RespuestasEl momento de Guayana bajo el sol
“Durante mucho tiempo, Guayana fue el país olvidado de Sudamérica: anglófono, caribeño en cultura, aislado por la selva y el abandono. Ya no”.
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Resumen
Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

La oscura y misteriosa República Cooperativa de Guayana es uno de aquellos tres pequeños territorios de Sudamérica ubicados al este de Venezuela, de los que nadie habla porque, entre otras cosas, no juegan fútbol en la Conmebol. Una elección presidencial en un país que la mayoría no sabe ni que existe, y que tiene menos habitantes que el Callao, rara vez acapara los titulares. Sin embargo, cuando los 450.000 votantes de Guayana acudieron a las urnas este 1 de septiembre, el continente y el mundo entero prestaron atención. Por segunda vez, el presidente Irfaan Ali obtuvo un mandato claro, con 55% de los votos y 36 de los 65 escaños legislativos. Ali declaró que su nuevo mandato sería “el más trascendental en la historia de Guayana”. Esta vez, semejante retórica sí podría estar justificada.
Guayana, hasta hace poco uno de los rincones más pobres de las Américas, se ha convertido súbitamente en la economía de más rápido crecimiento del mundo, gracias a que acaban de descubrir que el país flota en petróleo. Desde que ExxonMobil descubrió vastas reservas frente a su costa atlántica en 2015, Guayana ha quintuplicado su PBI en cinco años. La producción ya alcanza unos 600,000 barriles diarios, y se estima que se duplicará para 2027. Para fines de la década, Guayana tendrá el PBI per cápita más alto de Latinoamérica. Para un país de casas de madera desvencijadas, desagües rebalsados por las calles y cortes de energía recurrentes, esta es la oportunidad de oro para una transformación radical.
Pero las riquezas petroleras no siempre han sido una bendición. Nigeria, Guinea Ecuatorial, Irak, Venezuela: la lista de petroestados que se hundieron en la corrupción, la desigualdad, el estancamiento o la dictadura es larga. Los dirigentes guyaneses insisten en que no repetirán los errores de otros, comenzando por su vecino. El gobierno ha creado un fondo soberano inspirado en el de Noruega, con orientación hacia el ahorro a largo plazo. Los ingresos petroleros, que alcanzarán los 10,000 millones de dólares para 2030, ya se han comenzado a destinar a construir infraestructura y diversificar la economía —hacia la agricultura, las tecnologías de la información y la manufactura—. Como dice Ali: “No estamos construyendo una economía petrolera. Estamos usando el petróleo para construir una nueva economía”.
Las elecciones importan porque la continuidad refuerza la credibilidad de ese plan. La política guyanesa es notoriamente conflictiva, enraizada en divisiones étnicas entre comunidades indo-guyanesas y afro-guyanesas. En ese contexto, un segundo mandato para Ali da buenos augurios de que el plan de inversión responsable se lleve a cabo, el cual, bajo el lema de “One Guyana”, busca beneficiar a todas las comunidades sin distinción. Justamente la prueba será si Guayana logra traducir el petróleo en un desarrollo igualitario.
El progreso ya se ve en puentes, carreteras y programas de vivienda. Por ejemplo, el gobierno está construyendo una carretera a través de la región del Essequibo —codiciada por Venezuela— para integrar la capital Georgetown con el norte amazónico de Brasil, complementada con un nuevo puerto de aguas profundas y el primer puente sobre el río Essequibo. Estos proyectos no son tan solo logísticos, sino que también reafirman la soberanía sobre este territorio, para la desesperación de Nicolás Maduro. También reflejan un cálculo geopolítico: que la integración con Brasil y el Caribe, respaldada por el apoyo estadounidense, es la mejor garantía de seguridad.
La disputa del Essequibo con Venezuela es el dolor de cabeza más grande para Guayana. Caracas reclama dos tercios del territorio guyanés, que incluye la cuenca petrolera offshore y gran parte del potencial turístico del país. La reclamación es absurda: Venezuela no ha controlado el territorio jamás en sus 200 años de historia; y si se aplicara, Guayana quedaría reducida a un Estado residual con una pequeña franja inviable de territorio. Sin embargo, Maduro, asediado por sanciones, impopularidad y colapso económico, ha agitado las aguas del nacionalismo hasta el punto de organizar un referéndum ilegítimo para “elegir” a un gobernador de una región que no controla.
Guayana no está sin aliados. Estados Unidos ha dejado claro su respaldo, tan solo hace unos días con un sobrevuelo de aviones de guerra durante la juramentación de Ali. Esto en medio de la tensión con Venezuela por el despliegue militar en el Caribe. Brasil y CARICOM apoyan el caso guyanés ante la Corte Internacional de Justicia. A pesar de todo el alarde de Maduro, el derecho internacional y la geopolítica regional parecen estar del lado de Ali.
Nada de esto niega los riesgos. El petróleo aún representa poco más de una cuarta parte de los ingresos del gobierno, pero su peso crecerá rápidamente. Si se gestiona mal, podría deformar las instituciones, alimentar el clientelismo o avivar las tensiones étnicas. La repentina aparición de nuevas fortunas ya genera envidia y corrupción. Siempre está el riesgo latente de que, tras una mala elección en el futuro, Guayana pueda caer en el camino de la cleptocracia.
Sin embargo, en comparación con los petroestados del pasado, Guayana cuenta con ciertas ventajas. Su población es minúscula y su territorio es pequeño, lo que hace más tangibles los beneficios de una gestión prudente. Su fondo soberano ya está engordando —vale 3,600 millones de dólares y crece en decenas de millones mensuales—. Su presidente es joven y, según los estándares regionales, inusualmente popular. Y su diáspora —más grande que la población residente— representa una reserva de capital y talento sin explotar.
Durante mucho tiempo, Guayana fue el país olvidado de Sudamérica: anglófono, caribeño en cultura, aislado por la selva y el abandono. Ya no. El petróleo lo ha hecho rico; la política le ha dado dirección; la geopolítica lo ha vuelto significativo. Sus vecinos, y en particular Venezuela, deberían tomar nota. Una nueva Guayana está surgiendo —una que no tiene intención de ceder ni una pulgada de tierra, y toda la intención de convertir el oro negro en un futuro dorado.









