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El hallazgo musical del siglo: Pedro Ximénez Abril Tirado

Creador de 40 sinfonías y otras piezas, el compositor arequipeño vuelve a la vida luego del hallazgo de buena parte de su obra. En Arequipa, el Primer Festival PXAT se realizó la semana pasada

Sea verdad, sea mentira, la historia es ciertamente apasionante. Cuenta la leyenda que fue en un añejo baúl de madera en el que alguien recibió una inesperada herencia. Allí, apenas salpicadas por leves manchas de humedad, otras pareciendo casi nuevas, fueron halladas, hace 12 años, una gran cantidad de partituras. Los manuscritos llegaban para echar luz sobre uno de los vacíos de la historia musical de América: aquel en el que había caído el desmesurado compositor peruano Pedro Ximénez Abril Tirado.

Sin rostro conocido, quien firmaba tal tesoro musical que había aguardado paciente, latente, por casi 200 años, era aquel misterioso arequipeño de quien ya se tenía alguna noticia por palabras de José Bernardo Alzedo, autor del himno nacional peruano, quien había escrito sobre Ximénez que era “el mejor talento musical del Perú”. O un creador verborreico, según el musicólogo chileno José Manuel Izquierdo, quien estuvo esta semana en Arequipa para brindar una charla magistral como parte del festival que lleva el nombre del misterioso compositor cuya propia, y azarosa vida, es en sí un enigma aparte.

Para quien sepa mirar, como afirma la música Zoila Vega, la ciudad al pie del Misti se presenta plena en rincones relacionados al compositor (aunque ya casi devorados por la voraz modernidad). En el barrio de Siete Esquinas, donde antes estuvo la casa de juventud del compositor, hoy campean boticas, centros de fotocopias y renovadoras de calzado. A media cuadra, detrás del Convento de la Merced, la casa que Ximénez comprara con la dote de su esposa, también ha desaparecido. Allí, donde el compositor solía brindar sus celebrados conciertos de música de cámara, quizá aún se agite el espíritu de Mariano Melgar, contertulio legendario.

Sin embargo, el hallazgo de las partituras en Bolivia tuvo una consecuencia desfavorable para la conservación del legado del autor. Una a una fueron vendidas, por separado, a diferentes coleccionistas en diversos países. Así, pertenecientes a una misma sinfonía, las partes correspondientes a violines, guitarras y demás instrumentos volaron cada una por su lado. “Comenzaron a venderlo a diestra y siniestra”, dice el guitarrista arequipeño Harry Mendoza, coorganizador del festival.

"En Argentina trataron primero, pero no se vendió como pensaron, y se fueron a Bolivia, donde se vendió otro tanto; y fue allí cuando el historiador William Lofstrom se dio cuenta del valor musicológico que esto tendría, compra todo el lote y hace las gestiones para que pueda estar a disposición en el sistema de bibliotecas y archivos de Bolivia". Con las partituras de Bach, recuerda de paso, también se envolvió pescado.

–Destino y legado–
¿Quién fue Pedro Ximénez? Nacido en Arequipa en 1784, fue un hijo parido fuera de matrimonio que, según Izquierdo, “por ley y por reglas no podría haber optado a una educación formal y, por tanto, su opción era tomar un oficio artesanal”. Creador de un repertorio sinfónico coral abundante, Ximénez terminó componiendo cincuenta misas, cientos de piezas para guitarra y conciertos para violín, cuartetos, minuetos y, además, tuvo el feliz atrevimiento de incluir, por primera vez en el Perú (y quizás en América Latina), la música nacional como el yaraví en obras clásicas. Olvidado ahora, en su momento fue reconocido y paseó su talento por diversas ciudades de América, llegando a ocupar en Sucre, Bolivia, el máximo cargo de maestro de capilla en 1833, donde se unió al sueño confederado de Andrés de Santa Cruz. A un ritmo trepidante, creó cuarenta sinfonías entre Arequipa y Sucre.

Sobre la importancia del hallazgo de su obra, el guitarrista peruano-alemán Alexander-Sergei Ramírez, quien también estuvo presente en Arequipa para una serie de clases maestras, afirma: “Yo siempre me preguntaba: hay compositores famosos de Latinoamérica, pero son todos del siglo XX; Agustín Barrios de repente está, Villalobos de repente está, Antonio Lauro de repente está, pero antes no se conocía ningún compositor, y eso no puede ser, alguien tenía que haber empezado. Necesitábamos un puente desde la música clásica hasta la música latinoamericana que conocemos con Barrios y Lauro, un puente que no había, y que ahora con Pedro Ximénez lo tenemos; y por eso él es tan importante para la música latinoamericana”.

¿Qué representan las partituras halladas para el panorama musical peruano o regional? El guitarrista Harry Mendoza recuerda las palabras del historiador Lofstrom: “Es posiblemente el hallazgo musical más grande del siglo”. Agrega: “Tiene una trascendencia tremenda, porque no se sabía de un compositor en el siglo XIX que tuviera este cúmulo de partituras y composiciones tan grandes, tan diverso, y con una calidad que no tiene nada que envidiar a los grandes músicos de la cultura occidental como Mozart, Rossini o Haydn; no hay alguien a quien podamos poner al lado de Ximénez en ese momento histórico y en este lado del mundo; raros ejemplos se han encontrado en Guatemala, se han hallado tres sinfonías, y en otro lado a lo mejor una, ¿pero cuarenta? Estamos hablando de un compositor igual que Mozart en su momento”.

Nacido en Lima, hijo de madre alemana y padre de Catacaos, el guitarrista Alexander-Sergei, bañado por la cálida luz del mediodía arequipeño, afirma: “No se puede imaginar una ciudad como Salzburgo sin Mozart, y eso se puede hacer aquí en Arequipa, una ciudad tan conectada con Ximénez, cuya genialidad es el dominio de dos estilos; con una obra escrita para una misa fantástica que es del nivel de un Rossini, con un estilo europeo que domina perfectamente, y también, de vez en cuando, en algunas obras se puede escuchar un yaraví”. Hay quienes dicen, incluso, que ciertos yaravíes de Ximénez pueden hallarse en “La traviata”, de Verdi.

En el concierto de inauguración celebrado el pasado lunes en la Catedral de Arequipa, bajo su techo abovedado, entre sus altos muros de sillar y ante su imponente órgano de tubos, cerca de cuarenta almas replicaron los acordes salidos hace dos siglos de aquella mente de creatividad galopante. Violines, flauta, chelo y guitarra reprodujeron esos sonidos creados para un tiempo de sueño independentista. Desde su ubicación privilegiada, la efigie de Nuestra Señora de las Penas podía observar, quizá atónita, quizá gozosa, la ejecución de las obras de Pedro Ximénez a cargo de la Orquesta Sinfónica de Arequipa, en el mismo sitio donde, probablemente, hace 200 años fueron igualmente interpretadas en tiempos también convulsos. Apenas unos metros más allá, bajo el púlpito, dicen los más supersticiosos que el mismísimo diablo aún se agita.

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