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La obsesión de Trump por la inmortalidad
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Si la historia de los líderes populistas latinoamericanos y su culto a la personalidad sirve de algo, la creciente práctica del presidente Donald Trump de rebautizar edificios públicos, programas gubernamentales e incluso buques de guerra con su nombre podría terminar mal.
A medida que nos acercamos al final del 2025, Trump parece apresurado por poner su nombre en todo lo que pueda.
El 22 de diciembre anunció la construcción de nuevos buques de guerra para la Marina que, según informes de prensa, se llamarán buques de “clase Trump”.
El 19 de diciembre, el nombre de Trump fue colocado en la fachada del Centro John F. Kennedy para las Artes Escénicas de Washington D.C., después de que un comité controlado por personas designadas por Trump decidiera cambiar su nombre a Centro Conmemorativo Donald J. Trump y John F. Kennedy para las Artes Escénicas.
El 5 de diciembre, el Instituto de la Paz de Washington D.C. pasó a llamarse Instituto de la Paz Donald J. Trump. Casi simultáneamente, el presidente presentó la Visa de Oro Trump, un programa migratorio que permitirá a los extranjeros acelerar sus solicitudes de visas pagando un millón de dólares. El gobierno de Trump también anunció, entre otras cosas, un nuevo programa de compra de medicamentos a precios rebajados llamado TrumpRx y otro plan para recién nacidos llamado Cuentas Trump. ¿Qué vendrá después? ¿Veremos el rostro de Trump en el billete de US$100?
No es inusual poner el nombre de presidentes en edificios y programas gubernamentales, pero casi siempre se lo hace después de muertos. Trump está rompiendo la tradición al hacerlo él mismo mientras aún está en la Casa Blanca. Esto plantea varios problemas. Muchos expertos argumentan que solo el Congreso puede cambiar el nombre de edificios públicos.
Más importante aún, el rebautizar edificios públicos con el nombre del presidente genera comparaciones incómodas con regímenes totalitarios. Los comediantes políticos y analistas como David Frum, de la revista “The Atlantic”, comparan cada vez más a Trump con el líder norcoreano Kim Jong Un.
Según sus críticos, la costumbre de Trump de poner su nombre en edificios públicos también es un síntoma de una tendencia autoritaria.
Además, señalan que muchos estadounidenses resisten estas medidas autopromocionales financiadas con dinero público, mientras luchan por llegar a fin de mes en una economía casi estancada. La popularidad de Trump está en un 36%, el nivel más bajo de su segundo mandato, según una nueva encuesta de Gallup.
Ya se trate de autoritarismo o simple narcisismo, Trump debería aprender de lo que les ocurrió a populistas latinoamericanos como Juan D. Perón de Argentina o Rafael Trujillo de la República Dominicana.
Ambos pusieron sus nombres en casi todo con la esperanza de ser recordados por las generaciones futuras. Pero lo primero que hicieron sus sucesores fue borrar sus nombres de las propiedades públicas.
Perón renombró la provincia de Chaco como Provincia Presidente Perón y la ciudad de La Plata como Ciudad Eva Perón. El objetivo era convencer a la gente de que los servicios públicos eran regalos personales del líder máximo y no el fruto del dinero de los contribuyentes.
Pero después de la Revolución Libertadora de 1955 que derrocó a Perón, las estatuas fueron derribadas y el nombre de Perón fue eliminado de los edificios públicos. El Decreto 4161 de 1956 del nuevo gobierno incluso tipificó como delito pronunciar su nombre.
Algo similar sucedió con Trujillo en la República Dominicana. Trujillo había rebautizado oficialmente Santo Domingo, la capital, como Ciudad Trujillo y puso su nombre a provincias, carreteras y puentes.
La montaña más alta del país fue rebautizada como Pico Trujillo. Los documentos oficiales, mapas y postales llevaban el nombre de Trujillo.
Pero tras el asesinato de Trujillo en 1961, el gobierno de transición restauró de inmediato los nombres originales de ciudades, provincias y casi todo lo demás. De la noche a la mañana, el nombre de Trujillo desapareció.
Si Trump cree que poner su nombre en edificios y programas gubernamentales le garantiza la inmortalidad, está equivocado. Debería aprender de los errores de Perón y Trujillo: cuando el líder máximo cae, lo primero en desaparecer son los letreros con su nombre.
¡Felices fiestas!
© El Nuevo Herald. Distribuido por Tribune Content Agency, LLC

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