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El discurso del olvido
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Cuando uno observa los mapas electorales de las elecciones de los últimos 25 años, nota que siempre surge un candidato que aglomera el voto del sur del país (costa, sierra y selva), y que suele extenderse hacia la sierra centro y norte, y parte de la selva.
Este bolsón de votos es decisivo para determinar quién pasa a segunda vuelta, como ocurrió en el 2001 con Toledo, en el 2006 con Humala, en el 2011 también con Humala y en el 2021 con Castillo. Y también es clave para definir quién es elegido presidente, como ocurrió en el 2001 con Toledo, en el 2011 con Humala, en el 2016 con PPK y en el 2021 con Castillo.
En otras palabras, el sur tiene un gran poder de decisión sobre quién será el próximo presidente del Perú. De otro lado, si repasamos los discursos de los candidatos preferidos por este bolsón electoral, observamos un patrón. La mayoría busca erigirse como el héroe que luchará por los pueblos olvidados contra la élite limeña.
En los noventa, Fujimori apeló en su campaña al rechazo al establishment político tradicional limeño, y desarrolló un discurso basado en su identificación con el pueblo frente a las élites tradicionales representadas por Mario Vargas Llosa. Luego, Toledo encabezó la Marcha de los Cuatro Suyos, que fue entendida como una protesta desde todos los rincones del Perú, visibilizando al interior frente a Lima como capital política y administrativa.
En el caso de Humala, este enfatizó la inclusión de los sectores populares del interior (zonas rurales y andinas) frente al centralismo limeño y la élite tradicional, subrayando el olvido de estos sectores por políticas centradas en Lima. Por último, Castillo buscó erigirse como un candidato que representaba al Perú profundo o al pueblo, incluidos sectores rurales, maestros, campesinos y votantes de provincia frente a las élites tradicionales limeñas.
Y ahora la historia empieza a repetirse. Ronald Atencio, candidato de Venceremos, ya empezó a decir que Cusco ha sido abandonada (por las élites limeñas se entiende). En resumen, se trata de una narrativa constante sobre el olvido que sufrirían las regiones del sur, a causa de una élite política y económica limeña que los habría marginado, que seduce al votante del sur.
Ante todo, hay que decir que una región con tanto peso político en las elecciones no puede considerarse olvidada dentro de un país en el que todo se define en Lima. Y si por abandono se refieren a un modelo económico que habría dejado de lado al sur del país, esto tampoco es cierto.
En Cusco, la pobreza en la región se redujo del 75% en el 2000 a 21,7% en el 2023, mientras en Puno pasó de 62,8% en el 2004 a 34,7% en el 2019. Otro dato relevante es que mientras en 1994 el PBI de Cusco era aproximadamente S/4.900 anuales, en el 2024 el PBI anual era de S/15.000 per cápita. Luego, desde el 2004 hasta el 2024, el presupuesto institucional de apertura asignado a Cusco y a Puno creció en 1.114% y 1.010%, respectivamente.
El verdadero problema es qué hicieron los gobernantes regionales y locales con los crecientes recursos públicos que recibieron los departamentos desde el Gobierno Central. Este es el meollo del asunto. Así, por ejemplo, Cusco es una de las regiones con más denuncias y procesos de corrupción, con cerca de 5.000 casos que están en el Poder Judicial.
Mientras los votantes de la región del sur sigan seducidos por el discurso del olvido por las élites o el poder limeño, seguirán eligiendo candidatos irresponsables y hasta corruptos (obviamente, la elección también depende de las alternativas disponibles). Los casos de Fujimori, Toledo, Humala y Castillo son elocuentes. Ojalá que en estas elecciones el sur deje de seducirse por cantos de sirenas.

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