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"Vladimir": nuestra crítica a la obra de teatro dirigida por Alberto Ísola

Esta semana reseñamos la puesta en escena del Centro Cultural de la PUCP

"Vladimir" habla de los jóvenes de clase media que en los años setenta se comprometieron a luchar políticamente por la igualdad entre los peruanos. La acción sucede a inicios de los noventa –entre torres derribadas y apagones–, están desanimados después de lustros de incongrua espera, reducidos a precaria sobrevivencia, con temor a romperse, buscando reavivar los rescoldos de los ideales en los que creyeron porque saben que la utopía le "da un sentido a la vida, exige, contra toda verosimilitud, que la vida tenga sentido", como dice Claudio Magris en el epígrafe que cita Alberto Ísola en su presentación a la ingeniosa obra de Alfonso Santistevan, que dirige con maestría.

Dos adolescentes, Vladimir (Miguel Dávalos) y Lucho (Santiago Torres), mataperrean entre las cajas y embalajes de la desvencijada casona mientras la mamá de Vladimir (Alejandra Guerra) se prepara para emigrar al detestado imperio yanqui. Ninguno de los tres tiene suficiente dinero para lo que ambicionan: la mamá, quedarse y darle una buena educación a su hijo; Vladimir, participar en un concurso de fotografía; y Lucho, pegarse una buena juerga.

Lucho es una figura ancilar de contrapeso y contraste, no es parte de la familia de origen revolucionario, sus intereses son meramente hedonistas; mientras que a Vladimir, quizás por ósmosis, se le ha metido algo del idealismo de sus padres, pero considera un traidor a su papá (Janncarlo Torrese), quien gestionó a espaldas de su familia un trabajo en los Estados Unidos, donde se casó con otra.

Hasta que su madre le envíe los pasajes, Vladimir tendrá que mudarse a casa de una detestable tía que deplora las convicciones de su madre, haciéndola sentir una fracasada. Vladimir no quiere ni ir a casa de la tía ni a los Estados Unidos. En realidad, no sabe lo que quiere más allá de participar en el concurso.

La mamá tiene al Che Guevara como "su modelo y como símbolo casi místico de veneración", como diría Jon Lee Anderson de toda una generación; tanto así que habla con él (Janncarlo Torrese), quien se le aparece entre las cajas de la mudanza, lo que le da un sabor real maravilloso que consuena con la música que ella prefiere. Le dará una entrañable lección de baile a Vladimir con pasitos como aquellos que se hacían en los salsódromos de la época. También se le aparece en 'raccontos' y flashbacks el padre de Vladimir, trayendo recuerdos inolvidables de una generación preocupada por el país, que creyó que sería factible cambiarlo, para darse cuenta de que "en todas partes se cuecen habas, pero en el Perú, solo se cuecen habas", al decir de César Moro.

Ísola hace algunas variaciones en el orden del guion, que alteran positivamente el producto. La iluminación es cuidadosa y la actuación de Alejandra Guerra (quien lo hereda no lo hurta) es envolvente, comienza como figura secundaria y va en un crecimiento continuo hasta abarcar la totalidad de la escena, logrando esa magia teatral que permite que el espectador esté en ella, participe de su existencia, se conmueva.

AL DETALLE:
Puntaje: 4/5 estrellas
Dramaturgia: Alfonso Santistevan.
Dirección: Alberto Ísola.
Actúan: Alejandra Guerra, Janncarlo Torrese, Miguel Dávalos y Santiago Torres.
Lugar: Teatro CCPUCP (Av. Camino Real 1075, San Isidro).
Hasta el 22 de octubre.

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