Durante su primera Misa de Gallo, el Papa criticó una economía que trata al hombre como mercancía. Estas palabras de León XIV nos traen a la memoria una máxima moral planteada por el filósofo alemán Emmanuel Kant, cuando dice que solo las cosas tienen precio; el hombre no tiene precio porque tiene dignidad.
Desde el punto de vista cristiano, y Kant venía de una familia muy cristiana sobre todo por las enseñanzas religiosas de su madre, la esencia de las relaciones humanas para estar más cerca de Dios es el amor al prójimo. Este enunciado de Cristo, que es un mandamiento, implica que no debemos tratarnos como si fuéramos cosas, objetos, que quedamos sometidos a unas reglas del juego en donde el centro son las relaciones de compra-venta.
Un mundo mercado-céntrico hace que algunos, una minoría, concentre el poder y la riqueza. Vemos que, en este siglo de grandes avances científicos y tecnológicos, esta realidad no ha cambiado. Esto porque el capitalismo se funda en la competencia donde muchos tienden a la exclusión del otro, con tal de tener más poder y riqueza; en cambio, el auténtico cristianismo se basa en dos cosas: en el amor a Dios y al prójimo como a nosotros mismos, en la solidaridad con el otro que implica el desprendimiento, el servicio a los demás y el permanente apoyo a los pobres, a los excluidos y a los marginados del mundo para que haya justicia social y paz universal.
Por eso, dice el Papa: “Mientras una economía distorsionada induce a tratar al hombre como mercancía, Dios se hace semejante a nosotros, revelando la dignidad infinita de cada persona. Mientras el hombre quiere convertirse en Dios para dominar al prójimo, Dios quiere convertirse en hombre para liberarnos de toda esclavitud”. Contundentes las palabras del Santo Padre. Además, no es difícil conocer a los dominadores. Son los grandes grupos de poder económico que hay en el mundo, a quienes no les importa burlar las normas del derecho internacional, como recientemente lo ha hecho Trump, no para salvar la democracia como dice, sino para que las grandes corporaciones estadounidenses se apropien del petróleo del hermano país llanero.
Un cristiano no puede aceptar tiranías a los Herodes –que hay muchas en el mundo–, entre ellas, la de Maduro, porque esos tiranos quitan la libertad a los pueblos y causan feroces sufrimientos.
La Iglesia, a través del discurso de León XIV, ha fijado posición contra las plutocracias internacionales y las despreciables tiranías. Porque ninguna de las dos ama al prójimo y ambas se sienten como dioses dominadores.
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