oscuros y que tienen que cumplir la misión de despedir a otros. Esto puede ser visto como un drama, pero la mirada distanciada con la que el director observa a sus personajes y a las situaciones en las que están permite que la ironía esté siempre presente, incluso en momentos que en otras circunstancias serían terribles.
Es ahí donde George Clooney resulta esencia para el filme: su relajo, su aire “cool”, su capacidad para aparentar absoluto control incluso en las situaciones más complicadas. La ironía de la película pasa por sus manos: él es el encargado de crear el guiño en el momento difícil, el de generar la sonrisa cuando la cosa tira más para la lágrima. Reitman entiende eso, y por eso decide adoptar esa posición desapegada para su puesta en escena: nunca hace hincapié en lo melodramática de una situación ni acelera el gag para que nos riamos. “Amor sin escalas” es una película que observa situaciones y permite que respiren, que se vayan construyendo a partir de detalles.
La Natalie que compone Anna Kendrick permite ilustrar muy bien este punto: ella es la chica que tiene que aprender a manejar las situaciones. Lo interesante está en que Reitman nunca cambia el tono y se sigue manteniendo el mismo relajo cuando ella tiene que manejar las situaciones. Recuerden sino la magnífica escena en la cual el despedido por la chica se pone a llorar. ¿Qué cambia en la forma de filmar? Nada, simplemente los gestos y la modulación de los personajes, su forma de llevar adelante dos situaciones iguales. Son los pequeños detalles los que van construyendo las situaciones, los que van cambiando y señalando el porqué una secuencia nos parece divertida y la siguiente no tanto.
La capacidad de Reitman consiste en crear humor a partir de las cosas más cotidianas, como un hombre guardando sus cosas en una maleta y pasando los controles de un aeropuerto. Pero también es un mérito enorme el de ir mezclando la comedia y el drama. Hay una fuerte calidez en la manera de filmar del director: momentos como aquel en el yate o la boda de la hermana del protagonista están filmados de tal forma que invitan a que nos compenetremos en los detalles, a que queramos seguir con los personajes a pesar de ser solitarios y a pesar del ambiente gris y frío que los rodea. La mirada de Reitman genera un humor melancólico que tiene como base la tristeza, una tristeza que, a su vez, tiene como base la realidad actual de los Estados Unidos y el desempleo que reina. La melancolía que va generando la cinta parte de ahí, de su capacidad para mirar por el lado menos dramático (y por lo tanto, menos obvio) las situaciones más duras. Nada fácil lo hecho por Jason Reitman.

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