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El Perú aún enfrenta desafíos nutricionales serios. La desnutrición crónica infantil aumentó 0,6% en el último año, llegando a 12,1%, y la anemia afecta al 40% de nuestros niños, con variaciones según la edad y la región. Entre el 25% y 40% de estos casos se deben a deficiencia de hierro; el resto, a causas infecciosas o inflamatorias.

Las secuelas de la desnutrición crónica infantil y de la anemia son profundas: ambas comprometen el buen desarrollo físico y mental en la etapa más crítica del crecimiento, hipotecando así el futuro de miles de niños y, con ellos, el destino de nuestro país. En tanto, el INEI ha revelado que el 40% de los limeños no se alimenta bien, y la evidencia científica ya ha demostrado que una mala nutrición está asociada a enfermedades crónicas como obesidad, hipertensión y diabetes.

Vivimos, sin embargo, una paradoja: tenemos una deficiente alimentación en un país que alberga una de las biodiversidades más ricas del planeta, idóneo para convertirnos en referente mundial en nutrición. Cada una de nuestras grandes regiones naturales guarda tesoros únicos: frutos, granos, tubérculos y productos que deberían enriquecer las dietas locales: la quinua, el tarwi y la kiwicha en los Andes; el camu camu y el aguaje en la Amazonía; la anchoveta y la pota en la costa, por mencionar solo algunos.

Gracias a esta riqueza, el Perú es hoy exportador de alimentos funcionales (alimento que, además de nutrir, aporta beneficios para la salud) y comienza a posicionarse en el mercado de nutracéuticos (derivado de alimentos en forma de cápsula, polvo o extracto, que contiene compuestos bioactivos con efectos beneficiosos). Pero mientras exportamos alimentos de altísimo valor nutricional, nuestros niños siguen sufriendo anemia y desnutrición.

La ciencia y la tecnología han permitido transformar nuestros recursos en alimentos funcionales y nutracéuticos de alta calidad y mejor absorción, desde harinas proteicas y aceites ricos en omega-3 hasta extractos antioxidantes y probióticos amazónicos, aprovechando tanto el conocimiento ancestral como la biotecnología moderna. La biotecnología permite desarrollar cultivos resistentes a plagas y sequías, más nutritivos y adaptados al cambio climático. La nanotecnología ya se utiliza para mejorar la biodisponibilidad de los nutrientes, asegurando que, por ejemplo, el hierro llegue de manera más efectiva donde se requiera. La tarea pendiente es entonces aprovechar nuestra biodiversidad, no solo para conquistar mercados, sino también para alimentarnos mejor, cuidando los ecosistemas de origen.

Por otro lado, la agricultura de precisión, que ya se utiliza en Ica y en comunidades andinas, optimiza el agua y los fertilizantes con sensores y drones, incrementando la productividad mientras se reduce el impacto ambiental. Con tecnología, es posible también transformar el desierto en un vergel. En la costa solo contamos con el 10% de tierras irrigadas; con tecnologías de desalinización, riego por goteo y energías limpias, podríamos incorporar progresivamente miles de hectáreas adicionales a la agricultura y sumarnos a la tendencia mundial de integrar buena nutrición con salud y desarrollo sostenible.

Países como Japón y Corea del Sur son ejemplos inspiradores. Su éxito en salud pública y longevidad se explica, en buena medida, por políticas que promovieron dietas balanceadas ricas en pescado y vegetales locales y, al mismo tiempo, consolidaron industrias innovadoras de alimentos funcionales y nutracéuticos, como el té verde, bebidas lácteas probióticas, ginseng, kimchi o algas marinas, que hoy lideran el mercado global.

El futuro de la nutrición no se resolverá con programas asistencialistas que solo reparten suplementos. Debemos garantizar acceso real y sostenible a alimentos nutritivos y adecuados, promoviendo laboratorios de alimentos funcionales, ‘startups’ biotecnológicas, agricultura de precisión, expansión agrícola en el desierto y acuicultura sostenible. El Perú espera convertir su biodiversidad en la base de una estrategia nacional de nutrición e innovación alimentaria.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Fabiola León-Velarde es Doctora en Ciencias

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