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Equipo de Posdata

“Nuestra misión es rescatar el traje típico de la sierra”

Griela Pérez
Directora del proyecto Las Polleras de Agus

Nací en Cusco hace 35 años. Estudié Diseño Gráfico en el instituto Toulouse Lautrec y Creatividad en la Universidad de Palermo (Argentina). Estoy casada con Guillermo Tomasevich y somos padres de Agustina, de 3 años. Soy deportista, casi adicta al crossfit.

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Por: Renzo Giner Vásquez (@SebGiner)

Griela nunca imaginó que el deseo de que su pequeña Agus utilizara polleras le permitiría difundir nuestra cultura hasta África u Oceanía. “Soy cusqueña, amante de mi serranía, y además diseñadora y artista. Todo eso se juntó para iniciar un hobby que cada vez se va poniendo más serio”, nos cuenta.

—¿De qué manera nació este proyecto?
De casualidad, como todas las lindas cosas que pasan en la vida. Siempre me ha gustado el traje típico de la sierra, los colores y todo lo que hay detrás de esos diseños conceptuales. Como yo no me los podía poner, cuando nació Agustina y empezaba a caminar se los puse a ella. A cada evento que iba le ponía un traje serrano en lugar de tutús o las clásicas falditas. Eso causó tanta sensación entre las mamás, que me pedían que les hiciera uno para sus hijas. Entonces yo vivía en Huánuco y tenía contacto con los maestros artesanos de la zona. Así empezó una red de mamás que querían polleras para sus hijas.

—¿Qué expresan esos diseños?
Las polleras existen desde la colonia y, como muchos otros elementos artísticos, servían para que las personas que no sabían escribir se pudieran comunicar un montón de cosas. Cada pollera comunica algo distinto, y eso varía dependiendo del origen. Por ejemplo, hay una provincia en el Cusco donde mientras más cintas tienes eres más joven, y ello es una forma de cautivar al futuro esposo.

“Las polleras existen desde la colonia y, como otros elementos artísticos, servían para comunicar muchas cosas”.

—¿En qué momento dan el salto en el proyecto?
Luego de Huánuco nos mudamos a Ayacucho y pude conocer más sobre estos diseños. Me metí a investigar mucho sobre las polleras. Entonces, notamos que debíamos mantener activo el trabajo de los artesanos. Nos acercamos a ellos y la relación fue más allá de solo hacer polleras, porque tuvimos una gran afinidad. Para mantener activo el trabajo de esos bordadores investigamos más sobre el tema y vimos que no solo podíamos hacer polleras, sino también otros accesorios con esos diseños. Eso también nos permitió ampliarnos y apuntar a un mercado nacional e incluso internacional.

—¿Por qué era tan importante centrarse en la relación con los artesanos?
Recuerdo que lo primero que me llamó la atención y me hizo comprometerme con el proyecto fue cuando me invitaron a las comunidades de bordadores. Por cierto, los hombres son quienes más bordan, contrariamente a lo que muchos creen. Pero lo que te decía que llamó mi atención fue que estas comunidades, durante sus fiestas locales, no utilizaban estos trajes típicos. Así que me propuse un reto, nuestra misión sería rescatar el traje típico de la sierra peruana.

—¿De qué forma?
Incluyéndolo en el guardarropa de la gente que vive en la ciudad. Cuando las personas que vivían en las comunidades veían esto, decían: “Si lo usan en la ciudad, ¿por qué no lo uso yo?”. Y es algo que está pasando.

—¿Fue difícil convencer a las mujeres para que se pusieran polleras?
De hecho ese fue el primer miedo. Primero teníamos que cambiar un hábito de compra, las mamás suelen comprar tutús o vestidos de princesas para sus hijas, pero le metimos un montón de esfuerzo y ahora el color por sí solo vende. Además, ver a una niña en polleras es sumamente tierno. Convencer a las mamás fue más fácil porque hay una tendencia de que mamá e hija usen la misma ropa, así que se compraban las polleras para una sesión de fotos y luego se quedaban con ellas. Y ahí se formó otra red, nosotros no usamos fotos de estudio, sino le pedimos a las clientas que envíen sus fotos utilizando las polleras. Así los nuevos clientes ven cómo otras personas iguales a ellos utilizan estas prendas.

—Mencionó que tienen un mercado nacional e internacional…
Así es, ahora nos hemos sumado más diseñadores con el deseo de empollerar el mundo [risas]. La gente nos pide abrir una tienda en Lima, es algo que por ahora no podemos hacer porque no es una empresa sino un proyecto. Quizás más adelante aceptaremos ese reto, pero por ahora realizamos ‘showrooms’ acá. Para el extranjero hemos potenciado la página web con la ayuda de Silvana, una de las diseñadoras, que trabajó mucho el tema audiovisual.

“Los extranjeros valoran más nuestra cultura [...] Hemos enviado polleras a África, Australia y España”.

—¿De dónde les compran más polleras?
Hay un abismo. Los extranjeros valoran más nuestra cultura. El Perú y la moda peruana están en boga. Si bien no vendemos grandes cantidades, sí hemos llegado a lugares alejados.

—¿A cuáles?
Hemos enviado polleras a África, Australia, muchas a España. Los extranjeros valoran mucho la cadena de producción, les gusta que trabajemos junto a los artesanos y nosotros incluimos detalles como la firma de cada maestro en la etiqueta de la prenda que hizo. Algo curioso es que la mayoría de productos que vendemos en el Perú son para gente que ha vivido mucho tiempo afuera, eso les hizo extrañar y valorar las cosas de acá.

—¿Con cuántos artesanos trabajan?
En Cusco trabajamos con cinco artesanos, en Ayacucho con una, en Huancayo con una más, y en Huánuco también con otra.

—¿Cómo se benefician ellos?
La idea es crecer junto a ellos, son la parte más importante. Les hemos dado la oportunidad de volver a bordar, cosa que ya no hacían desde hace 10 o 15 años. Como Genaro, quien se había dedicado a cultivar la tierra y había abandonado el bordado porque no le alcanzaba para vivir. Nos consideramos una incubadora de artistas y ya tenemos un proyecto para el próximo año. Se llamará Tankay, que significa ‘colaborar’ en quechua, y la idea es generar turismo vivencial con los artesanos para revalorizar otras tradiciones.