La política peruana es un esperpento que nos cuesta el futuro. No es una crisis, es una crónica de negligencia e impunidad que hemos visto repetirse con los mismos protagonistas durante demasiado tiempo. La desconfianza es la única constante. El problema ya no es un debate de izquierdas o derechas; es un problema de calidad moral y competencia básica.
En la última elección, el país apostó por una nueva narrativa, pero la realidad demostró que la corrupción tiene un color transversal. El Congreso opera como un muro de contención para la impunidad, uniendo a estas facciones, ideológicamente opuestas, en un consorcio para el blindaje mutuo. Su objetivo no es reformar, sino sabotear cualquier intento de limpieza institucional.
La tragedia es que estos mismos nombres y estructuras se preparan para las próximas elecciones. Sin embargo, el desafío de la ciudadanía crítica se multiplica: la reintroducción de la bicameralidad implica que, a partir de las próximas elecciones, deberemos elegir no solo a un presidente, sino también a senadores, diputados y representantes al Parlamento Andino. Esto expande significativamente el número de candidatos a fiscalizar y el espectro de poder a controlar. La próxima elección no es un ejercicio de fe, sino una prueba de madurez cívica. La única forma de evitar el ciclo eterno de los errores pasados, donde el populismo y la impunidad han sido elegidos, es a través de la investigación sistemática.
¿Estamos dispuestos a usar nuestra inteligencia para analizar? La elección de un presidente, senadores y diputados no puede ser un concurso de simpatía. Requiere que demandemos planos de reforma institucional que sean creíbles y, sobre todo, que vengan de voces éticamente solventes.
No es suficiente la esperanza; se necesita el análisis. Nuestro voto debe ser el resultado de una investigación exhaustiva, transformando nuestra legítima frustración en una decisión informada y poderosa. La responsabilidad de construir una República viable, libre de la sombra de los mismos de siempre, recae en la calidad de nuestra lupa cívica y en nuestra decisión de no ser, nunca más, una ciudadanía con amnesia.
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