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Conocer el hielo
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A Hugo Neira

Cuando llegué a vivir a , hace poco más de 10 años, un compatriota que había elegido este país para retirarse de la cátedra me alcanzó su diagnóstico de la sociedad que nos albergaba, como quien entrega una posta al colega más joven, como quien ofrece una hipótesis de trabajo a las nuevas generaciones de comparativistas. “Los chilenos son como cubos de hielo en cubetas: cuadriculados, blanquitos, fríos, uno al costado del otro, pero sin tocarse”. Con esa premisa, me sumergí en lo que sé hacer: trabajar bases de datos de opinión pública, de encuestas nacionales disponibles. Efectivamente, el olfato del colega mayor se comprobaba en cada modelo estadístico que ensayaba: la autoidentificación ideológica, esa variable que exige a los individuos posicionarse en una escala de izquierda a derecha, era un poderoso predictor de comportamientos políticos y electorales. Acostumbrado a que ese factor sirva de poco o nada para entender el Perú, me sorprendió aquella inesperada predictibilidad. Pero cuando dejé definitivamente Chile, hace poco menos de un año, empecé a comprobar, estadísticas en mano, que esos cubos de hielo empezaban a derretirse.

Vivir en Chile fue para mí como conocer el hielo. La teoría clásica que consumimos los politólogos sobre clivajes sociales tomaba forma en la sociedad que tenía al frente: esas divisiones políticas asentadas en grietas sociales, estructurales, que se congelan al punto de volverse pétreas, fósiles, museos vivos. Dime en qué lado del plebiscito de 1988 estuvieron tú y tu familia, y te diré quién eres. Te diré por quién votas, dónde vives, a qué escuela envías a tus hijos. Te diré cuántas veces fuiste a un concierto de Inti Illimani, de Los Prisioneros, de Alberto Plaza. Te diré si le llamas Baquedano o Dignidad a plaza Italia. Te diré si terruqueas a los mapuches o si no entiendes a los “fachos pobres” [sic]. Te diré si prefieres al presidente con corbata o sin primera dama.

Los recientes comicios presidenciales en el vecino sureño pudieron haber sido una elección cualquiera del siglo XX. Por un lado, Jeanette Jara, una comunista, heredera de la tradición de la Unidad Popular que llevó al poder a Salvador Allende en 1970. Por otro lado, José Antonio Kast, un gremialista hecho a imagen y semejanza del pensamiento conservador de Jaime Guzmán, y defensor del golpe de Augusto Pinochet de 1973. Ambas posiciones han intentado ponerse a dieta ideológica –Jara buscaba fungir de representante de una centroizquierda más amplia; Kast ensayaba una suerte de pinochetismo moderado, más pragmático que afectivo–, aunque no lo suficiente como para perderse en la ignominia del centrismo. Pero estas ofertas poco renovadas doctrinariamente ya no agrietan la sociedad chilena como lo hacen, hasta la actualidad, demócratas y republicanos en Estados Unidos o peronistas y antiperonistas en Argentina. Porque del rechazo a la alternancia en el poder de los últimos 20 años (Bachelet I, Piñera I, Bachelet II, Piñera II, Boric y Kast) ha surgido una tercera vía, una tercera mitad, aún amorfa pero estable. La del antiestablishment. La que ha iniciado la era del deshielo.

Esto nos remonta al estallido social de octubre del 2019 en Chile. Aquel tsunami social fue interpretado diligentemente como un movimiento social de izquierda, que buscaba “derrocar el modelo neoliberal” acuñado en la vigente Constitución de 1980 de la dictadura pinochetista. Recordarán cuánta tinta derramaron los sociólogos de la patria grande latinoamericana, anunciando la inminencia de un momento constituyente, el mismo que se expandiría, incluso, sobre nuestro propio suelo. Fueron muy pocos los que con sensatez advirtieron que se trataba de fuerzas sociales destituyentes, con agallas para el desmontaje, pero incapaces de refundar un nuevo orden político. Los plebiscitos para consagrar dos borradores de Carta Magna (progresista el primero, conservador el segundo) corroboraron que había un nuevo actor de veto, que podía plegarse por el “Rechazo” o por el “En contra”, siempre orientado en sentido contrario a lo que ofrecía la casta chilena.

Esta tercera mitad anticasta había asomado lo suficiente anteriormente. Franco Parisi, quien había obtenido el 10% de los votos válidos en 2013 y el 13% en el 2021, saltó al 20% en las últimas presidenciales con el eslogan de “ni facho ni comunacho”. Pero el Partido de la Gente, agrupación que cofundó, más que una organización es un pretexto. El elector antiduopolio chileno (ni de izquierda ni de derecha) no se partidariza ni se afilia, apenas vota y se desentiende. Es de horizonte corto, antipolítico hasta la médula, puede llegar a preferir a un amateur mediocre que a un probo político profesional. Corea “el pueblo unido avanza sin partidos” y apuesta por vencer “a la izquierda y a la derecha unidas” (Nicanor Parra dixit). Este sector no encaja en las profecías de los politólogos que anuncian el génesis de otro clivaje a partir del estallido social: entre refundacionales (de un nuevo orden progre) y los nostálgicos (del orden neoliberal). No reconocen a estos electores capaces de derretir el hielo.

Políticamente, Chile está dividida en tres campos: antipinochetistas, anticomunistas y ‘ni fachos ni comunachos’. Cada vez es más difícil sembrar partidos en cada una de estas arenas. Hay casos exitosos como el Partido Republicano de Kast, fundado en el 2019. Pero lo más probable es que continúe la tendencia a la fragmentación, la que haga más difícil seguir sosteniendo la tradición de construir coaliciones. El reto de gobernabilidad estará en ese elector antiduopolio que favoreció la elección de Kast como presidente pero que desde el primer día de su gobierno estará en su contra.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Carlos Meléndez PhD en Ciencia Política

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