PARA SUSCRIPTORES: Las razas no existen, el racismo sí: lo dice la ciencia sobre las diferencias entre grupos humanos
“Cuando tratamos de agarrar algo en sí mismo”, lo encontramos irremediablemente “atado a todo lo demás que existe en el universo”, señaló alguna vez el naturalista John Muir, quien caminando por el Parque Nacional de Yosemite descubrió que la naturaleza era un poeta, “un trabajador constante” incapaz de desperdiciar nada, “de uso en uso y de belleza en belleza”. En efecto, la naturaleza, maestra del reciclaje, nos regala su sabiduría, además de su vigor, y ello lo comprobó el mismo Whitman cuando, luego de un infarto que lo dejó paralítico, encontró su recuperación en los bosques de Nueva Jersey. Entre los árboles y bajo las estrellas, Whitman aprendió de nuevo a caminar. La experiencia lo obligó, asimismo, a recapacitar y a plantearse una serie de preguntas, entre ellas: ¿Cómo encontrar algún sentido a la enorme precariedad de la existencia humana?
Luego de morir, producto del COVID-19 y de la indolencia de quienes lo ignoraron en su larga y desesperada lucha por la vida, Santiago Manuin regresó a Santa María de Nieva y al bosque que, para una cultura sabia y vieja como la amazónica, está dotado de vida y por ello de una poderosa conexión con el universo. El regreso al bosque que defendió poniendo en riesgo su integridad física, tal como ocurrió con los cuatro líderes asháninkas asesinados en Saweto, reubica al líder awajún dentro de una fascinante cadena (animal, vegetal y mineral), permanentemente amenazada por un sinnúmero de depredadores humanos, entre ellos los taladores. Esos que, cegados por un puñado de billetes, no comprenden que “los árboles son santuarios”, como lo afirmó Herman Hess en esa bellísima carta que escribió exprofesamente para celebrarlos. De acuerdo al autor de “El lobo estepario”, saber conversar con los árboles podía ayudarnos a entender la verdad. Un roble, un eucalipto o un cedro no predicaban con teorías o preceptos, sino con una antigua labor sagrada: la preservación. Esta muchas veces ocurría en esa quietud exhibida por los árboles durante las tempestades, cuando la sobrevivencia dependía de la fuerza infinita de su designio interior.
Hess recordaba en su hermosa carta que, cuando un árbol era talado, uno podía leer en su tronco, no solo su edad, sino cada una de sus heridas, luchas, enfermedades, los años de gloria así como las tormentas enfrentadas e incluso cada batalla ganada y también perdida. Cada granjero, joven o viejo, sabía que los árboles más duros tenían los anillos más estrechos y que en las alturas de las montañas residían, en peligro permanente, la raza de los indestructibles.
No somos un país que ame a los árboles y mucho menos que cuide a la naturaleza. No hay más que ver el horror perpetrado contra nuestra bellísima Bahía de Paracas, hoy amenazada por la construcción de un almacén de concentrados minerales que debe frenarse por estar alterando el equilibrio ecológico de una de las pocas reservas nacionales que nos quedan. Es por esa ausencia de una cultura de la preservación que me dio muchísima alegría enterarme sobre el extraordinario trabajo del Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana (IIAP), con sede en Amazonas, que ha logrado la propagación vegetativa del árbol de la quina. Uno de los aportes del reino vegetal que, de acuerdo al diseñador de nuestro escudo, el epidemiólogo José Gregorio Paredes, el Perú dio al mundo para vencer a la malaria.
A pesar de que la quina, especie típica de los Andes, conocida por quechuas, chimús, cañaris y difundida por los jesuitas, salvó millones de vidas, e incluso se debaten sus efectos curativos frente al COVID-19, no se le ha dado la importancia que merece. Lo que nos remite al poder de la naturaleza para devolvernos la salud tanto física como mental y al desprecio que, desafortunadamente, guardamos hacia ella. Porque así como a Whitman una parálisis lo hizo reflexionar sobre el sentido de su propia vida, la pandemia planetaria debería hacerlo sobre nuestras relaciones con nuestro entorno natural que, en nuestro caso, es extraordinario. “Solo hay un sentido en la vida: el acto de vivir en sí mismo”, afirmó Eric Fromm, y esa lección, internalizada hasta por los árboles, es la que, por la loca obsesión de tener, aún no logramos asimilar.