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¿Es posible remontar la desesperanza?
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Ante la pregunta respecto a una historia de resistencia que él elegiría para tiempos difíciles, Bernardo Souvirón señaló que la suya era la de Ulises. Cabe anotar que la elección del notable filósofo y escritor español se refiere a un Ulises polivalente. La saga del preferido de Atenea y de Homero, quien le dedicó parte importante de su obra, es también la del gran canalla del teatro de Eurípides que, a lo largo de los siglos, mutó en el paradigma de ese tenaz viajero, rescatado por Dante en “La Divina Comedia”. Porque fue justamente a ese hombre, atrapado entre su anhelo de retornar a Ítaca y su insaciable deseo de nuevas aventuras, al que James Joyce le dedicó su obra cumbre. En el Ulises de Dublín su autor no solo universalizó a la capital de Irlanda, sino que logró posicionar a su literatura, paradójicamente, desde el exilio joyceano. Una apuesta intelectual, compleja, que nos lleva a entender mejor la elección de Souvirón, cuyo objetivo consiste en revalorizar un legado cultural milenario que hoy corre peligro de desaparecer. Tanto por la hegemonía de la contingencia y el olvido, como por la deshumanización evidenciada en un genocidio al cual, como es el caso de Gaza, asistimos impotentes. En un contexto como el actual, donde millares de niños son cruelmente asesinados, historias como las de Ulises, y tantas otras imaginadas por narradores brillantes, nos recuerdan la capacidad humana de sobrellevar desafíos inimaginables.
¿Tenemos en la actualidad las armas mentales para transitar, con un atisbo de esperanza, el largo tramo que esperemos culmine en la transformación de un modelo “civilizador” carenciado, tanto en inteligencia emocional como en empatía? En un interesante artículo, donde se recuerda al “rumoroso mar” que se describe en la “Ilíada” y cuyo sonido aún conmueve porque ciertas emociones humanas han sobrevivido por milenios, Javier González Serrano habla de la “extenuación ontológica” de nuestra época. A lo que se refiere en realidad es a una suerte de duelo caracterizado por la desaparición de lo imperecedero. Desde siempre, el ser humano vivió en constante asombro de su entorno empezando por la veneración a la naturaleza. En un momento histórico donde nuestros cuerpos se encuentran tiranizados por un entretenimiento banal, que expropia el sentido más profundo de la existencia, González Serrano coincide en señalar que lo que nos hace libres y hoy está bajo acoso es esa imaginación que Homero, de la mano de Ulises, llevó al pináculo de la excelencia. Entre tanta “espectacularización de la realidad”, hemos acabado por creer que somos dueños de nuestros propios escenarios, “atiborrados de fanfarria” y no de lo fundamental. Y ello es para muchos estudiosos: la veneración por la vida que se nos ha regalado y termina el día menos pensado, el respeto por la naturaleza y los seres que la pueblan y la dignificación propia y ajena. Esta última sepultada entre la rapacidad desmedida y la desvergüenza más absoluta.
Esta semana, regresé a las “Meditaciones”, de Marco Aurelio, una obra que tal como el “Ulises” de Homero o las “Memorias de Adriano”, de Marguerite Yourcenar, resultan imprescindibles en tiempos de crisis estructural. Porque si bien es cierto las “Meditaciones” son una suerte de diario personal cuyo autor nunca planeó publicar, lo más notable de dicho experimento intelectual es que el emperador redactó su particular filosofía de la vida mientras enfrentaba, con serenidad, la violencia inevitable en una guerra de conquista. Y fue en ese territorio liminal, entre la crueldad absoluta y una sorprendente lucidez, donde tuvo lugar la conversación decisiva de Marco Aurelio con él mismo. Lo que nos lleva a la necesidad de una introspección personal en tiempos de crisis. Porque si consideramos uno de los argumentos de George Eliot en “Middlemarch”, ello ha venido ocurriendo y rindiendo sus frutos en actos no registrados por la historia. La razón de que las cosas no empeoren y “el bien del mundo” no se disuelva en la nada se debe, de acuerdo con Elliot, al accionar de una multitud de hombres y mujeres que resisten fieles a los principios de preservación de la vida para luego descansar en tumbas desconocidas que nadie visita. Los Ulises anónimos, las “vidas ocultas” del Perú y del mundo en los que hay que seguir depositando la esperanza.

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