
Para explicar la personalidad autoritaria conviene distinguir entre autoridad y autoritarismo. En el primer caso, estamos frente a un político o un funcionario que ejerce el poder, pero en el marco de lo que manda la ley en una democracia. Es decir, el poder es ejercido, pero en un contexto en el que los ciudadanos deben ser plenamente libres y, en consecuencia, no debe haber abuso del poder.
Ello sucede porque en democracia las autoridades están expuestas a la crítica de la opinión pública; se trata de un poder discutido y deliberativo. Por ende, si una autoridad es democrática debe ejercer su poder en el marco de las reglas del juego de la democracia, respetando la diversidad de opiniones, y ser tolerante con las críticas que pueden venir de la oposición política, de los medios de comunicación o de cualquier ciudadano. En democracia, las personas no cometen delitos por su opinión.
Sin embargo, lo que estamos viendo es que, en diversos países, muchas autoridades elegidas por el pueblo actúan autoritariamente, es decir, con una fuerte tendencia a concentrar el poder y, de esta manera, dominar imponiendo o tratando de imponer arbitrariamente su voluntad, tomando decisiones o creando normas que lesionan los derechos fundamentales de la persona, entre ellos su libertad, dignidad y honor.
Esta personalidad autoritaria es un tipo de conducta que afecta la calidad de la democracia, porque debilita varios de sus principios como la división de poderes, el pluralismo político y partidario, el imperio de la ley y manipula los procesos electorales en su beneficio. En realidad, por la modalidad de cómo ejerce el poder, es una autocracia revestida de formalidades democráticas. Quiere imponer su visión del mundo a través de la presión, el chantaje y la cobarde amenaza. Si no logra imponerse por estos medios, finalmente recurre a la fuerza. Es un darwinista social, porque cree en la superioridad del más fuerte.
Sin embargo, la personalidad autoritaria lo que más teme y tiende a destruir es la libertad del otro, por eso le pone límites a la libertad de expresión y de prensa. Tiene miedo a la libertad del otro, del que es distinto, no pertenece a su grupo, a su clase, a su etnia, a su cultura, no forma parte de su modelo de civilización. Debe ser destruido. Este tipo de personalidad ha generado tragedias a lo largo de la historia. Muchos tiranos han sido y son paranoicos. No aman, solo poseen.
Todavía quedan dictaduras que se gestaron en el siglo pasado, pero ahora gobernantes con conducta autoritaria están penetrando la democracia hasta debilitarla lo más posible y, poco a poco, muriendo por inanición. Conocido este fenómeno político, los demócratas deben resistir al embate de personalidades autoritarias y no es fácil porque tienen seguidores.

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